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Entrevistas

Hablamos con D. Rafael Alonso Reymundo

Fundador del Hogar de la Madre

"Abre tu corazón más grande que nunca"

Mamie fue para D. Rafael Alonso Reymundo, Fundador del Hogar de la Madre, una verdadera madre espiritual. Se ofreció por él y por toda la obra del Hogar. Tenía la misión de ayudarle a llegar al sacerdocio y sostenerle en todas sus dificultades y él debía cuidar de ella hasta el final de su vida.

¿Cuándo conoció a Mamie?
Creo recordar que la conocí en Julio de 1973, en Barquinha (Portugal), muy cerca de Fátima.

¿Cuánto tiempo ha estado con ella?
Al principio ella venía a visitarme a Madrid donde yo estaba consagrado en la Cruzada de Santa María porque ella vivía en Santander. Yo tenía por aquel entonces veintiséis años. En 1976 ingresé en el Seminario de Toledo y sólo nos veíamos en las vacaciones. Yo solía ir también a Santander. Me ayudó mucho a encauzar mi vida sacerdotal. Cuando ya fui sacerdote ella vino a Toledo a vivir conmigo. Gracias a su presencia, puesto que era una mujer mayor, podía recibir a los chicos y chicas del Hogar en casa y allí a los pies de la Virgen Santísima, con el rezo del Rosario, se fue formando el grupo de comprometidos del Hogar. Después en 1988, D. Marcelo, el Cardenal de Toledo, en función de mi traslado de cátedra de Geografía e Historia, me permitió ir a Santander y allí he permanecido, en casa de Mamie hasta su muerte, a los ochenta y seis años de edad.

¿Cuál ha sido su relación con ella?
Mamie ha sido una verdadera madre espiritual. Yo la recuerdo siempre rezando, sufriendo, ofreciéndose por mí y por toda la Obra del Hogar de la Madre. Ha sabido con un arte especial alentarme, corregirme, escucharme, enseñarme, regañarme cuando las cosas no eran conforme a lo que ella sabía que el Señor esperaba de mí. Tenía un finísimo sentido de la oportunidad. Sabía cuándo callar y cuándo hablar, qué decir y cuándo lo tenía que decir. Ha sufrido conmigo menosprecios, calumnias, defecciones de algunos y el retraso de aquello que Nuestra Madre deseaba.

¿Ha tenido que ver en su vocación sacerdotal?
La primera vez que me habló me dijo que antes de lo que creía sería sacerdote. Yo entonces eché cuentas y pensé que lo más pronto que podría ordenarme sería a los treinta y tres años contando con empezar ese mismo año a estudiar. Justo ese año gané las oposiciones a catedrático de instituto, en la especialidad de Geografía e Historia y ejercí dos años en el Instituto Carlos III de Madrid. Al cabo de esos dos años el Cardenal de Toledo me admitió en el Seminario. Me ordené a los treinta y tres años. Y por tanto se cumplió lo que me había dicho.

Mamie pensó que su tarea hacia mí acababa el día en que yo cruzaba el umbral del Seminario. Pero Nuestra Madre le indicó que yo la necesitaba más que nunca. Ella oraba y se sacrificaba por mí. Ejercía una verdadera maternidad espiritual. Supe en una ocasión, en que tuve grandes dificultades, que había pasado cuatro días con sus noches correspondientes, sin dormir, rezando constantemente por mi vocación. En cierta ocasión, Mamie había recibido estas palabras de Nuestra Madre: “hija mía, los demás hijos los has recibido ya sacerdotes. Este será tu regalo total al Señor. Le tendrás que ayudar para que llegue a ser sacerdote”. Me siento totalmente deudor de su fidelidad y entrega a la tarea de orar y sufrir por los sacerdotes.

¿Tenía usted una misión especial con respecto a ella?
Sí, yo tenía que cuidar de ella hasta el fin de su vida. Realizar esta tarea me supuso graves inconvenientes pero cuando murió di gracias a Dios y a la Virgen Santísima de haber podido tener la fortaleza de llevarla a cabo.

¿Qué papel tenía Mamie en la Obra del Hogar?
Su papel era callado, oculto, sencillo. Ella era la energía sin la cual no se puede hacer nada: el amor. A través de ella nos hemos sentido amados por el Señor y por Nuestra Madre. Ha sabido recogernos a todos, pero no para quedarse en ella sino para conducirnos resueltamente hasta el Señor. Su magisterio ha sido de vida, de experiencia, de comunión. Verla a ella orar era para nosotros una fuente de unión con Dios. Se creaba un clima de oración inmediatamente. Sentías que el alma naturalmente se elevaba hacia Dios. Cuando ella decía dirigiéndose a Jesús: “Mon Jesus, je vous aime, je vous aime, je vous aime...” (”Jesús mío, os amo, os amo, os amo...”) sentías que tu corazón se elevaba en un vuelo interior para aspirar ese amor de Dios.

