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Cómo conocí el Hogar

Nathali Vera

Cómo conocí el Hogar

2003 - 16 años
2006 - 19 años

Comienzo diciendo que Dios nunca se deja ganar en generosidad,

Tenía dieciséis años cuando lo conocí.
Estudiaba en un colegio de religiosas, llegó el tiempo de vacaciones y mis hermanos me dijeron que habían visto a una monjas de blanco y un cura con sotana. Lo de las monjas era algo normal, pero lo del cura ya era raro porque nunca habíamos visto uno, sólo en películas. Pensé que serían las mismas monjas de mi colegio, pero me equivoqué.

Más tarde, una amiga, me contó que aquí en Chone habían llegado unas monjas españolas y yo me acordé de las que me habían hablado mis hermanos y efectivamente, eran las mismas. Me interesé por conocerlas pero no sabía nada de ellas, ni dónde vivían, ni de qué congregación eran, solamente que eran españolas y estaban en Chone. Así que me olvidé de ellas.

En el colegio siempre se suele festejar con una Misa el día de Santa Mariana de Jesús, fundadora de las religiosas que llevan el colegio donde yo estudiaba. Ese año decidieron que fuera en la parroquia de San Cayetano. Me dijeron que tal vez irían las monjas españolas y yo encantada porque las iba a conocer.

Llegó el gran día y a mi curso le tocaba estar en el coro. Yo estaba atenta a ver cuando llegaban las hermanas, miraba atrás y no llegaban. Empezó la misa y nada. Bueno -dije- no vendrán, así que me resigné. Una amiga que estaba detrás me llamó y me dijo que mirara atrás y aparecieron.

Terminada la Misa y mi amiga y yo nos acercamos a saludarlas. Una de ellas me invitó a un grupo juvenil y por quedar bien con ella, le dijimos que sí, pero no pensábamos ir. Nos despedimos y nos olvidamos del tema.

Llegó el mes de Julio, fiestas del colegio, y había que escoger a la reina. Unaamiga y yo queríamos que ganara la de nuestro curso, así que decidimos proponerle algo a Dios: Si Él hacía ganar a nuestra amiga iríamos nueve domingos a Misa, algo que yo detestaba porque para mi ir a Misa era lo peor, era un aburrimiento. Si yo asistía alguna vez, era porque mi padre me obligaba o porque la celebraban en mi colegio. Como era algo que a ninguna nos gustaba, decidimos chantajear a Dios con esto, pero parece que a Él no le gustó nuestro trato, o tenía otros planes porque quiso que nosotras perdiéramos. Me enfadé mucho y le dije que entonces no había Misa. Más tarde me remordió la conciencia y le dije a mi amiga que era mejor que fuéramos esos nueve domingos. Y así fue. Llegó el primero y fuimos, también iba mi hermana. Y, cómo no, en la misa nos encontramos a las hermanas, ¡qué coincidencia! Ahora veo que la mano de Nuestra Madre se estaba allí. Como nos daba mucha vergüenza no nos acercamos.

Volvimos el segundo domingo y este día nos llenamos de valor y nos acercamos, les recordamos lo del grupo al que ellas nos habían invitado y nos dijeron que la reunión era los domingos a las cuatro de la tarde. Esta vez, las cosas sí iban en serio, estábamos dispuestas a ir. Llegó el día pedimos permiso a nuestro padre y nos contestó afirmativamente. Por un momento decidimos que no iríamos, más tarde que sí, después que no, que sí, que no, hasta que al fin salió afirmativo.

En la puerta de las hermanas no nos trevíamos a llamar ninguna de las dos. Por fin lo hizo mi hermana. Estábamos muy nerviosas porque pensábamos en los jóvenes que habría allí, cómo serían, el trato, qué les diríamos, etc. Cuando entramos, allí no había nadie. Sólo dos monjas con dos chicas que éramos nosotras…¿y los demás? -pensamos nosotras- Las hermanas nos dijeron que éramos las primeras. ¡Las dos queríamos salir corriendo de la vergüenza!...

Así fue como conocí el Hogar. Ahora le debo mucho a Nuestra Madre porque me escogió para que formase parte de su regalo, me tendió su mano para levantarme de la miseria de vida en que estaba metida mi alma. He conocido el verdadero amor maternal de la Virgen. Para mí Ella no era más que la Madre de Jesús, pero que también fuera mi madre no lo sabía. Ahora siempre está conmigo, es la que me dice, cada día que pasa, que no tema y me ayuda a amar más a Jesús. La Eucaristía, lo que yo más odiaba, es ahora la fortaleza y la comida espiritual que necesito para caminar cada día. He comprendido que no es una tontería como yo pensaba, sino que es el amor de Cristo entregado por mí y por las demás almas.

Ahora lo único que puedo decir es lo mismo que dijo el salmista: “Cómo pagaré al Señor por todo el bien que me ha hecho”
porque puso sus ojos misericordiosos en mí para que yo formara parte del regalo de su Madre, el Hogar.

©Revista HM º133 Noviembre/Deciembre 2006

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