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María en los escritos de San Teodoto de Ancira

santeodotodeanciraPor P. Felix López, SHM

«Tu diste a luz al Principio que no tiene principio, un nino anterior a todas las edades, el Hijo de la Virgen, el Eterno que se nutre en tu seno; a Aquel que es mas antiguo que su Madre...»

Teodoto nació en el siglo III en Ancira, en aquel tiempo Galacia (actual Ankara en Turquía). Llegó a ser obispo de su ciudad natal y alcanzó un gran prestigio como teólogo y defensor de la ortodoxia. Aunque durante un tiempo fue amigo personal de Nestorio, se convirtió en un implacable adversario suyo durante el Concilio de Éfeso del año 431, ayudando a que sus doctrinas fueran condenadas como heréticas. Nestorio afirmaba la existencia de dos personas en Jesucristo, negando el título de Madre de Dios a la Virgen María.

Adentrándose en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios, Teodoto expuso con claridad y defendió con firmeza la verdad de la existencia de dos naturalezas en la única persona de Cristo, y exaltó de modo especial la maternidad divina de Santa María, junto a su perpetua virginidad. Su muerte tuvo lugar en torno al año 446.

Entre sus obras merecen especial mención tres sermones sobre el nacimiento del Señor. El primero de ellos fue pronunciado en Éfeso en la iglesia de S. Juan Evangelista, y los otros dos fueron leídos en el Concilio (a. 431) e introducidos en las actas. El primero está centrado en la unidad de Cristo como fundamento imprescindible de la soteriología cristiana. El segundo alude con insistencia a la maternidad virginal utilizando las imágenes y la argumentación que eran ya tradicionales, como la zarza que arde sin consumirse, o la consideración de que el Autor de la inmortalidad no solo no corrompió a su Madre, sino que le regaló la incorrupción. El tercero, el más bello de todos, fue pronunciado el día de Navidad. En el exordio del sermón afirma Teodoto: «Ilustre y prodigiosa es la ocasión de esta fiesta: ilustre porque ella ha traído la salvación de los hombres; prodigiosa, porque ha vencido las leyes de la naturaleza. Pues la naturaleza no conoce una virgen después de dar a luz, pero la gracia muestra a una madre, que ha permanecido virgen; la gracia ha convertido a una mujer en madre y, sin embargo, no ha dañado su virginidad. La gracia ha conservado la virginidad. ¡Oh tierra que, sin semilla, hace brotar el fruto de la salvación! ¡Oh virgen que sobrepasa al mismo paraíso del Edén! (....) Esa tierra era virgen y María también es virgen, pero Dios encomendó a esa tierra el dar árboles, mientras que el mismo Creador se convirtió en fruto de esta Virgen según la carne. Ni la tierra ha recibido vástagos antes de producir los árboles, ni la Virgen ha perdido su virginidad por el hecho del alumbramiento» (Tercer Sermón, n.1).

La presentación que hace Teodoto del parto virginal excluye la posibilidad de compaginar un nacimiento normal con la conservación de la virginidad, como pretenden ciertos autores contemporáneos. Se percibe claramente que la virginidad conservada en el parto, incluye necesariamente la integridad corporal. Teodoto utiliza el argumento tan habitual de que el incorruptible no iba a corromper a su Madre: «Él ha sido concebido como hombre, y como Dios-Verbo ha conservado la virginidad. Pues si nuestro verbo una vez concebido no corrompe el pensamiento, tampoco el Verbo esencial y sustancial de Dios, una vez concebido, ha corrompido la virginidad».

Sobre la Maternidad divina de María, que Nestorio no admitía, y que fue proclamada en el Concilio, dice: «Tú diste a luz al Principio que no tiene principio, un niño anterior a todas las edades, el Hijo de la Virgen, el Eterno que se nutre en tu seno; a Aquel que es más antiguo que su Madre, y en cambio es alimentado por Ella, al Esplendor de Dios que se presenta como pobre, al Rey que no tiene sucesor».

Terminemos con las alabanzas a María que canta con entusiasmo Teodoto en la línea seguida por la tradición griega: «Salve, nuestra deseable alegría; salve, regocijo de todas las Iglesias; salve, nombre que destilas dulzura; salve, rostro que irradia divinidad y gracia; salve, oh Madre de esplendor sin ocaso, llena de luz; salve, inmaculada Madre de la santidad».

©Revista HM; nº204 Septiembre-Octubre 2018

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