Menu

Cómo conocí el Hogar

P. Juan Antonio Gómez Medina

Cómo conocí el Hogar

Sueño… en un monaguillo, rubio y timiducho. Y sueño… en un sacerdote cuyo corazón rebosante de amor consuela, gobierna, santifica…

¿ A qué vienen estas frases en el comienzo de este artículo? Supongo que quien más, quien menos, se ha preguntado un poco eso. Pues todo es muy sencillo, porque en los planes de Dios todo es sencillo, incluso aquello que a nosotros nos resulta complicadísimo, y casi un misterio que no podemos comprender ni explicar.

Sí, todo empezó porque yo era monaguillo en mi pueblo, Rielves, un pueblecito de la provincia de Toledo (España). Y verdaderamente era un monaguillo rubio, muy rubio, y timiducho, muy timiducho. Allí estaba yo, siendo monaguillo en la parroquia.

Mirando hacia atrás, doy inmensas gracias a Dios por todo, también porque conservó en mí ese deseo de ayudar en el altar, incluso cuando todos mis amigos de la misma edad que yo, e incluso algo menores, habían dejado de ayudar a Misa, y de ir a la Iglesia.

Una gracia que considero muy importante durante esa época de mi vida fue la de no faltar a Misa los domingos. Únicamente recuerdo haber faltado a la Eucaristía dos domingos, y lo recuerdo amargamente. Digo que fue una gracia que Dios me dio porque es Él el que me daba la fuerza para poder decir “NO” a mis amigos cuando habíamos quedado para jugar un partido de fútbol el domingo por la mañana, y eso supondría el no poder asistir a la Santa Misa.

Pero volvamos al relato principal. Como sabéis, los sacerdotes diocesanos normalmente van cambiando de parroquia, y van allí donde les envía su Obispo, para atender al pueblo de Dios a ellos encomendado. Ese es el caso de mi pueblo: por allí han pasado ya unos cuantos sacerdotes, desde que yo me preparé para hacer mi Primera Comunión hasta que dejé el pueblo para entregar mi vida a Dios.

Cuando yo tenía 12 años, aproximadamente a principio de curso, llegó por la parroquia un nuevo sacerdote. Al principio ya se sabe: uno más. Viene a mi recuerdo cómo estábamos esperando en la sacristía el otro chico que era monaguillo y yo, porque sabíamos que iba a venir un cura nuevo. Y allí llegó: un sacerdote joven, simpático, que contaba chistes, y que hablaba enfáticamente en las homilías.

Poco a poco fue creciendo no sólo el conocimiento, sino también la amistad, y, con la amistad, vino la dirección espiritual. Recuerdo también que algunos domingos venía con una señora mayor, que hablaba un español un poco raro, no era española, pero era simpatiquísima, y nos regalaba caramelos después de la Misa.

Pasando el tiempo, llegó la Semana Santa. Y ¡Sorpresa! El P. Rafael, nuestro párroco, no se le ocurre otra cosa sino traer al pueblo un grupo de chicos y chicas para vivir la Semana Santa en un clima de oración, y amistad verdadera en Dios.

Así conocí a los primeros miembros del Hogar de la Madre de la Juventud. Lo cierto es que me causaron una grata impresión, por su alegría cristiana, la amistad entre ellos, y el cariño y amor que se desbordaba hacia fuera.

¿ Qué pasó después?. Pues que algunos de esos jóvenes empezaron a venir de vez en cuando por la parroquia con el P. Rafael; les fui conociendo más y más. Me empezó a gustar su modo de vida cristiano, y sentía una atracción muy grande a ser como ellos.

A la vez empecé a hacer oración con un librito de Meditaciones sobre la Santísima Virgen María. Puedo decir que este es un libro que me ayudó y me enseñó a hacer oración. También por esa época yo recibí la vocación sacerdotal. Me explico un poquitín: Al ver al P. Rafael ejerciendo su ministerio sacerdotal, yo me sentía muy atraído a vivir el sacerdocio como él lo vivía. Recuerdo una anécdota: Como he dicho antes, éramos dos monaguillos; pues bien, yo recuerdo cómo el P. Rafael le preguntaba al otro, si quería ser sacerdote, que había necesidad de sacerdotes en la Iglesia... Y él respondía que no, o intentaba esquivar la pregunta… Recuerdo que a mí no me preguntaba, y yo me enfadaba interiormente, diciéndome: ¿Por qué no me pregunta a mí, yo le voy a decir que sí que quiero ser sacerdote? Y… un día llegó la pregunta, evidentemente. Y respondí que sí, que quería ser sacerdote.

En 1984 fui a mi primer campamento con el Hogar, y el año siguiente, hice mi primer compromiso. Desde entonces, con mis temporadas mejores o peores, sigo en el lugar donde Dios me ha preparado desde toda la eternidad. Evidentemente llegó un momento en el que dejé el HMJ para ingresar en los Siervos del Hogar de la Madre, pero siempre con la misma espiritualidad que el Señor y Nuestra Madre han querido para mí.

Doy gracias al Señor y a la Virgen María por el Hogar, por el P. Rafael, y por mi vocación; por haber puesto siempre a mi lado las personas que he necesitado para la realización de mi vocación.

©Revista HM º116 - Enero/Febrero 2004

Buscar

Redes sociales

Elegir idioma

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo