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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Entrevistas

Elena de la Peña

Entrevista

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Elena de la Peña es médico de familia en urgencias y en atención primaria en Madrid. Ha podido viajar a Ecuador en dos ocasiones con el Hogar de la Madre.

"Supe que quería volver a Ecuador desde que me fui la primera vez".

Nos puedes decir, ¿por qué te hiciste médico?
La verdad que no recuerdo ser pequeña y desear ser médico. Creo que fue ya cerca de la entrada a la Universidad cuando me decidí. De pequeña lo que más me gustaba cuando iba al colegio y al Instituto eran la Literatura y la Historia. A pesar de eso, veía que las posibilidades de trabajar luego dedicándome a ello eran escasas, y que en el fondo yo quería dedicarme a algo, con lo que pudiera ayudar a los demás. Pensé que la medicina podía ser una buena opción, que me ayudaría a crecer como persona y a facilitarle un poco la vida a la gente. Y así fue como hice medicina.

elena 3¿Cómo surgió el viaje a Ecuador?
Mientras hacía la residencia, que es la formación que hacemos los médicos para convertirnos en especialistas después de la Universidad, teníamos la oportunidad de poder hacer lo que se llama una rotación externa. Es decir, acudir a otro centro médico o a otro hospital que no fuera en el que tú te formabas habitualmente para aprender conocimientos que en tu centro no podían prestarte. A mí siempre me había gustado la medicina tropical y las enfermedades infecciosas. Todo esto un poco mezclado con la inquietud que yo tenía de trabajar con gente que pudiera tener necesidades de otro tipo, económicas, personales, emocionales, hizo que buscase junto con otra compañera, que hacía la residencia conmigo, algún sitio en algún país de la zona tropical del Planeta como podía ser África o Latinoamérica, donde pudiéramos llevar a cabo esta labor.
Después de un montón de intentos, todos ellos infructuosos, hablamos con una compañera nuestra del hospital, Helena Marcos, que forma parte del grupo de consagradas ACIM. Sabiendo que ella había estado previamente viviendo una experiencia más o menos como la que nosotras queríamos también vivir le pedimos ayuda. Nos dijo que preguntaría en el sitio donde ella había realizado esta rotación, y que ya nos daría una respuesta. Cuando ya nos habíamos olvidado por completo, un día vino y dijo: “bueno, por parte del grupo con el que yo trabajé no hay problema. Podéis iros a Ecuador si os dan permiso aquí en el hospital”.  Gracias a Helena gestionamos todo el viaje, y que alguien nos pudiera autorizar allí en nuestro trabajo. Nos dijo también, que había estado trabajando con unas religiosas, pero no tuvimos mucho tiempo para que nos explicara con detalle en qué consistía su labor, y los pormenores de la Orden, ni nada. Así que dijimos que no había problema, que si eran monjas pues fenomenal, que estábamos dispuestas a conocerlas y la verdad es que acabamos yendo a Ecuador sin ninguna pretensión y sin ninguna idea preconcebida realmente de lo que íbamos a encontrar.

elena 4¿Habías estado en misiones antes? ¿Cuándo, dónde y por qué?
Yo había estado previamente en una ocasión en Calcuta, en la India, aproximadamente hace unos 5 ó 6 años. Mientras estudiaba la carrera fui un verano porque uno de mis tíos había estado allí y había vuelto totalmente transformado. Después del viaje adoptó con su mujer una niña de uno de los orfanatos de las Misioneras de la Caridad.
Ese viaje inicialmente me costó muchísimo a pesar de que soy, o bueno me considero aventurera, porque las condiciones en Calcuta la verdad que son desastrosas. Es la ciudad más pobre, más sucia y con más miseria que yo he visto. Las primeras semanas fueron muy duras, porque fui sola, y no conocía a nadie. Comencé a trabajar cuidando a unos niños en un orfanato, y la verdad es que, aunque las Misioneras de la Caridad eran accesibles, simpáticas, y agradables, tampoco teníamos una relación los voluntarios muy directa con ellas.
Pero a medida que fue pasando el tiempo fui conociendo a otras personas con las que entablé amistades preciosas y viajé por el país. Al volver de Calcuta yo era capaz de ver a Dios en todas las personas. Cuando estaba allí veía a la gente, a los habitantes, me cruzaba por la calle, y pensaba ¡Dios mío!, aquí Dios está en cada persona. Es verdad que al volver de Calcuta, aunque supuso una transformación para mí, el verme inmersa de nuevo en la vida rutinaria de España, hizo que esa sensación tan intensa fuera poco a poco decreciendo.
   
