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Temas InteresantesTemas variados que se pueden tratar en reuniones con jóvenes o adultos.

(Eclo. 6, 5-17; 1 Cor. 13)
De entre todas las virtudes humanas que hay, pocas nos atraen tanto como la amistad. Aristóteles distingue tres tipos de amistad en la “Ética a Nicómaco”. El primero es la amistad de utilidad: es bueno para mí tener esta relación, me es útil y puedo sacarle provecho. Esto es lo que esperaríamos de las relaciones entre empresarios; nos asociamos porque nos ayuda para ganar dinero o una mejor posición social. El segundo tipo tiene como base el placer: me gusta estar con el otro porque es divertido y me hace sentir bien. El tercero se trata de la verdadera amistad. Esta amistad encuentra su razón de ser en la virtud y bondad del otro. Como amigos compartimos el deseo de vivir una vida virtuosa, los altos ideales. Sin embargo, a Aristóteles le falta algo... Es verdad que las amistades de los primeros dos tipos no son verdaderas. Una amistad no es una inversión prudencial: no busco invertir mi tiempo con una persona porque preveo beneficios futuros, ni tengo un amigo solo porque me hace sentir feliz. Esto sería usarlo, tratarlo como medio de la propia felicidad y, a fin de cuentas, sería buscarse uno mismo. C.S. Lewis lo expresa así:
“La amistad no es una recompensa por nuestra capacidad de elegir y por nuestro buen gusto de encontrarnos unos a otros; es el instrumento mediante el cual Dios revela a cada uno las bellezas de todos los demás, que no son mayores que las bellezas otros miles de hombres. Por medio de la amistad, Dios nos abre los ojos ante ellas. Como todas las bellezas, estas proceden de él y, luego, en una buena amistad, las acrecienta por medio de la amistad misma, de modo que este es su instrumento tanto para crear una amistad como para hacer que se manifieste”. 

Aristóteles no es culpable de su error, pues nunca escuchó aquellas reveladoras palabras de Jesucristo: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn. 15, 12-13). Así, Jesucristo nos revela un aspecto más profundo: la donación de sí, termómetro fiel de la verdadera amistad. Probablemente, no se nos presentará en esta vida la oportunidad de dar la propia por un amigo, pero la vida cotidiana sí nos presenta mil oportunidades para darnos a los demás en las cosas pequeñas y en los momentos difíciles. Aunque sepamos valorar al amigo, sus cualidades y talentos, la verdadera amistad nos llevará a valorar también sus luchas y a aceptar sus deficiencias. Por eso, la amistad verdadera es realista y leal. Ser amigo en los momentos difíciles quiere decir olvidarse y donarse. Esta amistad la expresó perfectamente J.R. Tolkien cuando escribió sobre la amistad incondicional entre Sam y Frodo:
«Sam lo miraba. Las primeras luces del día apenas se filtraban a través de las sombras, bajo los árboles, pero Sam veía claramente el rostro de su amigo, y también las manos en reposo, apoyadas en el suelo a ambos lados del cuerpo. De pronto, le volvió la mente la imagen de Frodo, acostado y dormido en la casa de Elrond, después de la terrible herida. En ese entonces, mientras lo velaba, Sam había observado que por momentos una luz muy tenue perecía iluminarlo interiormente; ahora la luz brillaba, más clara y más poderosa. El semblante de Frodo era apacible, las huellas de miedo y la inquietud se habían desvanecido; y sin embargo recordaba el rostro de un anciano, un rostro viejo y hermoso, como si el cincel de los años revelase ahora toda una red de finísimas arrugas que antes estuvieran ocultas, aunque sin alterar la fisonomía. Sam Gamyi, claro está, no expresaba de esa manera sus pensamientos. Sacudió la cabeza, como si descubriera que las palabras eran inútiles y luego murmuró: “Lo quiero mucho. Él es así, y a veces, por alguna razón, la luz se transparenta. Pero se transparente o no, yo lo quiero”».

Quizá sólo es en los momentos difíciles cuando la verdadera amistad se forja y se aprecia por lo que es: “Un amigo fiel es un escudo poderoso, el que lo encuentra halla un tesoro. Un amigo fiel no se paga con nada, no hay precio para él” (Eclo. 6, 14-15).

