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Entrevistas

Entrevista a Joseph Pearce

Joseph PearcePor fin “volví a casa”...

Joseph Pearce es un conocido autor de numerosos libros. Actualmente es profesor adjunto de literatura y escritor residente en la Universidad Ave María en Naples, Florida. Además, el señor Pearce es el editor jefe de Sapientia Press y co-editor de St. Austin Review (StAR), una revista que intenta hacer frente a la cultura actual e influenciarla examinándola a la luz de la fe católica. Sin embargo, él no ha sido siempre un creyente y un defensor del catolicismo y de la Iglesia. Nacido en Londres, Inglaterra, Pearce de joven fue un skinhead y un racista radical. Finalmente fue encarcelado por incitar al racismo a través de una revista que publicaba. El señor Pearce habla en la presente entrevista para la revista HOGAR DE LA MADRE de su juventud, conversión y su vida actual iluminada por la fe.

¿En qué tipo de ambiente creció?
Crecí en una zona de clase obrera del este de Londres, en Inglaterra, en la que el crimen y la violencia eran parte de la ex­pe­riencia del crecimiento.

¿Qué es lo que en su juventud le llevó a un odio y un racismo tan extremos que le hizo terminar en la cárcel?
En la zona en la que yo crecí, había una amplia afluencia de inmigrantes mu­sul­ma­nes, sobre todo pakistaníes, y había mucha tensión racial. Me volví racista aproxi­ma­da­mente cuando entré en la ado­les­cen­cia y fui absorbido por políticas racistas. Yo pu­bli­caba una revista llamada Bulldog, un periódico de propaganda que pretendía fomentar la tensión racial entre los blancos y los que no lo eran. Por ello fui acusado de “publicar ma­terial que incitaba al odio racial”, con­si­de­ra­do un delito por el Race Relations Act del Reino Unido. Fui con­si­de­ra­do culpable y sentenciado a seis meses de prisión.

¿Cuál fue su experiencia en la cár­cel?
La noticia del juicio llegó a publicarse en todo el país y esto dio como re­sultado que gran parte del tiempo de mi condena estuviera en ais­la­mien­to y con­fi­na­mien­to so­li­ta­rio, porque las au­to­ridades de la prisión tenían miedo de que mi pre­sen­cia pu­die­se ­pro­vo­car pro­ble­mas entre los re­clu­sos blan­cos y negros.
Impenitente, seguí escribiendo y pu­bli­cando material racista después de mi puesta en libertad y fui de nuevo condenado por el Race Relations Act acusado de ofensas. En esta se­gun­da oca­sión fui sentenciado a doce meses de en­car­ce­la­mien­to. Así es que celebré mi 21 cumpleaños y mi 25 cum­pleaños detrás de las rejas.

Fue en este período en la cárcel cuando em­pe­cé a con­si­de­rar­me como católico. Po­r un pro­ce­di­mien­to estándar, las au­to­ri­da­des de la cárcel me preguntaron de qué religión era y dije que era católico. Por supuesto no lo era, al menos téc­ni­ca­mente, pero fue mi primera afirmación de fe, incluso ante mí mismo. Había llegado a un hito im­por­tan­te. Otro momento fundamental durante mi segunda sentencia fueron mis pri­me­ros y tor­pes es­fuer­zos por rezar. No tengo ningún recuerdo de haber rezado antes de llegar a la prisión Wor­mwo­od Scrubs en diciembre de 1985, si descarto las oraciones de un niño recitadas como un loro a un Dios des­co­no­cido y no buscado, muchos años antes en los oficios monóto­nos y tibios del colegio. En aquellos mo­men­tos en la de­so­lación de mi celda, pasaba entre mis dedos las cuentas de un rosario, que alguien me había enviado. No tenía ni idea de cómo rezarlo. No sabía el Avemaría, ni el Gloria y no me acordaba del Pa­dre­nues­tro. Sin em­bar­go, im­pro­vi­saba. De cuenta a cuenta mur­mu­raba ora­ciones in­ven­tadas por mí, desde las pro­fun­di­dades de mi penosa si­tua­ción, suplicando la fe, la esperanza y el amor que mi mente y corazón deseaban. Fue un comienzo, pe­queño pero sig­ni­fi­ca­tivo...

