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Cómo conocí el Hogar

Hno. Jose Luis Saavedra

Cómo conocí el Hogar
Siervo del Hogar de la Madre

El verano que conocí el Hogar tenía 18 años. Había terminado el primer curso de Bellas Artes y miraba la fe tan sólo como las reglas que me impedían ser feliz pero que podían salvarme. Estaba desorientado pero tenía fe.

Aun así, durante el último año venía sufriendo realmente al ver toda esa incoherencia en que vivía y no ser capaz de mantenerme en gracia. Estaba atado a lo que veía mal y no podía soltarme. Pero como apenas hacía oración, ¿de dónde vendrían las fuerzas? Creo que un problema era que no conocía otra alternativa, un camino limpio y atrayente.

Sí es verdad que comencé a dejar cosas y me sorprendía de tales pasos, pero aún estaba lejos de ver mi fe como la única liberación verdadera.

Todavía salía hasta las tantas la noche del sábado y tranquilamente me iba a misa de doce el domingo por la mañana, aunque poco a poco menos “tranquilamente”. Iba entendiendo que “cualquiera que quiera ser amigo del mundo se hace enemigo de Dios” (Santiago 4,4).

Pero en una confesión me puso Dios ante la realidad de mi incoherencia, ante el abuso que hacía de su perdón una y otra vez por no determinarme nunca definitivamente por cambiar: ni a bien ni a mal. Como penitencia aquel sacerdote, serio y preocupado, me puso dos misterios del Rosario, que para mí en aquel entonces era como si me hubiera mandado ir a Jerusalén descalzo. Así me hizo darme cuenta de la importancia de reparar las malas acciones y el gran valor de la oración. A través de él me había dado el Señor la gracia más grande de mi vida: que uno no será feliz, a pesar de ser cristiano, sino precisamente gracias a Cristo, porque “nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti” (S. Agustín).

Aquella misma tarde recé con los jóvenes de la parroquia el Rosario y más tarde mis dos misterios de nuevo. Estaba como golpeado y pasé mucho tiempo repensando todo aquel descubrimiento de la confesión. Había cambiado mi modo de ver casi todo. Mi fe había pasado de ser una carga a ser una liberación, y desde el día siguiente empezó a cambiar todo muy deprisa. Comencé a acercarme mucho más a los jóvenes de mi parroquia, especialmente a dos o tres con los que iba cada día a misa, dar una vuelta, bromear… y rezar juntos el Rosario, visitar al Señor en el sagrario y hablar de Dios. Yo hacía muchas preguntas y el Señor me dio el ir abriéndome y entender tantas cosas que había aprendido mal por la televisión, por el cine o por la música.

A las pocas semanas pensamos hacer una peregrinación. Y había dos posibilidades: a Lourdes con los chicos y chicas de la Parroquia, o a Fátima con un tal movimiento “Hogar de la Madre” que yo no conocía. A mí me apetecía más ir con conocidos y chicas a Lourdes que con desconocidos y sin chicas a Fátima, pero se empeñó uno de esos buenos amigos en ir a Fátima, y como me daba más o menos igual, pues nos fuimos a Fátima.

Conocí en esa peregrinación al Hogar. Hubo tres cosas que me impactaron: ver jóvenes alegres viviendo en gracia, religiosos jóvenes centrados en el amor a la Virgen y, por último, el mensaje de Nuestra Madre allí: “muchas almas van al infierno porque no hay quien rece ni se sacrifique por ellas”. Yo, que aún estaba un poco despistadillo, no veía aún muchas cosas claras, por ejemplo, el sentido de la oración o el sacrificio. Pero ver a la Virgen casi suplicándonos ofrecer Oración y Penitencia por la salvación de las almas me llenó de ganas de rezar y, sin quejarme, seguir adelante y responder ya siempre a la voluntad de Dios, que ya veía como lo mejor que podía escoger. Que aunque no iba a ser siempre fácil, siempre valdría la pena.

Me impresionó en ese viaje el conocer la vida consagrada. Y me chocaba ver que los Siervos eran tan pocos. Así que me decía: “Siendo esa vocación un regalo de intimidad con Dios y Nuestra Madre, dedicarse sólo a lo “único necesario” que es la vida interior y ver que su trabajo es llevar a otros de vacaciones a Fátima y sitios así… ¿cómo son tan pocos? Tiene que haber algo, en eso de la Vida Consagrada, que yo no entiendo todavía.”