 

Tres condiciones de la amistad

Aristóteles hablaba, hace ya muchos siglos, de tres condiciones para que exista la amistad:

1.  Querer el bien del otro, apreciarlo por lo que es en sí mismo y desear que sea feliz, que triunfe, que se realiza plenamente.

Esto parece algo sencillo, pero no resulta tan fácil. El mismo Aristóteles ponía el ejemplo del vino: un aficionado a los buenos vinos puede “amar” una botella, cuidarla, guardarla en el mejor lugar de la casa. Pero, en el fondo, todo su cariño queda explicado por la sencilla razón de que un día esa botella le podrá dar un gran placer. Ha amado la botella por lo que esperaba a conseguir de ella, no porque ella fuese digna de un amor desinteresado.

En otras palabras, no hay verdadero amor de amistad si este se funda en el interés (“me puedes ayudar”) o solo en la búsqueda de una satisfacción egoísta (“me haces sentir cosquillas en la barriga...”).

2. Que el otro quiera mi bien, me ame a mí como yo le amo a él.

Aquí las cosas se ponen más difíciles, pues es posible que yo ame a otro, pero que el otro no tenga prácticamente el menor interés por mí. Es algo que ocurre muchas veces en el mundo de los enamorados: Francisco ama apasionadamente a Isabel, pero Isabel se siente como ante un poste de luz cada vez que encuentra o mira a Francisco. La amistad verdadera no puede ser unidireccional: tiene que ir de un lado a otro, y viceversa.

3. (puede parecer banal) Que haya conocimiento del mutuo afecto, que se sepa por las dos partes que existe ese amor de amistad. 

Son tres condiciones sencillas, que pueden llevar a preguntarnos: ¿tenemos muchos amigos verdaderos, profundos, incondicionales?

Volvamos a escuchar a Aristóteles. Para él, no es verdadera la amistad basada en el placer, como tampoco lo es la que se construye sobre la utilidad. Porque -y no hay que ser filósofos para darnos cuenta de ello- el placer cambia como cambia el viento: hoy me produce placer una persona y mañana otra. Por eso fracasan tantos matrimonios y tantas amistades de artificio. Tampoco hay verdadera amistad en las alianzas que buscan un beneficio mutuo. En este caso solo habría unión de esfuerzos en tanto en cuanto sirven para los intereses mutuos. Lograda la meta, se rompe el motivo de la aparente amistad, que no era sino una alianza de egoísmos. Luego, cada quien sigue su camino, a no ser que se haya descubierto en la otra parte (en el “socio”) algo nuevo: no solo me puede ayudar en un trabajo o negocio, sino que es bueno, que vale la pena amarlo por sí mismo.

Lo propio del amor verdadero consiste, por lo tanto, en ir a fondo, al centro del otro. Tiene que saber respetarlo con sus defectos y sus cualidades, apreciarlo por lo que es, aunque los años hayan cambiado el pelo, la piel o la silueta del esposo o de la esposa...

El camino para lograr la verdadera amistad que todos desearíamos es difícil y arduo. Inicia cuando uno deja de ser el centro de su vida y empieza a girar en torno al otro. Cuando uno, como repetía Aristóteles, llega a ser “virtuoso”,bueno, desinteresado, capaz de dejar egoísmos o avaricias para ganar y ser más gracias al amor.

El programa es difícil, pero vale la pena. Los que tienen un amigo de verdad lo saben muy bien. Quizá no son muchos, pero pueden serlo muchos más de los que imaginamos. Basta con que cada día dejemos de pensar en el propio bienestar, en los intereses coyunturales, para empezar a darnos, para amar y dejarse amar. El resto depende del tiempo y de la fidelidad, que es la corona del amor.

 

Amistad: ¿Qué es un amigo?

Un verdadero amigo es aquel que se interesa en el bien y la felicidad del amigo, esto le lleva a no buscar tener amigos, sino a buscar “ser amigo”. 

Cuando estamos inmersos en un problema y pensamos que no podremos salir, cuánto deseamos la mano de un amigo fiel y verdadero que nos brinde su consuelo y su aliento. Su consejo nos da ánimo, su compañía nos da paz, y hasta su simple presencia nos obliga a mantenernos en pie, firmes como los árboles.

