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El feminismo y la realización de la mujer

¿Qué es lo que la Iglesia realmente enseña acerca de la mujer, su dignidad y su papel en la sociedad actual? Hay muchas ideas erróneas y prejuicios hoy en día sobre cómo hay que ver a la mujer y cuál es la opinión verdadera de la Iglesia. En este artículo, nos apoyamos en documentos de la Iglesia para ir desarrollando una visión sana de la mujer y profundizar en los siguientes puntos: la colaboración del hombre y la mujer, la mujer se realiza como esposa y madre, el “genio femenino” de la mujer y la maternidad.

Ahora vamos a afrontar el tema del feminismo, estudiando lo que la Iglesia propone respecto a la realización de la mujer y el modo de articular las relaciones varón mujer en la familia y en la sociedad, así como el modo en que el varón y la mujer concilian familia y trabajo.

1. La colaboración del hombre y la mujer
    Nuestra cultura propone como ideal de relación entre el hombre y la mujer la igualdad: que a la mujer se le considere igual que al hombre. De este modo, se considera un avance social el que la mujer realice los mismos trabajos que el hombre, superando los roles de “femenino” y “masculino”. El concepto que recoge la propuesta de la Iglesia en la relación entre hombre y mujer y el papel de la mujer en la sociedad y la vida pública es la COLABORACIÓN ACTIVA.

    En mayo de 2004 la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un documento en el que afronta esta cuestión y que titula: “Sobre la colaboración del hombre y la mujer en la Iglesia y en el mundo” (abreviado CHM). Así se plantea el problema en este documento:  

En los últimos años se han delineado nuevas tendencias para afrontar la cuestión femenina. Una primera tendencia subraya fuertemente la condición de subordinación de la mujer a fin de suscitar una actitud de contestación. La mujer, para ser ella misma, se constituye en antagonista del hombre. A los abusos de poder responde con una estrategia de búsqueda del poder. Este proceso lleva a una rivalidad entre los sexos, en el que la identidad y el rol de uno son asumidos en desventaja del otro, teniendo como consecuencia la introducción en la antropología de una confusión deletérea, que tiene su implicación más inmediata y nefasta en la estructura de la familia.

Una segunda tendencia emerge como consecuencia de la primera. Para evitar cualquier supremacía de uno u otro sexo, se tiende a cancelar las diferencias, consideradas como simple efecto de un condicionamiento histórico-cultural. En esta nivelación, la diferencia corpórea, llamada sexo, se minimiza, mientras la dimensión estrictamente cultural, llamada género, queda subrayada al máximo y considerada primaria. El obscurecerse de la diferencia o dualidad de los sexos produce enormes consecuencias de diverso orden. Esta antropología, que pretendía favorecer perspectivas igualitarias para la mujer, liberándola de todo determinismo biológico, ha inspirado de hecho ideologías que promueven, por ejemplo, el cuestionamiento de la familia a causa de su índole natural bi-parental, esto es, compuesta de padre y madre, la equiparación de la homosexualidad a la heterosexualidad y un modelo nuevo de sexualidad polimorfa.

Aunque la raíz inmediata de dicha tendencia se coloca en el contexto de la cuestión femenina, su más profunda motivación debe buscarse en el tentativo de la persona humana de liberarse de sus condicionamientos biológicos.2 Según esta perspectiva antropológica, la naturaleza humana no lleva en sí misma características que se impondrían de manera absoluta: toda persona podría o debería configurarse según sus propios deseos, ya que sería libre de toda predeterminación vinculada a su constitución esencial.

Esta perspectiva tiene múltiples consecuencias. Ante todo, se refuerza la idea de que la liberación de la mujer exige una crítica a las Sagradas Escrituras, que transmitirían una concepción patriarcal de Dios, alimentada por una cultura esencialmente machista. En segundo lugar, tal tendencia consideraría sin importancia e irrelevante el hecho de que el Hijo Dios haya asumido la naturaleza humana en su forma masculina.

Ante estas corrientes de pensamiento, la Iglesia, iluminada por la fe en Jesucristo, habla en cambio de colaboración activa entre el hombre y la mujer, precisamente en el reconocimiento de la diferencia misma.