elena 7¿Esperabas algo concreto cuando fuiste a Ecuador por primera vez? ¿Qué es lo que encontraste allí en Ecuador?
Cuando llegamos a Ecuador nos había dicho nuestra hermana de contacto, por llamarla así, la Hna. Estela, que estarían esperándonos en la sala del aeropuerto, que iban con un hábito blanco, y así las reconoceríamos. Llegamos después de un viaje muy largo por la noche. Estábamos bastante cansadas. Y efectivamente vimos un grupo de hábitos blancos y hacia allá nos dirigimos.
Nos acercamos y dije: “Hola, soy Elena. Creo que nos estáis esperando”. Y entonces una Hermana pequeñita comenzó a hablarnos en otro idioma. Un idioma que desconocíamos. Y entonces mi compañera me dijo: “ Yo creo que nos están tomando el pelo”. “Yo creo que también, pero no podemos ser maleducadas”. Así que esperamos a ver cómo continuaban reaccionando. Una segunda Hermana respondió en la misma lengua desconocida hasta que ya les dimos lástima. Se rieron y nos confesaron que efectivamente eran Siervas, que nos estaban esperando y que se trataba sólo de una broma.
Esa primera noche la pasamos en Guayaquil. Al día siguiente nos dirigimos hacia la comunidad de Chone, que era donde iba a empezar nuestra andadura.

¿Cómo era un día normal de misiones, la primera vez?
Nos levantábamos pronto por la mañana, nos recogían las Hermanas y nos llevaban a hacer el trabajo que correspondiera según un planning creado, que podía ser, o bien pasar la consulta en el dispensario que habíamos montado en la parroquia de S. Cayetano en Chone, o podía tratarse de dar un curso de primeros auxilios, salud e higiene en “Volver a Nacer”, que es una clínica para mujeres que están allí internas por conductas adiptivas. También estaba la opción de ir a los domicilios, a visitar a gente que tuviera más necesidad o porque no podían moverse o por enfermedades crónicas. La verdad es que el trabajo era a tiempo completo. Parábamos para comer. Descansábamos un poquito después de comer y por la tarde nos esperaba una actividad similar a la que acabo de contar. Cenábamos y caíamos rendidas en la cama. Estábamos destrozadas todos los días pero felices. El tiempo que pasábamos sin trabajar estábamos acompañadas por las Hermanas y candidatas (postulantes). Con ellas hacíamos excursiones, salíamos a comer fuera algún día. La verdad es que el día a día era maravilloso y no deseábamos nada más.
elena 1Cuando ya tocaba, fuimos a Playa Prieta con un poco de pereza porque nos enfrentábamos otra vez a lo desconocido y nos habíamos aclimatado también a Chone y a su gente. Nos costaba un poco pensar en irnos a otro sitio. Llegamos allí y el trabajo que realizábamos era similar. La consulta se pasaba en casa de las Hermanas y la atención a domicilio. En Playa Prieta fue también espectacular. Nos lo pasábamos genial. Allí hacíamos más vida con las Hermanas porque vivíamos con ellas, y disfrutábamos cada instante de estar con la gente del pueblo. Conocimos a los niños del colegio. A los chicos que les daban catequesis y a los grupos del Hogar. Al final del viaje creo que no podríamos escoger entre una comunidad u otra porque ambas se complementaron y fue la experiencia conjunta que nos encantó.

¿Qué es lo que más te costó?
Lo que más me costó fueron los hábitos rutinarios. Por ejemplo: como madrugar, porque yo soy bastante dormilona. Eso me costaba bastante. También que hace mucho calor y sudas mucho. Pero quizás lo mas desagradable eran las picaduras de los mosquitos, que te acribillan y es insoportable. En realidad nada que pudiera superar a lo bien que nos lo estábamos pasando y a lo agusto que estábamos.