Desde ese momento me determiné en no parar hasta descubrir ese “algo” que yo no veía, pero que hacía esa vida tan poco frecuentada.Y con esta idea me fui a visitar a la Comunidad a su propia casa, con los dos o tres amigos de Fátima, para pasar con los Siervos una semana. Quería encontrar cuanto antes la respuesta a eso de “¿por qué son tan pocos? ¿qué es lo que no veo o no entiendo?” porque me sentía muy atraído a seguir ese camino, pero no quería comprometerme en algo que no conocía. Y esos días lo conocí.

Una mañana nos encargaron cuidar de un grupo de niños para que sus papás y los Siervos tuviesen unas charlas. Y nos pusimos a ello. El tiempo se me hacía eterno y tras un balonazo de algún chiquillo que me dolió por dos semanas, me empecé a cansar, y a cansar, y a cansar tanto, que mirando el reloj, al ver que quedaban todavía más de dos horas hasta la comida y que no habían pasado aún ni cuarenta minutos, dejé a mis amigos con los niños, y yo me fui a tocar la guitarra a mi habitación. Muy responsable, ¿verdad?

No me sentí demasiado mal hasta después de la comida, cuando nos pusieron los Hermanos un vídeo sobre el Hogar. En un momento, en que aparecía una Hermana barriendo, decía: “La Sierva no se pertenece a sí misma, sino que pertenece a Jesucristo”. En ese momento entendí ese “algo” que buscaba. Me vi tocando la guitarra en mi cuarto dejando la tarea encomendada y sin más preocupación. Del otro lado veía cómo barriendo, esa Hermana del vídeo, podía agradar a Dios haciendo hasta lo más pequeño por Él, olvidada de sí misma, y ser ésta su alegría y su paz. Sólo la fe y la abnegación total podían hacer posible la vida religiosa. Aquí no tenía lugar reservarse nada, ni la guitarra, ni la carrera, ni los amigos, ni nada de nada. Y precisamente ahí llega uno a la mayor intimidad con Dios. Me quedé asustado viendo todo aquello.

Sin embargo, veía también que al darse uno totalmente a Él, Él se da totalmente y nos llena como el mundo no podrá jamás; pero hay que arrancarse de todas esas seguridades primero. Todo eso lo hace Él, pero tenemos que permitirle entrar, como María: “hágase en mí según tu palabra”. Y Él hace el resto.

Todo esto me iba animando más y más al ver que Dios me tomaba muy en serio y respondía con claridad y sin tardanza a mis dudas. Ahora, conociendo mejor la Vida Religiosa en el Hogar y sintiéndome atraído, aún me veía a falta de alguna llamada o confirmación para decidirme a pedir la entrada en el Hogar como consagrado.

Fue en mi parroquia, en una Misa de diario, donde experimenté que el Señor, en el evangelio que leía el sacerdote, me hablaba personalmente a mí. Era el diálogo de un joven con Jesús:

“ Señor, yo te seguiré a donde vayas, pero déjame primero despedir a mi familia. Quien echa mano al arado y mira atrás, no es apto para el reino de los cielos” (Lc 9, 61).

Yo, que ya iba pensando en acabar mis cinco años de carrera (estaba en 2º) y preparar poco a poco el camino a seguirle, si es que me llamaba; me encontraba con que Él, al llamarme, no quería entregas a medias, me volvía a recordar que seguirle es ya “no pertenecerse a sí mismo, sino a Jesucristo”.

Elegido entre tantos para ser suyo, veía que el amor es ciego y el Señor pura misericordia. Escoge a los débiles del mundo para confundir a los fuertes, a los que no saben, para mostrar su fuerza.

Poco después hice mis primeros Ejercicios Espirituales, y ahí me determiné a seguir lo que Dios me pedía. Terminados los Ejercicios, una tarde me llevaba a las clases de música uno de aquellos amigos con los que iba a Misa y con quien había conocido el Hogar en Fátima. Paró su coche y saliendo me dice que tiene algo muy importante que decirme:
“¿ Qué pasa?”.
“ Voy a entrar en los Siervos”-me dice.
“¿ Cómo? ¡yo también!”. No me lo creía.
Habíamos ido juntos a Fátima y a los Ejercicios, y ambos habíamos hablado con el Superior de los Siervos pidiendo la entrada, pero no habíamos hablado de esto nunca entre nosotros, salvo en broma. Ahora la gracia nos la hacía Dios, y hoy seguimos aquí tratando de llegar a ser los Siervos que Él espera de nosotros, y agradar a su Madre, Nuestra Madre, barriendo o tocando la guitarra o picando o lo que nos pida.

 

©Revista HM º139 Novienmbre/Diciembre 2007

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