2. La mujer se realiza como esposa y madre

    La igualdad del varón y la mujer se realiza en cuanto al ser y a la dignidad personal. Pero son diferentes en cuanto al modo de ser persona: no es igual ser varón o mujer. Ser persona desde la masculinidad o desde la feminidad significa tener unos valores propios, un modo distinto de vivir el amor, la familia y la paternidad. Este último elemento es especialmente claro.
    Una de las afirmaciones fundamentales de Juan Pablo II al respecto es que la mujer se realiza como esposa y como madre (FC, 23). Esto supone unos datos antropológicos previos: el amor es la vocación fundamental e innata de todo ser humano (FC, 11); el ser humano sólo se realiza en el don sincero de sí mismo a los demás (GS, 24); Dios creó al ser humano a su imagen y semejanza como varón y mujer (cf. FC, 11; CDF, Atención pastoral a las personas homosexuales, 6).
    Por tanto, en la vida de la persona, aunque hay muchos ámbitos, y muy importantes, la realización de la persona se juega en el matrimonio (o en el celibato para religiosos y sacerdotes) que es la relación que se convierte en centro de las demás y de la propia vida. De hecho constatamos que los otros ámbitos de la vida son temporales: uno deja el hogar paterno cuando realiza su vocación. Los hijos dejan el hogar paterno y los esposos vuelven a estar solos. Uno comienza a trabajar y se jubila. La realización de la persona se juega fundamentalmente en las relaciones afectivas más fuertes que estructuran todas las demás: el matrimonio y los hijos.
    Por eso Juan Pablo II afirma que la mujer se realiza fundamentalmente como esposa y madre (FC, 23-24). Todos los demás ámbitos de la vida deberían estar subordinados a ello. La ideología de género omite totalmente este dato, y propone la realización individual de la persona, de sus gustos e intereses, de la satisfacción de sus deseos. Hoy se habla de los “derechos reproductivos” por referencia a bienestar individual de la mujer.
    Correspondientemente, el hombre también se realizará como esposo y como padre (FC, 25), pero con una relación entre trabajo y familia correspondientemente a su ser masculino. El varón como varón, la mujer como mujer, y cada persona y matrimonio concreto conforme a las cualidades personales de cada uno buscando siempre el bien del matrimonio y la familia .

3. El “genio femenino” de la mujer
    Nuestra sociedad propone como ideal de realización de la mujer el éxito social y profesional de la mujer. Sin negar que estos valores, su afirmación unilateral lleva a un profundo empobrecimiento de la mujer como persona, precisamente en sus dimensiones de esposa y madre. 
    Pero también hay que llamar la atención sobre una confusión del feminismo: querer que la mujer sea igual al hombre. Para superar la discriminación de la mujer se ha planteado no que la mujer sea ella misma y se la trate justamente, sino que se la trate igual que al varón. Este principio supone una grave injusticia para la mujer: cuántas mujeres son presionadas en las empresas por la cuestión de los embarazos. El principio de justicia pide que se la trate no igual que a un hombre, sino como a mujer, y como a madre, que en su maternidad está realizando un servicio impagable a la sociedad.
    Llegamos así a la cuestión de lo que Juan Pablo II llama “el genio femenino” (cf. Carta a las mujeres (29 de junio de 1995), 9-10; Mulieris dignitatem, 30-31). Con ello se refiere a la aportación específica que la mujer hace a la sociedad y a las relaciones personales. El varón ve problemas que afectan a personas y que a los que hay que dar una solución técnica. La mujer ve una persona que tiene un problema y a la que hay que ayudar: la mujer tiene una innata vinculación afectiva con la persona, por su particular manera de vivir el amor, de darlo y recibirlo. «La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe por su femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da» (MD 30). Por eso, en las relaciones sociales, la mujer aporta la primacía del amor y de las relaciones personales sobre las relaciones de utilidad técnica.
    En este sentido, la CDF nos dice: «Entre los valores fundamentales que están vinculados a la vida concreta de la mujer se halla lo que se ha dado en llamar la “capacidad de acogida del otro”. No obstante el hecho de que cierto discurso feminista reivindique las exigencias “para sí misma”, la mujer conserva la profunda intuición de que lo mejor de su vida está hecho de actividades orientadas al despertar del otro, a su crecimiento y a su protección. Esta intuición está unida a su capacidad física de dar la vida» (CHM, 13).

4. La paternidad
    Hemos dicho que la mujer se realiza como esposa y como madre, y el hombre como esposo y como padre. La riqueza de la diferencia sexual (en todas sus dimensiones: corporal, afectivo y espiritual) se manifiesta aquí de modo singular. En la generación del hijo el padre y la madre participan de modo diverso, y de modo diverso la experimentan.
    Para el padre, la paternidad es siempre una experiencia externa a sí mismo, que conoce por otros. En cambio, para la mujer la maternidad es una experiencia interna, que vive en su intimidad y “dentro” de su cuerpo. Esto hace que surja también una relación distinta entre el padre y el hijo y la madre y el hijo.
    Los valores propios de la masculinidad (autoridad, fuerza, conquista, exploración) y de la mujer (ternura, afecto, seducción, acogida) son valores necesarios para el desarrollo del hijo como persona. También será muy importante para él y para su maduración afectivo-sexual recibir un cariño específicamente masculino o femenino, del mismo modo que un niño o una niña experimentan y reciben de modo diverso el cariño de cada uno de sus padres. Sobre este tema volveremos el próximo mes.

Preguntas:
1.    ¿Qué destacarías del texto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, sobre la colaboración del hombre y la mujer?
2.    ¿Piensas que la sociedad es sensible a los valores propios del hombre y de la mujer? ¿En qué se nota?
3.    ¿En qué consiste para ti la verdadera promoción de la mujer? 

 

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