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Entrevistas

Entrevista al Cardenal Julián Herranz

El Sacerdote: un enamorado de Cristo

Cardenal HerranzPor qué el mundo de hoy necesita sacerdotes? ¿Qué es lo más importante que aporta el sacerdocio?
El mundo de todos los tiempos ha necesitado de sacerdotes. El de hoy, el mundo en el que nos movemos, es una sociedad que tiende a paganizarse. Se utiliza el término secularización, pero en realidad es una sociedad que se paganiza, que se aleja de Dios, los hombres tienden a vivir como si Dios no existiese, demasiado atraídos por el bienestar humano, como si la dicha y la felicidad estuvieran en ello. El sacerdote es el testimonio de Cristo, el testimonio de la paz y de la felicidad verdaderas. Es el que anuncia los caminos justos por los cuales la humanidad tiene que caminar.

A veces en esta sociedad hay muchos que no miran hacia arriba, huyen de la trascendencia. El sacerdote es el testimonio de lo trascendente, de lo divino, de lo sagrado, del más allá, de la felicidad de lo que nos espera después de la vida si hemos sabido ser fieles a la voluntad de Dios. Eso es fundamentalmente lo que el mundo necesita de los sacerdotes. Y eso es lo que hace que el sacerdote, testigo de Dios y anunciador de su palabra, sea también portador de la verdadera alegría y de la verdadera paz. En el alma de cada uno hay sed y hambre de Dios pero a veces no se dan cuenta porque se anestesia el espíritu. Ahí es donde está el sacerdote para despertar y para responder a esa hambre y a esa sed de Cristo que hay en las almas.

¿Qué es lo más importante para que un sacerdote dé frutos verdaderos?
Que esté muy unido a la vid, a Cristo. Es Cristo el que a través de los sacerdotes derrama en la humanidad todo el tesoro de bien que Él ha venido a traer a la tierra. El sacerdote es como un pincel en manos del artista. El artista es Dios, Él es el que trabaja las almas, Él es el que dibuja los caminos por los que hemos de caminar. El sacerdote es un instrumento. Para ser un buen instrumento tiene que estar muy abandonado en la voluntad divina, en las manos del que lo maneja. Estar siempre en esa disposición. Igual que Cristo redimió con un acto de obediencia en la Cruz, “obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz”, nosotros somos eficaces en la medida en la que obedecemos a la voluntad de Dios en nuestra vida. Y por eso hemos de ir a lo esencial. Hay dos momentos en los que el sacerdote no puede ser sustituido: en la celebración de la Eucaristía y en el perdón de los pecados. Son dos momentos en los cuales el sacerdote se transforma en Cristo, in persona Christi: cuando está consagrando, cuando está convirtiendo el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre de nuestro Señor Jesucristo. Con esas palabras tan trascendentes, Dios mismo baja a sus manos. Cuando está perdonando en el nombre de Dios los pecados en el sacramento de la penitencia también está dando Dios a la humanidad. Eso es lo más grande del sacerdocio, lo más noble que puede hacer por la humanidad y aquello que la humanidad más espera de él que dé a Dios mismo.

¿Es importante la vida interior para el sacerdote?
El sacerdote tiene que tener en cuenta que no es él quien ha elegido a Cristo, sino que es Cristo quien le ha elegido a él. El Señor se lo decía a los apóstoles y nos lo repite a nosotros: “No me habéis elegido vosotros a mí, soy yo quien os ha elegido a vosotros”. Y, ¿para qué? El evangelio de San Marcos, cuando habla de la elección de los primeros doce, lo dice muy claro: “para que estuvieran con él y anunciaran el Evangelio”. Lo primero, lo más importante, la condición sine qua non de un buen ministerio sacerdotal es la unión con Cristo. La unión se ejercita sobre todo en la oración y en la Eucaristía. Eso es vital, sin eso no se conseguiría absolutamente nada. La finalidad de ese estar con Cristo es el enamoramiento de Cristo. El sacerdote tiene que ser una persona que viva del amor a Cristo. ¿Y cómo crece el amor? El amor divino crece como el amor humano. Las personas se buscan, se tratan, se conocen y se aman. De la misma manera, nosotros buscamos al Señor en su evangelio, en la presencia eucarística, estamos junto al tabernáculo como se está al lado de la persona que se ama. Él está allí presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Era el lugar donde el Santo Cura de Ars encontraba la solución a todos sus problemas, en el diálogo con el amor, con Cristo. Era un enamorado de Cristo como debemos serlo todos los sacerdotes.

Cuando murió Juan Pablo II me hicieron preguntas sobre los récords que había superado: las vueltas al mundo, los millones de personas que había recibido, los documentos magisteriales, leyes… Y yo le decía a los periodistas: “Lo más importante no lo habéis escrito en ninguna parte, y sin eso, todo lo demás no sirve”. Y me preguntaban: “¿Cuál es? Yo les dije: “El récord más importante es que es el Papa que más horas ha pasado delante del Sagrario con su amor. Y de ese trato personal en el pan y en la palabra, en la oración y en la Eucaristía, nació el Juan Pablo II apóstol, que fue a predicar el evangelio a todos los areópagos del mundo”. Eso es lo que tenemos que hacer nosotros, llevar el evangelio al mundo. Pero para hacer esto tenemos que llenarnos antes del amor de Cristo, que es el que hace ir a hablar de ese amor que llevamos dentro, al mundo, a cualquier areópago.

