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Entrevistas

Yo no podía, no debía, buscar el mero sentirme cómodo o lo menos contrariado posible entre mis cuatro paredes, como si no pudiera hacer otra cosa, como si ya nadie esperara nada de mí. Si hubiera caído en ese planteamiento, habría condenado mi vida al lamento permanente como telón de fondo. Consentir en esa visión tan negativa de mi situación, supondría –aparte de pactar con una falsedad– autocondenarme al victimismo. Ir por el mundo con complejo de víctima, como dando pena, se me hacía poco gallardo y un tanto falso, porque veía con claridad que teniendo la cabeza sana no había razón para no utilizarla con provecho. (Sobre la marcha, p. 55)

¿Quién es D. Luis de Moya?
Nací a principios de los años cincuenta en la Mancha, en Ciudad Real concretamente. Soy el mayor de ocho hermanos. Con el tiempo me trasladé a Madrid, estudié Medicina. Y una vez que hice los estudios de Medicina, pedí la admisión en el Opus Dei y comencé a hacer ya algunos estudios de filosofía eclesiástica, me fui a Roma a hacer la Teología, y una vez terminada fui ordenado sacerdote cuando era Prelado del Opus Dei Mons. Álvaro del Portillo. Después, en Pamplona, hice el Doctorado en Derecho Canónico y me dediqué a una labor pastoral con universitarios en la Universidad de Navarra, inmediatamente después de la ordenación.

Simultaneaba esta labor con la atención a grupos de campesinos, que hacían una formación de tipo profesional encaminada a la atención a las labores del campo. También me dediqué al trato con otros sacerdotes de Navarra y de la Rioja. Era capellán de la Escuela de Arquitectura en la Universidad hasta que en el año1991, tuve un accidente de tráfico.

¿Recuerda algo del accidente?

No tengo ningún recuerdo de aquel accidente, da la impresión de que me dormí conduciendo, a pesar de que debían ser como las 7,00 de la tarde.Y como consecuencia de ese accidente quedé tetrapléjico.

Entonces, ¿puede decirse que su vida ha dado un vuelco?

Digamos que las cosas para mí en el fondo no han cambiado prácticamente nada. ¿Y por qué? Porque tengo los mismos planteamientos fundamentales que tenía desde antes, los que se refieren a mi relación con Dios, y eso no ha cambiado por haber dejado de moverme. Y aunque esto sorprendentemente llama la atención, a mí, la verdad, es que me parece lo más razonable del mundo.

¿Cuándo fue consciente de las consecuencias del accidente?

Tomar conciencia de la situación en la que ahora estoy, la verdad es que debo reconocer que no fue algo especialmente traumático. Me explico. Hay que comprender que yo me entero de cómo me he quedado después del accidente estando en un estado mental bastante confuso. Había tenido un golpe muy fuerte, me habían hecho una intervención quirúrgica de la que yo no me había enterado pero que fue necesaria para unir las vértebras del cuello que se habían roto, y al salir de la anestesia me preguntan si sé cómo estoy y si sé lo que me ha pasado. Yo digo que no. Y entonces me dicen que me he quedado tetrapléjico. No hacía falta decirme más porque siendo médico sabía perfectamente a qué se referían. En medio del sopor, -tampoco tenía capacidad para tener reacciones especialmente violentas-, el caso es que lo que sí recuerdo es que enseguida mis razonamientos fueron como muy totales, en el sentido de que no me paraba a pensar lo que ya no podría hacer ni empezaba a echar cuentas de todo lo que había perdido, sino por el contrario pensaba que no había perdido lo fundamental. Yo decía: “estoy vivo y para mí el punto de referencia fundamental en la vida es Dios y Dios sigue estando ahí y yo soy sacerdote”.

¿Qué cosas ha aprendido?
Con el paso del tiempo me he ido dando cuenta de que mi situación tenía algunas ventajas. Aunque pueda resultar no sé si excesivamente fuerte decirlo. Porque se me estaba poniendo en bandeja la oportunidad de crecer personalmente en un montón de aspectos de la vida, en un montón de esas facetas, de esas cualidades, de esas virtudes que hacen a las personas realmente grandes, a base lógicamente de desprenderse de lo propio, de ser generosas, de olvidarse de sí mismas.

¿Había mermado en algún sentido su actividad?
Ya no tenía mucho sentido andar pensando en qué es lo que iba a hacer, en cómo me iba a organizar o en mis planes de diversión, de comodidad… sin embargo, tenía la permanente oportunidad de dar lo genuino que había en mí, me refiero a lo genuino que había puesto Dios en mí. En el fondo esa posibilidad que yo tenía como sacerdote de hablar de Dios y que no había perdido –aunque hubiera perdido otras cosas por el accidente-. Yo había mantenido la cabeza en su sitio, la cabeza estaba sana aparentemente y tenía capacidad de hablar, tenía capacidad de pensar, tenía capacidad de querer, tenía capacidad de seguir estudiando. Veía que el mundo en el que había tenido este accidente es un mundo tecnológicamente creciente y yo ya me veía a través de los medios de comunicación, no tanto la televisión o la radio, sino algo mucho más sencillo, mucho más al alcance de todo como puede ser el ordenador, influyendo en muchas personas, relacionándome con mucha gente. El tiempo me ha ido mostrando más esta realidad.

¿Qué cosas le cuestan?
Hay cosas que cuestan. Evidentemente. Y por no entrar en mucho detalle, ya cada uno que se imagine lo que quiera. Lo que menos cuesta de lo que cuesta en mi situación, costando ¿eh?, es simplemente el estar como estoy, el no poder hacer físicamente las cosas que hacía. ¿Entonces qué cuesta? Infinidad de cosas. Y por mi forma de ser, que me gusta bastante la autonomía, la independencia, una cierta libertad… he tenido no sólo que aguantarme y quedarme sin ello sino entregarlo, es decir, tener la disposición personal, interior, íntima, de no estar apegado a eso. Y en cambio poner todo mi esfuerzo en amar, en no tener tiempo para pensar en mí mismo. Es un ideal, ¿que lo consigo siempre? No. Lamentablemente no. Pero en ello estamos. He dicho alguna vez que en la vida tengo la impresión de que se trata de ir hacia Dios avanzando sin parar hacia Él, eso sí, tropezando continuamente. Saliendo del paso, pequeñas caídas, pequeños levantamientos otra vez,…

¿Cuál es la clave para vivir así?

Esta situación es una experiencia de la verdad del Evangelio vivida en mí mismo. Esa frase de san Pablo: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”. ¿Es verdad? Yo puedo decir que sí. Es más, si no es en Él, no se puede. Se cumple en esto también esa otra frase del Señor que recoge san Juan. Dice el Señor a sus discípulos en el ambiente íntimo de la Última Cena: “sin mí no podéis hacer nada”. Todo lo puedo con Él. Sin Mí, no. ¿Cuál es mi secreto? Yo pienso que mi secreto es ése. No es un problema de empeño ni de que los castellanos somos muy duros o es que “usted hay que ver cómo es”. No, no, no, no. Déjate de rollos, no. Aquí el que puede es Él.

Dios nos ha creado con Él al lado. Nos ha creado para que seamos sus hijos y nos ha puesto en el mundo para que contemos con su ayuda y para eso nos ha ofrecido los Sacramentos, desde el bautismo hasta la unción de los enfermos, pasando por la confesión sacramental – que así entre nosotros puedo decir que procuro confesarme al menos todas las semanas una vez-, la Eucaristía que es el Alimento, y que procuro celebrar –bueno, ahora concelebrar, claro, porque no dispongo de las manos-todos los días, y luego la oración, y la meditación continua del Evangelio… Yo veo que esa es la fuerza.