¿Qué hizo al salir de la cárcel? ¿siguió con sus ideas ra­cis­tas?
Mi salida de la prisión en 1986 anunciaba el comienzo del final de mi vida como un político extremista. La desilusión aumentaba, logré salir de la organización que había sido mi vida, y que había delineado mi razón de ser durante más de una década. Cuando tenía quince años “deseaba” entregar mi vida a la “causa”, ahora, con veinticinco años, sólo deseaba dar mi vida a Cristo. Si el Demonio había acogido mi “deseo” de antes y lo había cumplido infernalmente, Cristo cogería mi recién descubierto deseo y lo pu­ri­ficaría llevándolo a término. Después de estar durante los 80’s en un pulso es­pi­ri­tual, luchado dentro de mi corazón y mi cabeza entre el infierno del odio en mí mismo y el pozo de amor prometido y derramado por Cristo, por fin “volví a casa”, al abrazo amoroso de la Santa Madre Iglesia en la fiesta de San José, en 1989.

Durante mi primera sentencia, Auberon Waugh, un escritor bien co­no­cido e hijo de una gran novelista católica, Evelyn Waugh, habló de mí como un “joven desgraciado”. ¡Qué acertado estaba! Desgraciado y estrellado contra la dureza de mi propio corazón. Años después, cuando el sacerdote que me instruía en la fe católica me pidió escribir un ensayo sobre mi con­ver­sión, empecé con las primeras líneas del famoso himno de John Newton que ensalza “la gracia asom­brosa... que salvó a un desgraciado como yo”. Aún hoy, cuando me veo forzado a mirar cán­di­da­mente a la negrura de mi pasado, estoy com­ple­tamente ad­mi­rado por la ver­da­de­ramente asom­brosa gracia que de alguna manera pudo echar raíces en el desierto de mi corazón.

G.K. ChestertonCualquiera que haya oído su historia sabe que los escritos de G. K. Chesterton jugaron un papel vital en su conversión. ¿Por qué empezó a leer sus libros? ¿Cómo le ayudaron a cambiar su ma­ne­ra de percibir el mundo?
Yo leí Chesterton en primer lugar porque estaba interesado en sus ideas políticas. Ciertamente yo no estaba interesado en su catolicismo, porque yo era muy anti-católico cuando empecé a leer sus libros. Lo que yo no sabía cuando empecé a leer a Chesterton es que sus ideas políticas estaban enraizadas en la doctrina social de la Iglesia católica. Al leer más a Chesterton, me encontré siendo atraído, al principio sin querer, más cerca de la Iglesia.


¿Qué ideas de este autor fueron las que le hicieron cambiar?
“Un firme ateo no puede cuidar demasiado el tipo de libros que lee”. Así dice C. S. Lewis en su apología au­to­bio­gráfica, Sorprendido por la alegría (Surprised by Joy). Esas palabras siguen resonando en el abismo que me separa de la amargura abismal de mi pasado.

Y lo que se puede decir del ateo, se puede decir del racista. Mirando atrás, a las fosas penosas del infierno del odio que consumía mi juventud, puedo ver el papel que el gran escritor cristiano tuvo para iluminar mi camino y que pudiese salir de las oscuras pro­fun­di­da­des. Con el tiempo, con su luz para guiarme, salí a la des­lum­brante luz del día cristiano. Mirando atrás, veo las velas literarias que han ilu­mi­nado mi camino. Hay una docena de esas velas que llevan el nombre de G. K. Chesterton, de las cuales Orthodoxy, The Everlasting Man, The Well and the Shallows y The Outline of Sanity brillan con una luz especial. Hay casi el mismo número de velas que llevan el nombre de un gran amigo de Chesterton, Hilaire Belloc, y varios llevan el nombre de John Henry New­man. Y por supuesto está la presencia de Lewis y Tolkien. Esos y una cantidad innumerable de otras luces han estado en mi camino.

