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Cómo conocí el Hogar

María Fuentes Casal

Como conocí el Hogar

1988- 13 años
2005- 30 años

¿Cómo conocí el Hogar?… Yo diría más bien que el Hogar me conoció a mí ¡Me explico! Mi padre era un gran amigo de Mamie desde muy jovencito. Pasaba todo el tiempo libre que tenía en su casa. Ella estuvo en su boda y cuando yo nací Mamie me regaló una medalla… Así que antes de yo ser consciente, ya tenía relación con la que sería la semilla enterrada y ofrecida que daría como fruto el Hogar. El Hogar estaba en mi vida antes incluso de que él mismo naciera. ¡Qué suerte tengo! ¿no?

Sólo hizo falta esperar un poquito hasta que crecí y me mandaron a los campamentos. Todavía me acuerdo. Estábamos en casa y mi padre nos dijo a los dos mayores que había pensado mandarnos a unos campamentos en Cervera de Pisuerga. Íbamos a dormir en la montaña en tiendas de campaña… linternas, gorra, botas, cubiertos metálicos, marchas, río, bichos… ¡Buenoooo…! ¡Menuda alegría nos dio! Con lo que nos gustaban a nosotros las aventuras.

Por supuesto me lo pasé genial. Me encantó todo y no me costó nada… En casa estábamos acostumbrados a vivir “superándonos” y compartir todo en estrechez; y yo creo que, casi sin darse cuenta ellos mismos, mis padres nos habían enseñado a superar las dificultades e incomodidades con mucho sentido del humor… Así que en el campamento yo estaba ¡en mi salsa! Y me ayudó muchísimo tanto a nivel humano (volví a mi casa más ordenada, más servicial, más paciente… dentro de mis pobres posibilidades) como espiritualmente. Todavía recuerdo que el Rosario que rezaba en familia para mí era ¡un rollo!… Pero al volver del campamento, todos los días me metía un ratito yo sola en mi habitación para rezar a nuestra Madre un misterio. Claro, que hacía trampa… sólo rezaba la mitad de cada oración y el resto como nadie me contestaba…

También conocí al Padre Rafael que, a pesar de sus gritos enfáticos que me daban mucho miedo, se ganó todo mi cariño y admiración de niña. Cuando cuatro años más tarde se trasladó a vivir a Santander, nos reunió a los que habíamos estado durante esos años asistiendo al campamento y nos propuso si queríamos empezar a funcionar como Hogar. Yo, la verdad, no recuerdo que me enterara mucho de lo que era exactamente el Hogar, ni de las misiones, ni nada, ... Pero me sentía irrestiblemente atraída por el ambiente, el espíritu, que cada año vivía en el campamento. Así que el 27 de diciembre de 1988 hicimos nuestro primer compromiso como aprendices los tres mayores de mi casa y una amiga.

Sólo dos meses después murió mi padre. Antes, él nos había encomendado al P. Rafael, que de una manera especial pasó a ser doblemente nuestro padre. ¡Y cara le salió la paternidad! A él y a Mamie, que cada viernes nos recibían en su casa para tener los círculos… Aquello era ¡la guerra!

Tendría cien mil detalles y anécdotas que contar de estos tiempos. Tantas cosas que he recibido y que en su momento yo no sabía percibir. Pero ahora, cuando miro para atrás… veo tan clara la mano de nuestra Madre en mi casa y en mi vida actuando sobre todo a través de toda esa “panda de locas” que estaban comenzando esta humilde planta de la Iglesia que es el Hogar.

¡Cuánta paciencia! ¡Cuánto cariño! ¡Cuánto trabajo de parte de todos! Gracias, gracias y mil gracias.

En el campamento del año siguiente hice por primera vez el compromiso de experta. Habían puesto una imagen de nuestra Madre bajo la advocación del Dulce Nombre de María en el centro y todas las chicas del campamento la rodeamos formando un rosario gigantesco. Cuando al acabar de rezar nos pusimos de rodillas para hacer el compromiso, nuestra Madre me concedió la gracia de hablarme muy muy fuerte en mi corazón. Me dijo que yo pensaba que estaba en el Hogar porque me lo pasaba bien, pero que en realidad era Ella la que me había atraído y elegido para que yo perteneciera a su Hogar... ¡Madre mía! No pude parar de llorar en toda la tarde y toda la noche. Desde ese día yo tuve alegría, porque aquí yo encontraba “algo”... una forma de ser y de vivir que en ninguna otra parte yo había visto, y que llenaba los anhelos que desde pequeñita yo tenía en mi corazón y que tantas veces había pensado que jamás podrían colmarse.

Bueno, ya no me enrollo más, que si me pongo a contar todo tendrían que hacer un monográfico de esta revista para mí solita.

Poco a poco Ntra. Madre, siguió actuando y en el año 1991, en la que era mi tercera tanda de ejercicios, que por aquel entonces hacía con los Grupos de Oración del Corazón de Jesús, ya que no se habían organizado en el Hogar, el Señor desde el Sagrario me dijo con toda claridad que Él me escogía para ser totalmente suya, y me preguntó si le aceptaba. Como tonta del todo no soy... le dije que sí. Yo no entendía muy bien qué era eso de la vida religiosa, pero sí sabía que “la cosa” era pertenecerle totalmente a Dios... y sólo de pensarlo me moría de alegría: “¡soy de Dios!”.

Aquí me tenéis, Sierva del Hogar de la Madre. Entré con mi hermana el 22 de agosto de 1992 y... ¡qué queréis que os diga! Cada día que pasa soy más feliz de saberme amada y elegida de Ntra. Madre... aquí está mi confianza, mi paz, mi fuerza y mi alegría.

©Revista HM º125 Julio/Agosto 2005

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