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Cómo conocí el Hogar

Hna Sara Jiménez Murcia

Cómo conocí el Hogar

1998- 13 años
2006- 21 años

El Señor tuvo la gran misericordia de hacerme conocer el Hogar cuando tenía 13 años. Fue por medio de mi hermana Ana. Ella fue a estudiar Trabajo Social a la universidad de Cuenca, ya que en Ciudad Real, de donde yo soy, no se podía acceder a estos estudios. Allí, providencialmente, coincidió con dos candidatas de las Siervas del Hogar de la Madre, que la invitaron un día a comer a casa, otra vez a unas convivencias, etc. Resumiendo la historia... se entusiasmó con el Hogar, tanto, tanto, que cuando venía a casa los fines de semana no paraba de hablar de un tal Hogar que había conocido. A mí esta palabra sólo me llevaba a pensar en el Hogar del Jubilado que había cerca de mi casa donde los “abueletes” iban a jugar al billar y a pasar el rato. Yo la notaba un poco rara, pero mi pensamiento era: "pobrecita, alguien le ha llenado la cabeza de pájaros".

En aquella época yo había oído comentar a mi madre y a mis hermanas que sería bueno que yo fuese a algún campamento o a alguna actividad de verano. Casualmente en esos días llegó a casa mi hermana con un folletito en la mano y me dijo: “¡esto es para ti!”, lo cogí y vi que en la portada había una tienda de campaña con una frase que decía: "¡apúntate a los campamentos del Hogar de la Madre!". A mí la idea no me pareció mala del todo, lo único que me disgustaba era estar mucho tiempo lejos de mi madre y salir de "mi ambiente"; pero eso de una nueva "aventurilla" me tiraba bastante.

Lo último que me imaginaba era que a lo que yo llamaba “aventurilla” hizo que mi vida diera un giro de 180º. Me explico. Yo no podía hacerme a la idea de que aquella actividad iba a ser tan religiosa, pensaba que esto significaba simplemente rezar un Padrenuestro por la noche, rezar si algo iba mal, para conseguir aquello que yo quería o para sacar la mayor puntuación en los juegos. Esto me obliga a explicar que la formación religiosa que yo había recibido era bastante pobre, había hecho la comunión y unos años después dejé de ir a misa los domingos, nada de lo que vivía y nadie a mi alrededor me hablaba de Dios directamente, aunque mi conciencia estaba bastante despierta.

El campamento me vino muy bien. Las palabras que llegaban a mis oídos entraban en mi alma con una fuerza impresionante, eran como un foco de luz potentísimo que iluminaba todas las tinieblas que había en mi interior. Experimentaba constantemente estas palabras: “no sé por qué, y tampoco lo entiendo muy bien, pero esto, sin duda, es la verdad”. La luz hacía que viese cada vez más claro la suciedad que había en mi alma. Me propusieron confesarme, pero no me atrevía, pensaba que ningún sacerdote me entendería y tampoco sabía expresar lo que estaba viviendo, y esto mezclado con una buena dosis de cobardía; en definitiva, me negué a hacerlo. Pero esto no duró mucho tiempo, cada vez sentía más la necesidad de la confesión... hasta que por fin me decidí. ¡Uf, qué peso me quité de encima!

La gente que allí me encontré era encantadora. Al principio me pareció pesadísima, porque yo era muy tímida y no estaba acostumbrada a tratar con gente tan abierta y tan acogedora aún a penas sin conocerme. Aunque mi actitud exterior era cerrada y muy seria (pues tenía que mostrar que iba de “durita”), interiormente sabía que aquello tenía algo especial que nunca antes había encontrado: la alegría, la sencillez, la sinceridad, la autenticidad, el amor verdadero, desinteresado, entregado...

Aun así, el compromiso con el Hogar no lo hice hasta dos años más tarde. Tuve algunos altibajos, eso de comprometerme no me hacía mucha ilusión, prefería vivir los compromisos de vida espiritual, pero sin comprometerme de forma oficial. Evidentemente, esto es una idea absurda, ya que estaba dejando una puerta abierta a un pensamiento tan tonto como el de: “bueno, así si algún día no cumplo el compromiso no pasa nada”. Cuando, por fin, entré en el Hogar, me arrepentí de no haberlo hecho antes, porque me di cuenta de que éste era mi sitio, de que Nuestra Madre me había traído aquí para siempre. Y así es, actualmente, por la gracia de Dios, soy novicia en las Siervas del Hogar de la Madre.

Me veo totalmente identificada con la definición del Hogar. Cada miembro es el regalo que el Señor le quiere hacer a su Madre. Experimento que el Señor ha llevado a su Madre a un jardín lleno de flores preciosas y de todo tipo y le ha dicho: “Míralas, de todas ellas, ¿cuál eliges?” y Ella señaló a una que estaba hundiéndose en un charco fangoso y dijo: “Quiero ésa”. Ésa soy yo. No ha despreciado mi pobreza, al contrario, la ha cogido para enriquecerla. Por lo tanto, el regalo es Ella quien me lo hace a mí con su elección. Soy del Hogar porque Ella lo ha querido, esa es la única razón.

Realmente conocer el Hogar es lo mejor que me ha pasado en la vida, porque el Señor lo ha utilizado como instrumento de su Misericordia para conmigo, para realizar esa restauración que mi alma tanto necesita, y para que yo también lo sea para todos los hombres. Ante esta realidad, la única palabra que sale del corazón es –gracias- También gracias a esas personas que el Señor, en su providencia, ha puesto en mi camino para llevarme hasta Él, que me han ayudado en mi formación personal y espiritual y que han sabido ser dóciles al Señor y ser reflejo de su Bondad y su Misericordia.

Por lo tanto, después de recordar y compartir con vosotros todas estas gracias, sólo puedo decir con el salmista: “¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”.

©Revista HM º129 Marzo/Abril 2006

 

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