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Cómo conocí el Hogar

Ana Mª Lapeña

Cómo conocí el Hogar

2001- 14 años
2006- 19 años

Siempre definimos el Hogar como “el regalo que el Señor le quiere hacer a su Madre” y las personas del Hogar nos sentimos como almas que Nuestra Madre ha escogido para Ella. Yo pienso que Nuestra Madre me tomó para sí el día en que mis padres me consagraron a Ella pasándome por el manto de la Virgen del Pilar cuando yo era pequeña.

No recuerdo quién me enseñó a rezar tres Ave Marías. La Salve me la enseñó mi profesora del colegio y yo cada noche la rezaba porque me gustaba aunque no entendía lo que significaba. Cuento esto porque ahora pienso que aquellas primeras oraciones fueron fundamentales y que, aunque yo no entendía lo que quería decir, la Virgen no se olvidó de aquel “vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos” ni de aquel “ruega por nosotros pecadores”.

Al ir creciendo y entrando en la adolescencia comencé a escoger malos caminos. Gracias a Dios mi conciencia no me dejaba tranquila, pero cuesta mucho confesarse y por eso pasé mucho tiempo sin hacerlo. Para justificarme intenté convencerme a mí misma de que Dios no existía y empecé a sentir un rechazo muy grande por la Iglesia a la cual acusaba de cosas que no eran ciertas y rechazaba a Dios diciendo que no era bueno. Pero yo todo esto en el fondo de mi corazón no me lo creía y seguía intranquila porque además cuanto más pecaba más insatisfecha me sentía y llegué a estar esclava de mis vicios. De alguna manera me despreciaba a mí misma. Es el juego del enemigo, primero te muestra una pompa atractiva y te hace creer que con eso alcanzarás la felicidad y cuando explota en tus manos te deja hundido y amargado en tu miseria. Hay gente que me dice: “¿puede una adolescente de 14 años plantearse esas cosas?”. Claro que puede, los adolescentes no son idiotas, sólo son adolescentes y con 14 años yo me preguntaba por el sentido de la vida y buscaba la verdad.

Fue en segundo de la ESO cuando conocí a unas chicas del Hogar. Iban a mi clase y un día en el recreo yo estaba diciendo que Dios no existía y lo justificaba diciendo que en el cielo no hay más que nubes que son gotas de agua en suspensión y me quedaba tan tranquila como si hubiese escrito una tesis doctoral. Ahora me acuerdo y me pongo colorada… pero andaba yo así dándomelas de lista cuando una chica me dijo: “No digas eso, Dios sí existe”. Yo le contesté: “Demuéstramelo”. Ella me dijo: “No sé demostrártelo pero te digo que existe. Yo lo sé. A mí me escucha. Estoy segura”. Yo por supuesto la dejé en ridículo con argumentos tontos otra vez. Aparentemente en aquella conversación había ganado yo, pero lo cierto es que me dejó tal remordimiento de conciencia que a los pocos días le pedí a ella y a sus amigas cristianas que me ayudasen a creer, que yo quería pero no podía. Ellas me invitaron a unas reuniones a las que iban.Yo no sé por qué fui. Ahora lo pienso y no tiene sentido. Es como si alguien me hubiese cogido y sin yo darme cuenta me hubiese llevado. Allí estaba llevando el círculo una Sierva del Hogar de la Madre, la hermana María, y lo que yo pensé al escuchar toda la reunión fue: “Esto es la verdad”.

Quise entrar en el Hogar de la Madre y comencé a ir a misa los domingos y a todas las reuniones. Pero todavía iba a medio gas. Iba como andando por el borde de un precipicio y pasaba más tiempo abajo que arriba porque no rompía con mi vieja vida. Finalmente me decidí por la santidad ese verano en un encuentro de verano del Hogar. Algunas personas que me conocen dicen que allí me lavaron el coco, pero no es verdad, lo que me lavaron fue el alma, y no fueron las personas sino Jesucristo. Lo que me hizo decidirme a cambiar fue la experiencia tan fuerte que tuve de Él. Un día, estando en la capilla, escuché en el alma con mucha fuerza: ¡Sígueme o déjame! Y con eso entendí que el Señor prefería que no le siguiese a que lo hiciera mediocremente. Me sentí en ese momento completamente libre. Sabía que tenía que optar, sabía que Él era la Verdad y que en Él estaba la felicidad porque así lo había experimentado pero también sabía que seguirla me iba a costar sufrimiento. Decidí seguirla y abrí mi alma a la inmensidad de gracias que Él me quería regalar. A los pocos días, las Hermanas nos hablaron de la vocación, no sólo de la religiosa, también del matrimonio. Decían que teníamos que abrirnos a lo que el Señor quisiese de nosotras. Yo recuerdo estar en la capilla y decirle al Señor: “Señor, si Tú quieres, a mí me encantaría que me eligieses para Ti y poder responderte por todas las almas que no lo hacen. Pero muéstrame tu voluntad, que yo quiero lo que Tú quieras”. Ahora veo clarísimo lo que Él me respondió, algo así como: “Sí, acepto el ofrecimiento”. Pero en ese momento no lo vi claro, no sé si porque no estaba preparada o porque tenía miedo, pero la verdad es que ahora lo puedo recordar como si fuese ayer y no me cabe duda de lo que experimenté. Cuando lo entendí me llené de alegría y de deseos de ser muy generosa para Él, que sería mi Esposo.

Fue necesario esperar cuatro años para poder entrar como candidata. Durante todo este tiempo tuve que luchar mucho por mi vocación y mucha gente intentó apagarla. A veces me preguntan: “¿Cómo has aguantado todo este tiempo?”. Yo lo atribuyo a que siempre he intentado ser fiel a la oración y siempre intenté ser sincera y cumplir la voluntad de Dios. Este es un camino seguro. Pero sobre todo el estar aquí lo debo a la misericordia de Dios que por alguna razón que sólo Él sabe y en la que me huelo que está Nuestra Madre por medio, no me ha querido soltar.

En alguna ocasión estuve a punto de dejarlo todo. Recuerdo una vez en que fui a la capilla para despedirme de Dios, para decirle que ya no iba a volver más, que ya estaba cansada de sufrir. Entonces abrí el libro de oración mientras me levantaba y leí: “¿Tú también vas a dejarme?”. Esto fue una gracia muy importante para mí.

Además, el Señor ha ido siempre poniendo en mi camino a personas que me han ayudado para el cumplimiento de su voluntad. Él no nos abandona, somos nosotros los que le abandonamos.

©Revista HM º130 Mayo/Junio 2006

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