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Cómo conocí el Hogar

Henry Kowalczyk

Cómo conocí el Hogar

Año 1997: 31 años
Año 2003: 37 años

“Mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos - oráculo de Yahveh; pues como los cielos superan en elevación a la tierra, así mis caminos son más elevados que vuestros caminos, y mis pensamientos, que vuestros pensamientos” (Is 55,8). Dios tenía sus planes y muy pronto, yo iba a ser incluido en ellos. En pocas palabras, fue así como conocí el Hogar. Este dulce encuentro era, para mí, totalmente impredecible. Y hoy, ya soy Siervo desde hace más de cinco años. Todavía no me lo creo. ¡Qué Bueno es Dios! Él está siempre dándonos más de lo que podemos imaginar o pedir. Sólo necesitamos confiar en Él... y esperar sus sorpresas. ¿Por qué digo esto? Escucha, que te vas a enterar:

Cuando era pequeño, era monaguillo, y mi párroco un día me preguntó si me gustaría ser sacerdote (realmente no quería), y le dije: “¡NO!” Pero después me fui y pensé sobre ello. Y recuerdo que le dije a Dios: “Si ninguno quiere ser sacerdote y realmente necesitas a alguien, creo que yo podría serlo”. Después, cuando tenía ya veinticuatro años, aquel recuerdo me vino de una forma tan fuerte y clara, que supe, sin duda alguna, que Dios me estaba llamando al sacerdocio.

Esto sucedió como un año o así después de la muerte de mi padre. Y puedo asegurar que él tuvo un gran papel en todo esto. Porque cuando él murió, yo comencé a mirar mi vida de una forma distinta. Empecé a pensar sobre la muerte. Sobre el cielo y el infierno. Empecé a pensar sobre Dios y mi vida delante de Él. En su amor y su justicia.

Entonces, con la ayuda de la gracia de Dios (y del canal de TV de la Madre Angélica), mi relación con Dios llegó a ser más profunda. Personal. Como resultado de esto comencé a reflexionar sobre mi vida, y cuanto más reflexionaba, más sabía que necesitaba cambiar si quería agradar a Dios.

Así que empecé a rezar el Rosario y volví a la Iglesia. Pero con una actitud diferente. Puedo decir sinceramente que esto cambió mi vida dramáticamente. Poco a poco, me desapegué de los pecados que antes amaba y por primera vez sentí entonces el deseo de ser sacerdote. Pero aunque sentía este deseo, hubo un tiempo en que me fue muy difícil aceptarlo, porque quería casarme. Recuerdo una vez en que yo estaba en mi coche discutiendo con Dios sobre este asunto. Recuerdo claramente que me enfadé con Él y le grité: “¡Yo no quiero ser sacerdote! ¡Quiero casarme!” (igual que un niño mimado). Cuánta paciencia tenía Dios y aún tiene conmigo. Es divertido ver cómo se desarrollan las cosas, porque ahora, años más tarde, espero con impaciencia mi ordenación. “¡Nada es imposible para Dios!” (Lc 1,37)

En 1997, conocí al P. Félix (presidente-superior de los Siervos) en su primer viaje a los EEUU. Pasé mucho tiempo con ellos y me impresionaron mucho. Disfruté escuchándoles hablar sobre el Hogar y su tres misiones: La defensa de la Eucaristía, La defensa del honor de nuestra Madre, especialmente en el privilegio de su virginidad, y la conquista de los jóvenes para Jesucristo. Me atrajo muchísimo este carisma. Así que decidí acercarme al P. Félix y hablarlo con él. Debo decir que el papel del P. Félix, era muy especial. Yo no conocía sacerdotes como él. Su amor a Jesús en la Eucaristía podía sentirse tan sólo viéndole celebrar el santo sacrificio de la Misa. Además de su dulce cariño a la Virgen. Todo esto, completado con su piedad y buen sentido de humor, hacía difícil rehusar su invitación a pasar las Navidades con los Siervos en España. ¡¡Esto me sonaba muy bien!!

Cuando vine a España, no sabía qué esperar, pero estoy contento de haber venido porque encontré un pedacito de cielo en los ojos y las sonrisas de cada uno de los Siervos y Siervas. ¡El espíritu de la Virgen vive realmente en el Hogar!

Todo eso, es un don que me fue dado. A mí y a tantos otros que hemos conocido el Hogar, por una respuesta personal, muy firme y valiente, de un hombre que ha entregado su vida al Señor y a Nuestra Madre para que todos nosotros disfrutemos de este gran regalo que es el Hogar de la Madre: ¡Que la Santísima Trinidad y María bendigan a nuestro fundador por su entrega y valentía a decir “Sí” al plan de Dios! P. Rafael, sea Ud., como es, el faro que nos conduzca a la luz de Dios. Sea esa antorcha que nos ilumine el camino de la santidad, a la entrega perfecta. A la felicidad más grande que sólo Dios puede darnos. Y que lo hace siempre por medio de los humildes y sencillos, quienes se han hecho uno con el plan de Dios.

Después de pasar las Navidades con el Hogar, volví a los EEUU para discernir si esto era mi vocación. Pasé bastante tiempo rezando para obtener la gracia de conocer y hacer la voluntad de Dios, porque me conozco demasiado bien. Soy muy hogareño por naturaleza. Sabía que un cambio tan drástico en el estilo de vida me costaría. Pero mi corazón me dijo dónde debía estar. Yo estaba en los EEUU pero este corazón mío, estaba ya en el Hogar.

Qué poca fe tenemos. Qué fácilmente olvidamos que Dios está absolutamente enamorado de cada uno de nosotros. Él sólo pide una cosa: que nosotros aceptemos ese amor, confiando en Él y en su divina providencia. Sólo podemos encontrar esa paz que estamos tan ardientemente buscando en el cumplimiento de su Santa Voluntad. Si Dios está llamándote, al sacerdocio o a la vida consagrada, no tardes. Déjale amarte como Él quiera. ¿No es Dios tu Padre? Él sabe lo que hace. Él mismo te lo dice: “Que bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros - oráculo de Yahveh - pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza. Me invocaréis y vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros - oráculo de Yahveh–” (Jr 29,11-14). ¡CRÉELE!.

© Revista HM º112 - Mayo/Junio 2003  

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