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María en los escritos de San Gregorio Magno

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Por P. Félix López, S.H.M.

San Gregorio Magno nació en Roma hacia el año 540 en el seno de una rica familia patricia, convertida al cristianismo. Su padre, san Gordiano, ostentó el puesto de senador y era hermano de las santas Tarsilia y Emiliana, vírgenes. Su madre fue santa Silva, mujer de enorme piedad. Y por si fuera poco, tuvo dos papas en su familia: Félix III (483-492) y Agapito (535-536).

San Gregorio ingresó pronto en la carrera administrativa y en el año 572 llegó a convertirse en prefecto de Roma. En el 574, se retiró de la carrera pública al abrazar la regla benedictina, transformando una de sus casas en una colina de Roma en el monasterio de san Andrés. Poco tiempo después, el Papa Pelagio II convocó a Gregorio al diaconado. Conoció a S. Leandro de Sevilla, con quien mantuvo una constante correspondencia epistolar que se ha conservado. Más tarde, el Papa lo nombró su secretario. Tras la muerte del Pontífice, Gregorio fue aclamado por todos como su sucesor en el año 590. Aunque trató de rechazar su nombramiento, entendió que era la voluntad de Dios y, dejando la vida retirada muy a su pesar, el nuevo Pontífice se dedicó a la comunidad como un simple siervo de los siervos de Dios.

Dejó también admirables homilías, un célebre comentario al libro de Job, además de numerosos textos litúrgicos, famosos por la reforma del canto, que por su nombre se llama «gregoriano». Pero la obra más célebre es, sin duda alguna, la Regla pas-toral, de enorme importancia para el clero. Murió el 12 de marzo del año 604. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1295. Recibió el título de «Magno» por su magnanimidad hacia todas y cada una de las personas con las que trató. Es uno de los llamados Padres Latinos de la Iglesia, junto con San Agustín, San Ambrosio y San Jerónimo.

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S. Gregorio reconoce a María como Madre de Dios: «He aquí que la misma Virgen y esclava del Señor es también llamada Madre. Ciertamente, Ella es la esclava del Señor porque la Palabra, antes de todos los siglos, era el Hijo unigénito igual al Padre; Ella es verdaderamente su Madre porque, en su seno, Él se hizo hombre por obra del Espíritu Santo y de su carne». (Ep 11, 67).

Para S. Gregorio, María es superior a toda criatura, incluso a los ángeles, porque «en su vientre, la Luz incorpórea asumió un cuerpo» (Moralia 33, 8). Algo que asombra profundamente al Papa, es el misterio de la virginidad de María. Hablando de ella, la sitúa al final de una lista de eventos milagrosos que Dios ha realizado en favor de su Pueblo: «Considéralo cuidadosamente, por favor, y dime si puedes, ¿cómo fue dividido el Mar Rojo por un cayado (de Moisés), cómo pudo la dureza de la roca derramar una fuente de agua al golpe del cayado, cómo pudo florecer la vara seca de Aarón, cómo pudo la Virgen, descendiente de Aarón, concebir y permanecer virgen, incluso al dar a luz?» (In Ezeq. 2, 8, 9).

Podemos ver el énfasis en resaltar la virginidad de María en el parto, la cual hace aún más misterioso el nacimiento virginal de Cristo. Para Gregorio, la virginitas in partu tiene una función sobrenatural: «No por unión carnal sino por obra del Espíritu Santo fue concebido. Al nacer, Él mostró la fecundidad del vientre de su Madre, preservándolo al mismo tiempo incorrupto» (Moralia 24, 3).

 

Para mostrar la posibilidad del nacimiento virginal, S. Gregorio acude, como hicieran antes S. Jeróni-mo y S. Agustín, a la entrada de Jesús en el cenáculo con las puertas cerradas: «¿Qué hay tan asombroso en el hecho de que, después de su resurrección, el Conquistador eterno entrara a través de las puertas cerradas? Después de todo, cuando vino para morir (se refiere a su nacimiento en la carne) ¿no vino sin abrir el vientre de la Virgen?» (Hom. in Ev. 26, 1).

Algunos autores han puesto en duda la licitud de usar ese pasaje de la entrada en el cenáculo con las puertas cerradas para justificar el nacimiento virginal, dado que en ese momento el cuerpo de Jesús estaba ya en estado glorioso, no siendo así en el momento de su nacimiento. A esto puede responderse, que en algunos momentos antes de la resurrección, el cuerpo de Jesús, sin dejar de ser un cuerpo real de carne, tiene la capacidad de adoptar unas condiciones que pueden superar las leyes naturales, como en el momento de la transfiguración o cuando caminó sobre las aguas.

Un dato muy interesante que cita el Papa S. Gregorio Magno es la aparición de la Virgen María a una niña llamada Musa. El Papa recibe el hecho del hermano de la niña, Probus, a quien considera un hombre de Dios digno de crédito. La Virgen María se aparece a Musa rodeado de jóvenes con vestidos blancos y la invita a entrar a su servicio y a dejar sus actitudes infantiles. María vendrá a visitarla de nuevo treinta días después. Los padres de la niña notan un cambio profundo en la manera de comportarse de su hija, y al ser preguntada, ella refiere la aparición. Musa cae enferma y a los treinta días, María la visita de nuevo. La niña acepta la invitación de la Virgen: «Aquí estoy, Señora, voy. En ese mismo respiro entregó el espíritu y dejó su cuerpo virginal para habitar con las vírgenes» (Dialog. 4, 18).

Es significativo que ya en esta época tan temprana, los fieles consideran posible que la Virgen María se aparezca a alguna persona y el mismo Papa habla de ello con normalidad. S. Gregorio Magno aúna en su persona la riqueza de ser Padre y Doctor de la Iglesia, siendo además Papa. Eso significa que sus escritos y homilías tienen rango de Magisterio ordinario y nos muestran que, en continuidad con la doctrina anterior, también en el s. VI la Iglesia considera la doctrina de la virginidad de María como parte integrante de la fe, incluido el parto virginal.

© Revista HM Nº208 Mayo-Junio 2019

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