Con la sabiduría de la retrospección, veo que las semillas de mi futura conversión fueron sembradas allá en 1980 cuando tenía die­ci­nueve años. ¡Qué terreno más desolado! En aquel tiempo estaba en la cima, o fondo, de mi fanatismo político y estaba disfrutando de los peores excesos de mis prejuicios anticatólicos y racistas. Creo que hay muy pocos que hayan estado más lejos del cielo que yo.

Las semillas fueron plantadas en el genuino deseo de buscar una alternativa política y económica a los pecados y cinismo del co­mu­nis­mo. Durante los con­flictos en la calle con mis oponentes marxistas, me indignaba su in­si­nua­ción de que, como era an­ti­co­mu­nista, era, ipso facto, un “soldado del capitalismo”. Me negué a creer que la única alternativa al Mammón era Marx. Estaba convencido de que el comunismo era una cortina de humo y que era posible tener una sociedad justa sin so­cia­lis­mo. En mi búsqueda para descubrir otra al­ter­na­tiva alguien me recomendó que leyera más sobre las ideas dis­tri­bui­do­ras de Belloc y Chesterton. En este momento, de nuevo, oí los ecos de la frase de Lewis: “un ateo firme no puede ser de­ma­siado cuidadoso con los libros que lee”, es­pe­cial­mente porque el libro al que se refería era The Eternal Man de Chesterton, un libro que le precipitó a Lewis por el camino de la conversión. Ante esto puedo decir que hay un ver­da­dero paralelo entre C. S. Lewis y yo. A mí, igual que a él, un libro de Chesterton me llevaría a la conversión. En mi caso, sin embargo, el libro que más me influyó era un libro menos co­no­ci­do, The Outline of Sanity, y también un ensayo del mismo tema titulado “Reflexiones sobre una manzana podrida” (Re­flec­tions on a Rotten Apple), que se en­con­traba en una colección de ensayos suyos bajo el título de The Well and the Shallows. Compré los libros como me dijo, y me senté expectante para leerlos. Pueden imaginar mi sorpresa, y mi cons­ter­na­ción, al descubrir que el libro era, en su mayoría, una defensa de la fe católica contra varios ataques mo­der­nos. E imaginen mi confusión al descubrir que no podía en­con­trar falta en la lógica de Chesterton. Su humor y su sabiduría segó la hierba bajo los pies de mis prejuicios contra la Iglesia Católica. Desde aquel momento, empecé a des­cubrirla como Ella era, y no como sus enemigos la describían. Empecé el camino desde el rumor de que era la “Prostituta de Babilonia” hasta darme cuenta de que era, en verdad, la Esposa de Cristo.

Esto fue un camino largo. Yo estaba perdido en el bosque oscuro de Dante, tan sumamente perdido, que quizás ya había llegado al Infierno. Es una subida larga y ardua desde allí hasta el pie del Monte Pur­ga­torio. Sin embargo, tenía buena compañía. Si Dante tenía a Virgilio, yo tenía a Chesterton. Me acompañaría fielmente durante todo el camino, siempre presente en las páginas de sus libros. Empecé a devorar todo lo que encontraba escrito por Che­s­ter­ton, consumí todas sus palabras con deleite. A través de Chesterton llegué a conocer a Belloc; luego a Lewis; luego a New­man. Durante mi segunda sen­ten­cia, primero leí El Señor de los Anillos y, aunque en aquel momento no sos­pe­chaba las pro­fun­didades místicas del ca­to­li­cis­mo en el cuento de Tolkien, me daba cuenta de su bondad, su moralidad objetiva y el pozo de virtud de donde lo había sacado. Y, por su­pues­to, sabía que Tolkien, como Cher­terton, Belloc y Newman, era ca­tóli­co. La mayoría de mis autores pre­fe­ri­dos eran católicos y ¡sólo había que esperar a que llegara a unirme con ellos en la fe verdadera!

