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María en los escritos de San Pedro Crisólogo

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Por P. Félix López, S.H.M.

Nació en Imola, Italia, hacia el año 380 y fue formado por el obispo de la ciudad, Cornelio, por el que siempre sintió una gran admiración. En el año 424 fue elegido obispo de Rávena, ciudad que por entonces era la residencia del emperador de Occidente. Como todavía quedaban restos del paganismo en su diócesis, se esforzó por establecer la fe católica y trabajó con tanto entusiasmo por convertir a los infieles, que cuando él murió eran poquísimos los no creyentes que quedaban en este lugar.

Se preocupó por la unidad de la Iglesia y la fidelidad a la sede de Pedro. Combatió a Eutiques y otras herejías de la época, como el arrianismo y el nestorianismo. Fue gran amigo del Papa S. León Magno. Se le reconoce por su condición de buen pastor de su rebaño, atendiendo con esmero las necesidades de sus fieles, cuidando de su vida cristiana, recomendando la comunión semanal, estimulándoles con el ejemplo y formándoles con la espléndida predicación que nos ha legado. Ha sido reconocido como uno de los oradores más famosos de la Iglesia Católica, otorgándole el sobrenombre de Crisólogo, que significa «palabra de oro». Fue nombrado Doctor de la Iglesia por el Papa Benedicto XIII en el año 1729. Murió en Imola el 30 de julio del año 451. Sus reliquias se veneran hoy en la cripta de la iglesia de san Casiano de esta ciudad.

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En sus sermones dará una importancia central al misterio de la Encarnación, por lo que María, por su concepción y parto virginales, tendrá un papel muy relevante. Todo el discurso mariológico de Pedro Crisólogo viene elaborado en torno al tema de la virginidad fecunda de María, que se expresa en el esquema: «Virgen concibió, Virgen dio a luz, Virgen permaneció» (Serm. 117, 1). Tal impostación le permite no solamente poner de relieve la perpetua virginidad de María, sino también la divinidad de Cristo, que se manifiesta en la concepción y en el parto.

El concepto de virginidad subraya la participación de María en la integridad y santidad de Dios mismo. Gracias| a esta participación está en grado de dar a luz a Cristo sin ser sometida a las leyes de la corrupción: «Virgen, te ha hecho Madre la gracia, no la naturaleza; la devoción ha querido que tú fueses llamada Madre, aunque no lo permitía la integridad; en tu concepción y en tu parto ha crecido el pudor, ha aumentado la castidad, se ha robustecido la integridad, se ha consolidado la virginidad, todas las virtudes han quedado intactas» (Serm. 142, 7).

El obispo de Rávena, deteniéndose sobre el sentido de la palabra, pone de relieve una relación particular entre la virginidad y la integridad, en sentido físico y moral al mismo tiempo. Así como la naturaleza humana, corrupta a causa del pecado, está en conexión con la corrupción, así la naturaleza virginal está en conexión con la integridad (cf. Serm. 153, 2). Si Dios es la fuente de la integridad, entonces el Hijo de Dios, encarnándose en el seno de la Virgen, no solo conserva la integridad de su madre, sino que es la causa de su aumento (cf. Serm. 142, 7). Esta idea aparece recogida en Lumen Gentium, 57 tomando un texto litúrgico del s. VII afirmando que Jesús, al nacer de María, «lejos de disminuir su integridad virginal, la consagró».

Los hechos de la concepción y parto virginales son considerados por el Crisólogo como hechos insólitos y extraordinarios. Estos, trascendiendo las leyes de la naturaleza humana, manifiestan que Dios es su autor: «Cuando una virgen concibe, cuando una virgen da a luz y permanece virgen, no es un hecho común, sino un prodigio; …no es un hecho común a muchos, sino un evento único; es un evento divino, no humano» (Serm. 148, 1).

El obispo de Rávena es consciente de la unicidad del hecho, que es imposible verificar en la historia humana. Por eso, este evento divino permanece escondido, inaccesible al intelecto humano, es un misterio. Para él, la concepción y el parto virginal son misterios de la fe. El hombre, apoyándose sobre la capacidad de su intelecto, no puede comprender el misterio divino. Este es accesible solo por medio de la fe: «Porque todo es posible a Dios, y a ti no te es posible alcanzar las obras más pequeñas de Dios, no investigues sobre la concepción de la virgen, sino cree. Acoge con fe el gran misterio del nacimiento del Señor» (Serm. 141, 3).

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Otro aspecto interesante de la teología de S. Pedro Crisólogo es hacer que el misterio de la resurrección sea releído a la luz del misterio del parto virginal de María. El sepulcro se convierte en el útero que concibe el muerto y da a luz un viviente: «Aquí se cambia el orden de las cosas, aquí el sepulcro devora la muerte, no el muerto; la morada de la muerte se convierte en estancia de vida; una nueva forma de útero concibe un muerto, da a luz un viviente» (Serm. 74, 5). La salida del Resucitado del sepulcro sin romper los sellos, permite al autor comparar este hecho a la integridad de la Virgen durante el parto de Cristo. Ambos eventos subrayan la divinidad de Cristo: «Es una manifestación de la divinidad haber dejado intacta a la Virgen después del parto. Es una manifestación de la divinidad el salir del sepulcro con el cuerpo» (Serm. 75, 3). El sepulcro es el seno de la resurrección. El sepulcro y el vientre de María dan a luz a Cristo. El sepulcro da a luz a Cristo a la vida eterna, la Virgen lo da a luz a la vida terrena.

Queremos señalar un último punto destacado en la rica teología de este autor. Para él, el misterio de la concepción y el parto de María se convierten en una categoría de interpretación del misterio de la Iglesia. Al igual que María, también la Iglesia es Virgen y Madre. Ella da a luz a sus hijos por medio de los sacramentos. Así se hace madre permaneciendo al mismo tiempo virgen. La fuente bautismal se convierte en el útero de la Iglesia que, gracias a la acción del Espíritu Santo, se hace fecundo. En esta fuente bautismal se renueva el misterio del parto virginal de Cristo: «He aquí por qué, hermanos, el Espíritu Celeste, con la misteriosa efusión de su luz, fecunda el útero virginal de la fuente, para dar a luz como criaturas celestes y llevarlas a la semejanza con su Creador” (Serm. 117, 4).

Como hemos podido ver, es clara la centralidad que S. Pedro Crisólogo concede a la virginidad de María en todo su pensamiento, poniendo de relieve la riqueza de sus diversos aspectos. Quiera Dios que también nosotros podamos renovarnos continuamente en el Corazón virginal de la Madre de Dios y Madre Nuestra.

© Revista HM Nº207 Marzo-Abril 2019

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Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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