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Cómo conocí el Hogar

Hna Paqui Morales, SHM

Cómo conocí el Hogar

Para hablar de cómo conocí el Hogar, necesariamente tengo que hablar primero de como lo conoció la Hermana Estela, mi hermana.

Ella había asistido a unos ejercicios espirituales dirigidos por el P. Félix,(Siervo del Hogar de la Madre) a finales de 1995. Allí servían como cocineras algunas Siervas del Hogar, y asistieron a los ejercicios jóvenes del Hogar. Quedó tan enamorada de esa espiritualidad que llegó a casa totalmente entusiasmada.

Ella pertenecía a la Renovación Carismática, con lo cual yo ya estaba bastante acostumbrada a que ella hablase de Dios. Sin embargo, yo era mucho más fría espiritualmente. Hacía ya tiempo que había abandonado los sacramentos y que el Señor se había convertido para mí en Alguien, que en caso de que existiese, se encontraba bastante lejos de tener algo que decir en mi vida.

Esta vez, todavía no comprendo el porqué, y lo considero como una de las mayores gracias de mi vida, todo lo que me decía entraba en mi corazón y en mi mente con la certeza de que aquello era la verdad. Cosas en las que había dejado de creer, o casi peor, creía a la manera que me convenía, ahora eran para mí certezas de las que no podía dudar. La existencia de un Dios personal que me ama, el cielo, el infierno, la Virgen, la Eucaristía, la Iglesia...

Cuando miro hacia atrás me parece increíble. Pasé de un día para otro, de no acudir nunca a los sacramentos, a ir diariamente a Misa. Todavía no entiendo el porqué, no fue una cuestión de sentimientos. Yo veía con claridad que eso era lo que debía hacer, y lo hacía.

Recuerdo que la Hermana Estela trabajaba limpiando un bar por la mañana. Así que, a las seis de la mañana, me levantaba para ir con ella, y así en el camino íbamos hablando de Dios, de Nuestra Madre, cantando, rezando el rosario, hablando del Hogar de la Madre,... Realmente todavía ninguna de las dos pertenecíamos al grupo, ya que no habíamos hecho los compromisos, sin embargo, el Hogar ya formaba parte muy importante en nuestras vidas, porque el Señor, a través de él, nos las estaba transformando.

La Hermana Estela durante el curso iba a menudo a Cuenca a visitar a las chicas y a las Hermanas. Había dicho en casa su decisión de ser Sierva del Hogar, así que mi madre decidió ir a conocer a las Hermanas esa Semana Santa. Llegamos a la Catedral de Cuenca, a la Misa Crismal. Al ver un montón de Hermanas, jóvenes y familias, arrodillados, no nos quedó duda de que eso era una obra de Dios. En Salamanca ya hacía tiempo que era difícil ver a alguien arrodillarse durante la consagración. Al terminar la Misa nos dirigimos al lugar donde se iba a celebrar el Encuentro de Semana Santa y comimos con todos. Al finalizar volvimos a Salamanca. Había sido una paliza, pero yo llegaba llena de alegría y mi madre llena de serenidad y aceptación.

La siguiente actividad a la que asistí fue a una peregrinación. Esta vez pude pasar más días. Todo me impresionaba, la alegría, la servicialidad, la pobreza, la autenticidad, yo veía que nos enseñaban lo que realmente vivían. Una de las cosas que más me impresionaron fue el trato que vi entre los chicos y chicas. Pude ver una amistad limpia, algo que no había vuelto a ver desde hacía tiempo. Me impresionó muchísimo conocer jóvenes en gracia y que buscaban la santidad. Hice el compromiso y entré en el Hogar. Desde ese momento comenzó en mi vida una lucha muy fuerte. La lucha por recuperar y mantener la vida de la gracia, y la lucha por conocer el proyecto de Dios en mi vida, aceptarlo y responder. La batalla duró cinco años, y al final, ganó Él, ¡menos mal! Ahora soy una Sierva del Hogar de la Madre.

No puedo hacer otra cosa que dar gracias a Dios por el Hogar. Para mí ha sido el instrumento a través del cual el Señor me ha sacado del fango y me ha puesto en el camino seguro. En el Hogar he aprendido a amar a Dios, a Nuestra Madre, a los hombres, a la Iglesia.
El Hogar se define como el regalo que el Señor quiere hacer a su Madre, pero para mi no hay duda de que le Hogar es también un gran regalo para los hombres.

©Revista HM º132 Septiembre/Octubre 2006

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