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Cómo conocí el Hogar

Ana María Campo

Cómo conocí el Hogar

Año 1982: 17 años
Año 2003: 38 años

l primero que conocí fue al P. Rafael. Yo estudiaba en el Colegio Ntra Sra. de los Infantes, en Toledo, y él era el Vicerrector. Por entonces, yo tenía dieciséis años y estaba en 3º de BUP. He de confesar que al principio no me cayó muy bien. Como, por desgracia, tantas veces hacemos, me dejé llevar por la primera impresión.

Varios amigos y compañeros de clase empezaron a asistir a las reuniones que el P. Rafael tenía todos los sábados con jóvenes. Me invitaban todas las semanas, pero me resistía a ir. Tanto insistieron que al final accedí. Desde el primer día, me sentí atraída por la amistad y la acogida que allí encontré. Los temas que trataban me parecían interesantes, pero sobre todo me atrajo el ambiente. Nos juntábamos unos treinta jóvenes, chicos y chicas. Se creaba un clima realmente bueno.



En diciembre de 1981 hice mis primeros Ejercicios Espirituales en silencio. Fueron un choque muy fuerte.

Uno de los propósitos de estos Ejercicios fue buscar un lugar donde poder celebrar la Eucaristía todos los días antes de entrar a clase. Buscamos una Iglesia cerca de nuestros centros de estudios y encontramos la pequeña ermita de San Antón. Allí, cada mañana nos juntábamos un grupo de jóvenes, entre ocho y veinticinco, dependiendo de si era época de exámenes. El P. Rafael nos hablaba cinco minutos en la homilía, enseñándonos a hacer oración. En cuanto terminaba la Misa, salíamos corriendo para no llegar tarde a clase. Algunos empezamos a ir antes de la Eucaristía para hacer un rato de oración. Recuerdo con mucho cariño aquellas mañanas en pleno invierno, en las que todavía no había amanecido y se quedaba helado hasta el aliento. En el silencio de aquella pequeña ermita, el Señor me fue cambiando el corazón. Cada vez me atría más, no importaba que tuviera exámenes, no podía faltar a la cita.

Después, en los recreos, nos volvíamos a reunir para rezar lo que nos daba tiempo del rosario. Un día tres misterios y al día siguiente los otros dos misterios y las letanías. Invitábamos a nuestros compañeros de clase a participar de la Eucaristía y del rosario. Así, en esta ermita de San Antón, alrededor de la Eucaristía y bajo la mirada y la protección de la Virgen, se fue gestando el Hogar.

En marzo de 1982, aprovechando el puente de San José, organizamos una peregrinación a Fátima. Allí la Virgen me esperaba. Me impresionó el trato filial y cercano de algunas chicas con Nuestra Madre. Me dí cuenta de que aún me faltaba mucho para conocer a Dios y a la Virgen. A la vuelta de esta peregrinación, el P. Rafael me invitó a otra peregrinación a Italia que iban a organizar en el verano. Le dije que no me interesaba porque ya lo conocía.

A lo largo de esos meses hasta el verano, me fui acercando más al Señor, me fui comprometiendo más. Como ya he explicado, iba a Misa todos los días y hacía un rato de oración personal. Empecé a descubrir la vida sobrenatural y el mundo de la gracia. Me impresionaba todo: la llamada a la santidad, el cielo, la relación personal con Dios y con Nuestra Madre. Mi vida cobró un nuevo sentido.

Cuando llegó la peregrinación a Italia, por supuesto, fui. Aunque es verdad que el Señor iba trabajando en mi alma, también es verdad que todavía me faltaba mucho por cambiar. Al comienzo de esta peregrinación pasamos por Lourdes. Después de hacer el Viacrucis, catorce de las chicas que íbamos y el P. Rafael, tuvimos una reunión en frente de la Gruta, al otro lado del río. El Padre propuso comenzar el Hogar de una manera más formal, haciendo un compromiso de vida cristiana seria, delante de la tumba de San Pedro, significando así nuestra fidelidad a la Iglesia.

Inmediatamente me sentí llamada a realizar este compromiso. Días más tarde, en Lugano, Suiza, tuvimos otra reu-nión cinco de las seis chicas que íbamos a hacer el compromiso, la sexta estaba resolviendo asuntos de la peregrinación. El miércoles, en la audiencia general del Santo Padre, el P. Rafael redactó la fórmula de compromiso que al día siguiente, delante de la tumba de San Pedro, emitiríamos las seis primeras jóvenes del Hogar de la Madre. Para mí fue una gracia muy grande. Sentí fuertemente la predilección de la Virgen y, al mismo tiempo, la responsabilidad.

Ahora han pasado ya casi veintidós años desde aquello. El Señor me fue complicando cada vez más la vida y al mismo tiempo me la ha ido simplificando. Han sido años de mucha alegría y también de sufrimiento. El Señor me pidió que participase en el nacimiento de una nueva Institución dentro de la Iglesia, las Siervas del Hogar de la Madre. Llevo ya diecinueve años consagrada al Señor y cada día estoy más contenta. Sólo deseo que toda mi vida, mi tiempo y mi amor pertenezcan al Señor y a su Santísima Madre. Soy propiedad del Señor y de María ¿Qué más puedo desear?

 

©Revista HM º115 - Nobiembre/Diciembre 2003

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