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Temas InteresantesTemas variados que se pueden tratar en reuniones con jóvenes o adultos.



1.- La palabra 'mártir'

La palabra ‘martirio’, según su significado etimológico, quiere decir ‘testimonio’. Según esto, podemos decir, entonces, que ‘mártir’ significa ‘testigo’. Un ‘mártir’ es un testigo de máxima cualificación, pues da su propia vida por aquello que afirma. Esto es precisamente lo que Jesús encargó a sus discípulos: «Vosotros seréis testigos de estas cosas» (Lc. 24, 48). Y más aún: «Vosotros seréis mis testigos en Jerusalén, Judea y Samaria, hasta los últimos confines de la tierra» (Hch. 1, 8). Los apóstoles aceptaron esta misión con todas sus consecuencias. ¿Aceptamos también nosotros esta misión? Jesús no dio este encargo solamente a sus discípulos de ese momento, sino que el mandato es extensible en el tiempo y en el espacio. Eso quiere decir que también a nosotros nos llega esta misión y que cada uno de nosotros debe responder por sí mismo.

Continuando con la definición de la palabra mártir, analicémosla por partes:

- Es un testigo de máxima cualificación. ¿Qué significa esto? Que está absolutamente convencido de lo que cree, y lo vive.

- Da su propia vida por aquello que afirma. La vida se puede dar, tanto físicamente (martirio de sangre), como espiritualmente (pasando por todos los sacrificios, sufrimientos, persecuciones, insultos…, por causa del Evangelio). El mártir sigue dando testimonio de la verdad del Evangelio, suceda lo que suceda y le hagan lo que le hagan.

Todo esto lo han vivido ya miles y miles de mártires a lo largo de toda la historia del cristianismo, ya desde sus comienzos.

 

2.- El maravilloso testimonio de los mártires

Los primeros cristianos, como Cristo, aceptaban perder su vida en este mundo por el Reino de Dios; entendían con facilidad que no era posible ser discípulo de Jesús sin tomar cada día su cruz; no pensaban, ni de lejos, evaluar el cristianismo considerando su eventual éxito o fracaso en este mundo; tampoco se les pasaba por la mente despreciar a la Iglesia al verla rechazada y perseguida por los paganos; no soñaban siquiera que pudiera ser lícito omitir o negar aquellas doctrinas o conductas exigidas por el Evangelio, aunque trajeran marginación, penalidades y muerte; estaban dispuestos a perder prestigio, familia, situación cívica y económica, o la misma vida, con tal de seguir unidos a Cristo, el Salvador del mundo. Esas actitudes martiriales han de ser recuperadas con urgencia por los cristianos actuales, pues en la historia de la Iglesia no se halla un siglo en el que la apostasía haya sido tan amplia como en nuestro tiempo. Han sido y están siendo incontables los cristianos que han apostatado de la fe, que han despreciado los mandamientos de Jesús, que se han alejado masivamente de la Eucaristía y que han abandonado la Iglesia.

Y, al menos, en muchas ocasiones, estos innumerables cristianos caídos se han alejado de Cristo, no tanto perseguidos por el mundo, sino más bien seducidos por él, es decir, engañados por el "padre de la mentira". Hoy, como siempre, no es posible para los cristianos ser fieles a Cristo y a su Iglesia sin ser mártires. Y muchos, sobre todo en los países más ricos, antes que ser mártires, han preferido ser apóstatas, han rechazado la cruz de Cristo. Juan Pablo II afirmaba que todo cristiano está gravemente obligado a guardar fidelidad a Cristo cuando se ve en la prueba extrema del martirio. No se refiere el Papa solo al martirio de muerte, sino también a la fidelidad heroica que tantas veces es necesaria en este mundo actual para «permanecer» en Cristo y en su Iglesia.

Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe, no obstante, un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades que, incluso en las circunstancias ordinarias puede exigir la fidelidad en el orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica.

Muchos de los apóstatas actuales o del pasado reciente han ido perdiendo su fe sin renegar de ella conscientemente. La han perdido, en la mayoría de los casos, poco a poco, sin darse siquiera cuenta de ello. Simplemente, con una suave gradualidad, se han mundanizando de tal modo en sus pensamientos y costumbres que, sin apenas notarlo, han dejado la fe, los sacramentos, los mandamientos, y han abandonado la Iglesia de Cristo. Rechazando ser mártires, han venido irremediablemente a ser apóstatas. Ya dice el Apóstol que es preciso «sostener el buen combate con fe y buena conciencia; y algunos que perdieron ésta, naufragaron en la fe». Son cristianos que no supieron «guardar el misterio de la fe en una conciencia pura» (1Tim 1,19; 3,9).



3.- Causas principales del rechazo del martirio

1. El horror a la cruz: Los primeros cristianos, al aceptar la fe y bautizarse, ya sabían que si Cristo fue perseguido, ellos también iban a serlo. En cambio, muchos cristianos modernos no quieren saber nada de la cruz de Jesús; piensan que ellos tienen derecho a evitarla como sea; quieren realizarse plenamente en este mundo, sin ningún obstáculo, y estiman que aceptando ciertas cruces echan a perder sus vidas; les parece, en efecto, una locura eso de «perder la propia vida», «tomar la cruz y seguir» a Jesús; de ningún modo están dispuestos, si llega el caso, a «arrancarse» un ojo, una mano, un pie; no están, en fin, dispuestos en absoluto a sufrir por Cristo y por su propia salvación, ni siquiera un poquito.

2. La seducción de un mundo lleno de riqueza: Muchos cristianos, habiendo de elegir necesariamente entre dar culto a Dios o dar culto a las Riquezas, han elegido a éstas. No están, pues, dispuestos a «dejarlo todo» para seguirle. A muchos cristianos de nuestro tiempo les ha pasado lo que aquel joven rico, que no quiso seguir a Cristo: «se fue triste, porque tenía muchos bienes» (Mt. 19,22).

3. El pelagianismo y el semipelagianismo: es decir, los cristianos entienden que la obra buena procede en parte de Dios y en parte del hombre, como si se tratara de dos fuerzas que se coordinan para producir el bien. Lógicamente, en esta visión voluntarista, los cristianos, tratando de proteger la parte humana, no quieren en modo alguno sufrir disminución, marginación social o detrimento alguno, y menos aún ser encarcelados o muertos; más aún, ni siquiera estiman posible que Dios pueda querer salvar al mundo permitiendo tales sufrimientos en sus fieles.

4. El liberalismo o relativismo doctrinal y moral: Ya se comprende que si nadie tiene la verdad, si existen en la mentalidad liberal muchas «verdades» contradictorias entre sí, igualmente válidas, queda eliminada la posibilidad del martirio. En efecto, el mártir, entregando su vida para afirmar la verdad universal de una doctrina y la unicidad de un Salvador, no es más que un pobre iluso, un fanático. ¿Qué se ha creído, para dar su vida por la verdad? ¿Acaso estima, pobre ignorante, que tiene el monopolio de ella frente a todos?

Los primeros cristianos, simplemente, estaban convencidos de que no es posible seguir a Cristo en este mundo si no se acepta tomar la cruz un día y otro, hasta la muerte. Esta era entre ellos una verdad de fe que bien podía ser considerada como de «cultura general». Hoy son demasiados los bautizados en Cristo que la ignoran o que la niegan. ¿Tú en qué lado estás?

[Una parte de los párrafos de este artículo están tomados del libro: "Diez lecciones sobre el martirio", Ed. Gratis Date]

Hermana Clare

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