¿Qué piensa cuando oye hablar de eutanasia?

Cuando se habla de eutanasia como solución para algunas personas, en el fondo se está mintiendo. Se está mintiendo porque no es cierto que no se pueda hacer nada. Y lo que sí es cierto, y no se dice, es que cuando se legaliza la eutanasia al menos, -y así lo reconocen los gobiernos de los lugares donde está legalizada-, una de cada tres eutanasias se hacen sin el consentimiento de la víctima. Una de cada tres. Pero en fin, triunfaremos. Porque el bien triunfará y la Verdad se impondrá, antes o después como ha venido sucediendo siempre.

Su visión, entonces, ante la vida es bastante optimista.
Me llamó la atención un titular entrecomillado que pusieron una vez en un periódico, cogiendo una frase mía: “soy un multimillonario que ha perdido mil pesetas”. Fíjate tú qué frase más redonda me salió. Pero es verdad. Claro, para quien se sabe un hijo –no simplemente un hijo de Dios como todos los cristianos- sino un hijo especialmente querido, especialmente agraciado por Dios con el sacerdocio ministerial, a la medida del sacerdocio de Jesucristo… tener que ir sentado en una silla de ruedas, ¿qué es? ¿ha perdido algo de su sacerdocio ministerial? En absoluto.

Soy un sacerdote que reza. Me dirijo a Dios con la petición de un sacerdote. Por mí mismo, humanamente no puedo nada. Todo es puro don de Dios. Para su gloria. Para la salvación de las almas… Y esto, como he dicho, era así antes y lo es ahora. Incluso podríamos decir que se me ha facilitado porque me siento más en la Cruz. Tengo con mis dificultades, con mi dolor, con mis sufrimientos, más viva la realidad de que soy otro Cristo. Que no tengo derecho a pararme y que no tengo derecho a decir –como quizá a alguno le ha podido pasar-: “bueno, ahora que lo tengo tan difícil, ahora que sufro tanto, que me cuestan tanto las cosas pues a ver si me lo monto bien, a ver si consigo darme las mayores compensaciones dentro de lo poco que puedo, a ver si suplo con al menos esto otro…. La gente puede llegar a hacer cosas rarísimas, sólo por estar pensando en sí mismos, por –digamos- condenar su vida al lamento.

Hace mucho más feliz, da muchas más alegrías el mirar para arriba, el seguir hacia adelante, el mirar hacia los demás y ver qué es lo que puedo hacer. No lamentarme por lo que no puedo hacer, sino pensar en lo que todavía puedo hacer, en lo que puedo amar. Lo que puedo hacer por los demás, lo que puedo crecer personalmente en mi relación con Dios, en mi amor hacia Él, en mi generosidad.

¿Y la Virgen María que lugar ha ocupado?

Tengo que agradecer muchísimo a Dios el maravilloso recuerdo que tengo de mi madre en la tierra. Madre de ocho hijos y que para mí era un continuo vivir para nosotros. Pues María lo mismo pero más. Lo mismo pero con toda la comprensión, con todo el afecto, con todo el cariño, buscando de verdad lo mejor para nosotros, que es la unión definitiva con Dios. Con un cariño fuerte, con un cariño inteligente cuando es necesario. Recuerdo que mi madre sabía decir las cosas: “Oye Luis que…”, yo tenía clarísimo que aquello no me lo decía por ella ni tampoco por revancha. Porque era lo mejor para mí. Pues es lo mismo con Santa María. Por eso tengo que decir con toda sencillez que desde hace muchos años rezo el rosario y desde que Juan Pablo II nos animó a los cristianos si queríamos también rezar los misterios luminosos, pues también los misterios luminosos. Y yo intento rezar las cuatro partes del rosario todos los días. Y no me parece que haga nada del otro mundo.

©Revista HM º138 Septiembre/Octubre 2007

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