¿Cuál era el horario de Mamie en un día normal?
Mamie no tenía días normales. Puedo decir que yo que he convivido tanto con ella, quizás la persona más cercana que ha tenido en sus veinte últimos años de vida, no he llegado a conocerla enteramente. Había algo en lo que no me permitía entrar. Cuando yo me iba a descansar finalizada mi jornada de trabajo, ella se quedaba sentada en su sillón simulando que hacía crucigramas para posteriormente dedicarse a la oración durante la noche. Conservo una especie de diario donde ella escribía su hora de acostarse. Generalmente acababa su jornada a las 2,00, a las 3,00 ó a las 4,00 de la madrugada, hora en la que apagaba la luz. De todos modos era muy distinta su jornada cuando estaba en Toledo o cuando estaba en Santander. Estaba a disposición de todos. Una gran porción de años fue una eficaz colaboradora mía recibiendo todos los encargos y llamadas telefónicas que me hacían. Estaba siempre en oración. Su alma se unía como por instinto en la oración a Dios y a la Virgen Santísima, Nuestra Madre, que solía distinguirla con frecuentes visitas.

¿Qué le impresionaba de Mamie?
Son muchas cosas. Detallarlas una a una sería interminable. Enunciaremos a modo de ejemplo algunas:

Su capacidad de contactar con la juventud. Ella que era una persona mayor, sabía ser niña con los niños, joven con los jóvenes, adulto con los adultos.

Su capacidad para sufrir con el padecimiento ajeno y encontrar las palabras oportunas que fueran bálsamo para un corazón que sufre.
Además toda su vida fue un sufrir constante, física, moral y espiritualmente. Y por fin su alegría desbordante. Sabía guardar tras una sonrisa su propio sufrimiento y nunca amargaba a los demás con aquello que ella padecía.

Su capacidad de unión con Dios. En ocasiones tuvimos que viajar y Mamie, sentada a mi lado, se quedaba como adormecida pero se notaba que estaba en oración constante. Su crucifijo y su rosario eran sus más íntimos acompañantes.

Su amor a la Eucaristía. La fe le hacía percibir quién estaba allí y esta realidad la hacía gozar íntimamente y sufría por la desconsideración con que algunos se acercan a este sacramento.

¿Con qué cosas era feliz Mamie?
Me preguntas una cosa muy difícil porque ella no se contentaba nada más que con el Señor y con Nuestra Madre. Su donación a ellos no era algo intelectual o una pose para ser vista por los demás. Era una realidad profunda, viva, operante. Por eso lo que más alegraba a Mamie era el mismo Dios y las cosas santas. Percibía con una sensibilidad exquisita la pobreza con que vivimos los hombres las realidades divinas. Sufría por la inconsideración que los hombres tenemos de Dios, de la Virgen, de la Iglesia. Sufría con el Papa y por el Papa, con los obispos y por los obispos, con los sacerdotes y por los sacerdotes. Y gozaba cuando veía que Dios tocaba un alma y la unía más a sí. Gozaba con los niños y sufría con los niños.

¿Quiénes eran para Mamie los Siervos y las Siervas?
Mamie solía decir a los Siervos y Siervas: “Hijas, hijos míos, ¡cuánto vos quiero!”. Ella sabía que los Siervos y las Siervas son predilectos del Corazón de la Santísima Virgen Nuestra Madre, y ella tan unida a la Virgen, no podía sustraerse de esta atmósfera. Se consideraba un instrumento, un teléfono de Nuestra Madre. Ella no era nada. Nadie le debía nada pero no dejaba de reconocer que los Siervos y las Siervas eran sus hijos queridos.

¿Qué le ha impresionado del final de la vida de Mamie?
Ella sabía que se moría pero yo no quería creerlo. Se fue sencillamente cuando menos lo esperaba. Me impresionó que una hora y media antes de su muerte recibiera con toda lucidez los sacramentos de la penitencia, Eucaristía y unción de enfermos, de manos de dos de sus hijos más queridos. D. Ramón Rodríguez la confesó y yo pude darle la Eucaristía y la Unción de enfermos.
Tras una larga agonía nos dejó esta mujer que ha sido para nosotros un modelo, una maestra y una madre.

©Revista HM º143 Julio/Agusto 2008

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