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María en el Protoevangelio de Santiago

protoevangelioPor P. Felix López, SHM

Aunque nuestra sección está dedicada al estudio de María en los Padres de la Iglesia, no podemos dejar de mencionar este escrito apócrifo, que recoge fielmente la piedad popular de las primeras generaciones cristianas.

Los apócrifos, del griego apo (lejos) y krifos (oculto), son escritos que no han sido admitidos por la Iglesia dentro del canon, es decir, no han sido reconocidos como inspirados por Dios. Normalmente, se atribuían falsamente a autores conocidos para darles autoridad, generalmente a algún apóstol.

Dada la sobriedad con la que los evangelios canónicos presentan la vida de Jesús, especialmente en lo referente a su infancia, los apócrifos intentan llenar ese vacío para satisfacer la curiosidad de la gente sencilla. Los apócrifos han sido con frecuencia menospreciados, ya que en su mayoría se trata de escritos que contienen errores doctrinales. Pero hay un grupo de ellos que no son heréticos. En este grupo podemos situar al Protoevangelio de Santiago. Si bien narra los hechos de forma fantástica, si sabemos prescindir de ese ropaje, podemos llegar a algunas verdades de fe que la Iglesia antigua mantenía y que eran comúnmente aceptadas por el pueblo fiel.

Es un escrito que merece una atención especial por su antigüedad (fue escrito en la segunda mitad del s. II), por la amplia difusión que tuvo en la Iglesia primitiva, por la influencia que ha ejercido en la piedad y el arte cristianos, y por su uso en la liturgia. Ha ayudado, además, al desarrollo de las enseñanzas dogmáticas acerca de la virginidad perpetua de María.

El escrito fue atribuido supuestamente al apóstol Santiago el Menor. El autor real parece ser un cristiano de origen judío que conoce bien el Antiguo Testamento, pero que no conoce la Tierra Santa, puesto que sus descripciones de los lugares y paisajes no coinciden con la realidad geográfica.

¿Qué nos dice el Protoevangelio de Santiago sobre María?

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El escrito consta de tres partes: 1) La vida de María hasta el nacimiento de Cristo (cap. 1-16); 2) nacimiento de Jesús y las maravillas que lo acompañan (cap. 17-21); 3) Matanza de los inocentes y martirio de Zacarías (cap. 22-24). Se cierra con un epílogo (cap. 25).

La primera parte describe el nacimiento milagroso de María de unos padres estériles: Joaquín y Ana. Ana ora al Señor diciendo: “¡Oh Dios de nuestros padres, óyeme y bendíceme a mí, de la manera que bendijiste el seno de Sara, dándole como hijo a Isaac!“ (II, 4). Se le aparece el ángel de Dios y le dice: “Ana, Ana, el Señor ha escuchado tu ruego. Concebirás y darás a luz, y de tu prole se hablará en todo el mundo“ (IV,1). Ana promete que el fruto de su vientre, sea niño o niña, estará consagrado al Señor.

Llegado el tiempo del alumbramiento, Ana pregunta a la comadrona: “¿Qué es lo que he dado a luz?“. Le responden: “una niña“. Y Ana exclamó: “Mi alma ha sido enaltecida“. Y reclinó a la niña en la cuna. Ana se purificó, dio el pecho a la niña y le puso por nombre Mariam (V, 2).

La niña Mariam fue llevada al templo a los tres años. El sacerdote la recibe y tras haberla besado, la bendice: “El Señor ha engrandecido tu nombre por todas las generaciones, pues al fin de los tiempos manifestará en ti su redención a los hijos de Israel“ (VII, 2).

A los doce años fue confiada a José para que la custodiase. José, según el Protoevangelio, es un anciano viudo, que tiene ya otros hijos.

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Los capítulos X-XI siguen muy de cerca los relatos de los evangelios de la Infancia. Presentan el mensaje del ángel a María anunciando su concepción milagrosa por el poder de Dios. María responde al ángel: “He aquí la esclava del Señor en su presencia; hágase en mí según tu palabra“ (XI, 3).

Según el relato que estudiamos, cuando José descubre que María está encinta comienza a llorar, porque piensa que no ha sabido guardar a la virgen que le había sido confiada. Ante sus dudas, un ángel se le aparece para decirle: “No temas por esta doncella, pues lo que lleva en sus entrañas es fruto del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, pues Él ha de salvar a su pueblo de sus propios pecados” (XIV, 2).

Cuando Anás, el escriba, descubre el embarazo de María, acusa a José ante el sacerdote de no haber respetado la virginidad de María. José y María declaran su inocencia ante el sacerdote, y son sometidos a la prueba de las “aguas amargas“ descrita en Num 5, 11- 31. La inocencia de ambos queda comprobada, y José, tomando a María, marchó a su casa lleno de gozo.

Uno de los puntos que aparecen destacados en el Protoevangelio es el tema de la virginidad perpetua de María. Ya ha quedado de manifiesto la concepción virginal por el anuncio del ángel. Pero también el nacimiento de Cristo es presentado de forma extraordinaria. Al acercarse el momento del alumbramiento, José va en busca de una comadrona. Cuando regresa con ella, ven una nube luminosa que cubre la cueva donde se encuentra María. “De repente, la nube empezó a retirarse de la gruta; y brilló dentro una luz tan grande, que nuestros ojos no podían resistirla. Ésta por un momento comenzó a disminuir hasta que apareció el niño y vino a tomar el pecho de su madre María. La partera entonces dio un grito diciendo: Grande es para mí el día de hoy, ya que he podido ver con mis propios ojos un nuevo milagro” (XIX, 2).

Al salir de la gruta, la partera se encuentra con Salomé y le dice: “Salomé, tengo que contarte una maravilla nunca vista, y es que una virgen ha dado a luz; cosa que, como sabes, no sufre la naturaleza humana” (XIX, 3). Salomé quiere tener pruebas de esa afirmación y es castigada por Dios. Su mano queda curada al tocar al Niño.

Algunos autores han acusado al Protoevangelio de presentar el nacimiento de Cristo de forma doceta, como si Jesús tuviera solo una humanidad aparente. Pero el hecho de que el niño se vuelva inmediatamente a tomar el pecho de su madre, manifiesta la realidad de su humanidad. Por otra parte, la presencia de la nube y de la luz, recuerdan las teofanías del Antiguo y del Nuevo Testamento, como la Transfiguración, poniendo así de relieve la condición divina del recién nacido. Por tanto, la presentación del nacimiento virginal de Jesús que hace el autor quiere combatir tanto el docetismo, señalando la realidad de la carne de Jesús, como el adopcionismo, afirmando su condición divina.

Podemos concluir que el Protoevengelio de Santiago, aun reflejando cierta fantasía popular en sus relatos, no tiene contenidos heréticos y refleja una fe popular en la concepción y parto virginales. Este escrito sirvió de apoyo en el desarrollo del dogma de la maternidad divina de María y de su virginidad perpetua. A pesar de que el decreto del Papa Gelasio a finales del s. V excluyó del canon al Protoevangelio, éste siguió usándose en la liturgia bizantina como lectura para las fiestas marianas. Algunas fiestas del calendario litúrgico actual en el rito Romano, proceden de los datos que nos proporciona el Protoevangelio de Santiago, como la fiesta de S. Joaquín y Sta. Ana (26 de julio), la natividad de María (8 de septiembre) o la presentación de la Virgen en el templo (21 de noviembre).

©HM Revista; nº184 Mayo-Junio 2015

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