Para un sacerdote, ¿qué significa la figura del Papa como sucesor de San Pedro?
El Papa es el Vicario de Cristo, el dulce Cristo en la tierra, como decía Santa Catalina de Siena. Es el principio y el fundamento de la unidad en la Iglesia, de la unidad de la comunión en la fe, en los sacramentos y en la disciplina. Como Vicario de Cristo se le aplicaría muy bien la parábola de la vid y los sarmientos, la vid a la cual los sarmientos estamos unidos. El sacerdote, especialmente, tiene necesidad de estar muy unido a la vid para nutrirse de la savia. Y eso quiere decir unión de corazón al Padre de esta familia universal que es la Iglesia y unión también de cabeza a sus ideas y a su magisterio.

¿Qué diría a un joven que está pensando en el sacerdocio? cardenaljulianherranzordenacion
Que no tenga miedo a ser feliz. Esto se lo puedo decir yo, porque he celebrado ya mis cincuenta años de sacerdocio. No me hubiera podido imaginar jamás que me iba a sentir tan realizado, tan feliz, tan contento y tan agradecido al Señor de por dónde Él me ha conducido. Naturalmente que he tenido que luchar, que he tenido dificultades… He tenido que llevar a Cristo a catorce naciones de cuatro continentes diferentes, he tenido que trabajar...
Repito, que no tenga miedo a ser feliz, que le diga que sí al Señor, como María le dijo con su Fiat que estaba dispuesta. Naturalmente, para ser fiel a esta vocación como a cualquier otra hay que luchar porque hay tentaciones, hay dificultades… El Fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, al que yo debo mi vocación, decía: “Lo que hace feliz no es el bienestar, sino el tener el corazón enamorado”. Hay quienes piensan que en estos paraísos de la tierra que se dan cuando se adora al ídolo del dinero, del placer, del sexo…, está la felicidad. Y no. Cuando el Señor nos hace sentir la inquietud de darnos totalmente a Él, entonces nos está enseñando el camino de la verdadera felicidad.

Yo era psiquiatra y ejercitaba la psiquiatría con todos los métodos terapéuticos para curar las enfermedades de la mente y tengo que decir, que al cabo de estos cincuenta y cinco años de sacerdocio he notado que el mayor bien que se puede hacer a las almas es a través del ejercicio de mi ministerio: en la dirección espiritual, escuchando y ayudando a las almas a encontrarse o reencontrarse con Cristo, pudiendo llenarles de paz y de seguridad. No hay nada que pueda hacer más bien a la humanidad que el ser sacerdote. Y eso ayuda también a tener la certeza de que uno se ha realizado, el pensar que la vida no ha sido estéril. Uno se ha podido negar al egoísmo de la carne, si se le puede llamar así, al tener hijos según la carne pero cuando pasan los años y se ven miles de hijos del espíritu que la gracia de Dios (no uno mismo, que no se es más que instrumento) ha dejado por el camino, se siente más que realizado.

¿Puede contar algo de su experiencia como sacerdote?
Podría decir muchísimas cosas, pero hay un punto que me parece el más importante. Se habla mucho del celibato sacerdotal como una cosa muy difícil, como una cosa negativa, como algo puramente disciplinar… y eso es absolutamente falso. Es una afirmación gozosa del amor. Es una donación completa de la propia vida, del propio tiempo, de los propios sentimientos, de los propios pensamientos a Cristo, para poder, como San Pablo, decir un día: “Vivo en la carne de la fe en el Hijo de Dios que me amó y dio su vida por mí. Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”. El celibato sacerdotal es todo menos una cosa negativa. Es una realización en el amor de la propia felicidad, es una realización en el amor de Cristo de la propia fecundidad para tener muchos hijos del espíritu.

Ese es un punto que a mí me parece esencial y, unido a este, de mi experiencia, yo he notado una cosa que es también muy importante: el no tener miedo a manifestar la propia identidad. Así como los enamorados no ocultan, sino que manifiestan, que se quieren, el sacerdote tiene que manifestar, en una sociedad que tiende a vivir como si Dios no existiera, que él es el testimonio de que Dios existe, de que existe un más allá, de que existe un Cristo que es la encarnación de Dios, que se aproximó por amor a los hombres, que se hizo Dios-con-nosotros. Y eso lo tiene que manifestar de forma externa. Hay muchas formas distintas en los diversos países, pero hay una forma que lo distingue externamente, sea la sotana, el clerigman… algo que diga que se es un ministro de Cristo. Es importantísimo. No hay que tener miedo, al contrario. Yo he confesado en un avión a un hombre que hacía veinte años que no se confesaba. Tenía el sitio de al lado libre y vino. Hablamos y se confesó. Después, como me di cuenta de que estaba su mujer allí, me levanté y quise llamarla para que viniera y él me dijo que no, que quería seguir hablando. Decía que con su mujer llevaba ya diez y seis años, pero hacía veinte que no hablaba con un sacerdote. Esto es simplemente una anécdota pero es muy importante porque las almas se acercan al sacerdote cuando lo ven. Nosotros somos ministros y ministro quiere decir servidor de las almas que tienen hambre y sed de Cristo. ¿Por qué vamos a esconder nuestra condición de ministros, de servidores de Cristo? Además hay una necesidad de lo sacro, de ver a la persona sagrada y es también una manifestación de amor. El que ama no tiene miedo a manifestar su amor. Yo invitaría a todos mis hermanos en el sacerdocio a que no oculten nunca, en ninguna situación, que son sacerdotes.

©Revista HM º153 Marzo/Abril 2010

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