Hay quienes “desean” tener muchos amigos para “sentirse populares”, presumen de amigueros. Viven para su buena fama y desprecian a los que no pertenecen a su “piña”. ¡Pobres insensatos! Ignoran que no tienen ningún amigo y que ellos, de amigos, no tienen nada. Un verdadero amigo no busca “tener amigos”, sino “ser amigo”. Con todo lo que esto implica. No le importa ni la fama, ni el dinero, ni el coche del otro. Le interesa el bienestar y la vida de su amigo.

No se puede llamar amigo a cualquiera. Los amigos no son la “piña” de personas con las que me junto para ir a la plaza, a la discoteca, al bar, a la cafetería o a las fiestas, con los que me lo paso más o menos bien y me divierto, pero, cuando me despido de ellos con sonrisa de azafata, no dejan de ser más que unos desconocidos; unos “amiguetes” con los que anduve vagando y en los que busqué mis intereses.

El amigo, dicho con todas las de la ley, busca solo el bien de su amigo aunque le cueste. Está siempre, en las buenas y en las malas, cerca. Perdona y excusa las ofensas y los errores con paciencia. Y si le compete, lo corrige y lo ayuda con sinceridad. Si el amigo cae, lo levanta. Si está herido, lo cura y lo lleva en brazos. Luchan juntos en la vida y se impulsan en los ideales. Se alegra cuando el amigo se alegra y sufre con el amigo que sufre. Los dos son “un solo corazón y una sola alma”.

El amigo tiene el corazón puesto en el amigo y le procura el mayor bien: llevarlo al Cielo. No busca retenerlo aquí en la tierra, sino que su amistad esté arraigada en Cristo. 

Un amigo es también un hermano. El hermano es, de hecho, el amigo que la naturaleza nos da y nos unen vínculos de sangre. El amigo no será sangre de su sangre, pero es alma de su alma, y los une un vínculo irrompible.

No se nace con la amistad, pero sin ella es imposible crecer. Para el niño, el amigo significa mucho y crece con sus amigos. Es mejor descubrir la vida en aventuras junto a un amigo que solo. “El hierro con el hierro se aguza y el hombre con su prójimo se afina” (Prov. 27, 17) 

No cabe duda, el amigo es uno de los mayores tesoros que Dios nos ha dado, un impulso para llegar al Cielo. Cristo, el mejor amigo, nos sublima esta virtud, y nos lo confirma en el Evangelio: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos”.

ECLESIÁSTICO 6, 5-17: “Las palabras dulces multiplican los amigos y un lenguaje amable favorece las buenas relaciones. Que sean muchos los que te saludan, pero el que te aconseja, sea uno entre mil. Si ganas un amigo, gánalo en la prueba, y no le des confianza demasiado pronto. Porque hay amigos ocasionales, que dejan de serlo en el día de aflicción. Hay amigos que se vuelven enemigos, y para avergonzarte, revelan el motivo de la disputa. Hay amigos que comparten tu mesa y dejan de serlo en el día de la aflicción. Mientras te vaya bien, serán como tú mismo y hablarán abiertamente con tus servidores; pero si te va mal, se pondrán contra ti y se esconderán de tu vista. Sepárate de tus enemigos y sé precavido con tus amigos. Un amigo fiel es un refugio seguro: el que lo encuentra ha encontrado un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio, no hay manera de estimar su valor. Un amigo fiel es un bálsamo de vida que encuentran los que temen al Señor. El que teme al Señor encamina bien su amistad, porque como es él, así también será su amigo”.

1 CORINTIOS 13: “Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, pero no tengo amor, he llegado a ser como metal que resuena o címbalo que retiñe. Y si tuviera el don de profecía y entendiera todos los misterios y todo conocimiento, y si tuviera una fe como para trasladar montañas, pero no tengo amor, nada soy.  Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha.  El amor es paciente, es bondadoso; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no es arrogante;  no se porta indecorosamente; no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal recibido; no se regocija de la injusticia, sino que se alegra con la verdad;  todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.  El amor nunca deja de ser; los dones de profecía, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.  Porque en parte conocemos y en parte profetizamos; pero cuando venga lo perfecto, lo incompleto se acabará. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño.  Porque ahora vemos como en un espejo, veladamente, pero entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente, cómo he sido conocido. Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor”.

 

Hermana Clare

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