Joseph PearceYa que usted no creció católico, ¿cómo afectó su for­ma­ción protestante en su relación con la Eucaristía y la Virgen María en el momento de su con­ver­sión?
Yo era muy anti-católico y estaba in­clu­so im­pli­cado en las políticas extremistas protestantes de Irlanda del Norte. Yo re­ce­laba mucho de la devoción de los ca­tóli­cos a la Virgen Santísima, pero ¡el gran amor de Chesterton por Nuestra Ma­dre es contagioso! Sus poesías sobre Ella y su defensa de Ella en sus com­po­si­ciones de Navidad eran encantadoras y muy atrac­ti­vas. Cuan­do me hice católico ¡yo ya estaba ena­mo­rado de Ella! En cuanto a la Eucaristía, yo me volví  mís­ti­camente atraído por la Presencia Real en cuanto empecé a entender lo que era. Esa fue la explicación de por qué yo siempre sentía una pre­sen­cia real en las iglesias católicas y una ausencia real en las iglesias pro­tes­tan­tes. En cuanto me sentí atraído por la Persona de Cristo, fui atraído hacia su Presencia en el Santísimo Sa­cra­men­to.

En la revista StAR, hay un claro esfuerzo de abordar nuestra época a través de la fe y la razón iluminada por la fe. ¿Qué es lo que te ha motivado a empezar la revista?
En realidad yo no empecé la revista. Fue lanzada por Saint Austin Press, una editorial católica en el Reino Unido en el año 2001, y me pidieron que yo fuera el editor. Hace unos años esta Editorial me transfirió a mí la propiedad de la revista. Para mí es un gran trabajo de amor porque siento que la belleza de la cultura católica tiene un gran poder para evan­ge­lizar la época fea en la que vivimos. Dos mil años de arte, arquitectura, música y literatura católicos -sin men­cio­nar la belleza de la teología y filosofía católicas- han legado a nuestros tiempos una enorme herencia que tiene el poder de mover a las almas hacia la conversión. La revista pretende transformar la cultura y ganar con­ver­sos a través del poder evan­ge­lizador de la belleza.

¿Ha tenido siempre amor por la literatura?
Hasta donde yo recuerdo, sí. Pienso que he apren­dido a amar la literatura del ejemplo de mi padre, que recitaba grandes trozos de Shakespeare de memoria, por no mencionar una multitud de otros poetas. La literatura es para mí una verdadera vo­ca­ción. Estoy llamado a de­di­car mi amor por Dios y Su Iglesia a través de la belleza de la gran literatura.

the pearce familyCon frecuencia las personas casadas dicen que no rezan porque están demasiado ocupadas. Como esposo y padre y con una agenda de trabajo exigente como autor, profesor y editor, ¿cómo cultiva su re­la­ción con Dios a la luz de todas las otras res­pon­sa­bi­li­dades?
Es verdad que hay un peligro de echar la oración fuera de la propia vida en medio de los muchos com­pro­misos familiares y de trabajo. Yo pienso que un horario es esencial para asegurar el dedicar tiempo a Dios en la oración cada día. Yo tengo un tiempo diario de oración por la mañana y por la noche rezamos y can­ta­mos himnos como familia. Intento ir a Misa lo más fre­cuen­te­mente posible y asegurar que el Sa­cra­men­to de la Pe­ni­tencia sea parte de mi vida. No creo que esté dando a Dios todo el tiempo que debería, pero al menos este horario asegura un mínimo de tiempo pasado en oración cada día.

©Revista HM º153 Marzo/Abril 2010

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