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Cómo conocí el Hogar

Mónica Fernández Beitia

Cómo conocí el Hogar

1997- 17 años
2004- 24 años

Yo tenía diecisiete años cuando conocí el Hogar. Son ya siete años los que llevo formando parte de él y sigo con la misma ilusión o quizás más que la primera vez cuando hice mi primer compromiso. Puedo decir que mi amor hacia el Hogar no ha decaído en ningún momento, pero a la vez he de reconocer que todo lo que he recibido ha sido gracia de Dios.

Todo comenzó gracias a unos amigos que me invitaron a unas convivencias de Semana Santa con el Hogar de la Madre. Yo me lancé a ir, pero no tanto por el deseo de encontrarme con Dios sino por estos chicos que eran tan... tan auténticos. No dudé en aceptar la propuesta.

Aún tengo grabado en mi corazón y en mi mente todo lo que viví de forma tan intensa: la alegría de la gente, una alegría sana, sencilla, que brotaba sin duda de almas en paz entregadas y conscientes del amor que Dios las tenía, deseosas de decir al mundo que el Señor y Nuestra Madre les aman y que merece la pena seguir a Dios.

Otra cosa que el Señor utilizó para “engancharme” y para hablarme fueron las canciones. Me llevaban totalmente a hacer oración, eran canciones con vida, o mejor dicho, las canciones eran oración hecha vida. ¡Qué mejor forma de hablar de Dios que haciéndolo vida!

Y por último, aunque podría contar muchas otras cosas, lo que me llamó la atención y me encantó fue la Eucaristía y las homilías del P. Rafael que me llegaban profundamente, como si fuera una lanza de fuego, no podía dudar de la veracidad de sus palabras.

Mirad, fue para mí tan impactante aquella Semana Santa del `97, que no dejé de llorar en cuatro días que estuve allí (y confieso que después continué haciéndolo). Tuve la sensación de estar curándome interiormente ¿de qué? No lo sabía, pero sí lo sentía. Ahora ya lo sé.

Recuerdo un día, en una reunión en la que me preguntaron: “Mónica, ¿cuál es tu experiencia de esta Semana Santa?” Yo sólo recuerdo responder con lágrimas, no acertaba con las palabras que respondían a mis sentimientos y sólo pude decir: “super... super... superbien...”.

¡ Qué profundidad ¿verdad?! Pero en aquel momento no supe que más decir. Yo sabía que algo estaba pasando en mí e intuía que eso me llevaría, por justicia, a cambiar mi vida y a dar un giro de 180o a la visión que yo tenía de la misma. Por eso, cuando cuento cómo conocí el Hogar, tengo que hacer alusión a mi regreso a la vida de gracia.

Después de aquellas palabras tan escuetas, sí que acerté a decir una cosa y era que había experimentado la presencia de Nuestra Madre, su cariño y delicadeza hacia mí.

Mientras observaba todo boquiabierta, yo me decía: “No puedo quedarme quieta e indiferente ante todo lo que estoy recibiendo. Quiero tener lo que tienen ellos, pues de la misma manera que me han ayudado yo podré ayudar a otros”. Este pensamiento era constante, y de esta manera decidí entrar en el Hogar. Hice el compromiso en el Hogar de la Madre de la Juventud, en la Vigilia Pascual, y durante el compromiso me di cuenta que no sabía cumplir la mayoría de las cosas a las que me comprometía: no sabía rezar el Ángelus, tampoco sabía hacer oración y yo me estaba comprometiendo... Una joven seducida totalmente por el mundo ¿a qué estaba aspirando en esos momentos? ¿sería capaz de perseverar?

Pero sin miedo, me lancé al estadio, sin pensar en los obstáculos que me encontraría durante mi carrera hacia la meta de la santidad.

De esta manera conocí el Hogar a través de mis amigos que fueron los instrumentos. Sin yo quererlo, Él salió al encuentro pues yo conscientemente no necesitaba a Dios, pensaba que lo tenía todo, pero una vez que se le conoce es verdad eso de que “no puedes conocer a Jesús y no amarle, amarle y no seguirle”.

Y actualmente, aquí sigo, dando lo poco que tengo al Señor, pero recibiéndolo todo de Él, pues el Señor nunca se deja ganar en generosidad. Si no, haz la prueba.

 

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004

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