¿Qué es lo que más te impresionó?
Lo que más me impresionó a nivel médico fue ver que había muchísimas enfermedades crónicas que en España se podrían controlar perfectamente con una atención continuada al médico de atención primaria, y que allí estaban descontroladas, a pesar de lo cual la gente llevaba una vida relativamente normal. Me impresionó también la generosidad que tienen los habitantes de los barrios para cuidar de gente que no tiene dinero o que se queda sin familia, y a los que acogen como si fueran de su propia familia siempre que lo necesitan.

elena 6¿Cómo vivías tu vida cristiana antes? ¿Y ahora? ¿Ha supuesto un cambio en tu vida el viaje?
He crecido en una familia, a la que adoro, de cuatro personas, mis padres, mi hermano pequeño y yo. Es una familia cristiana, practicante. Mis padres siempre han estado muy involucrados en el consejo parroquial de nuestra Parroquia, y junto a sus mejores amigos forman parte de la comunidad que creó, hace años, un grupo de matrimonios. Hemos cantado en el coro. Asistíamos a catequesis. En fin, una vida cristiana en principio buena. Pero sí es verdad que mi hermano y yo, a pesar de tener esa referencia tan buena de nuestros padres, y de tratar de practicar lo que ellos nos han enseñado, vivíamos el cristianismo desde una perspectiva racional. Ninguno sentíamos de una manera muy personal la presencia de Jesús en nuestras vidas. Cuando fui a Ecuador iba a misa la mayoría de los domingos. Algún domingo no lo hacía porque me parecía que tampoco pasaba nada si te saltabas alguno. Cosas que después cambiaron. Fui con la idea de seguir con lo que era mi vida habitual, y mi práctica normal de la religión. Allí, comenzamos a convivir con las Hermanas, oíamos sus conversaciones, y vimos que ellas asistían a la Eucaristía todos los días, y comulgaban. Me di cuenta bastante pronto que yo no estaba muy preparada para recibir a Jesús como lo hacían ellas. Sentía que si yo lo hacía, aunque lo había hecho unas semanas antes, era una traición. Y entonces no comulgaba. Compartía con ellas los ratos de oración. Y anhelaba ese momento de comulgar de una manera auténtica como hacían ellas.
Llegó un tiempo, estando allí en Ecuador, en que las Hermanas tenían ejercicios espirituales y decidí unirme a modo de experiencia. A ver qué pasaba. Cada día que se comulgaba durante los ejercicios, yo veía a todo el mundo que se levantaba y comulgaba. Yo decía: “Dios mío, yo quiero. Me gustaría poder levantarme e ir como ellos a comulgar. Es lo que más me apetece en este momento”. Pero me tenía que confesar. Terminaron los ejercicios sin haberme confesado. Al hablar con las Hermanas, una me preguntó: “¿es que no quieres comulgar?” y yo le dije: “me estoy muriendo por comulgar, pero no me he confesado. No me siento preparada. Y no he visto el momento oportuno de hacerlo”. Y me dijeron: “pues eso se resuelve en un periquete”. Hicieron una llamada telefónica y ya lo tenían todo preparado. En media hora, cogimos un coche, y nos dirigimos a Portoviejo, la ciudad donde nos esperaba el sacerdote.
Entré en el confesionario y no sabía por dónde empezar porque hacía años que no me confesaba. Entonces le dije: “Padre, no sé ni lo que tengo que decir”. Y él me dijo: “si te parece  podemos comenzar dando gracias a Dios”. En ese momento, y aunque yo pensaba que iba preparada totalmente, porque no sentía vergüenza de lo que le iba a contar, me puse a llorar y no pude parar. Entonces le conté todo lo que había arrastrado durante años, me escuchó y me aconsejó de una manera super tierna, y muy paternal. No se escandalizó de ninguna de las cosas que le dije. Me dijo que lo que tenía era una segunda oportunidad y que la tenía que aprovechar. Me puso las manos sobre la cabeza y tuve un momento muy fugaz en que me sentí llena de gracia. Sentía que me estaba inundando el Espíritu Santo, preparada para cualquier cosa, aliviada, y feliz. Renovada. Todo a la vez. Cuando volví, hubo una Eucaristía y comulgué. Lo recuerdo como si hubiera hecho la primera comunión ese día. Y como uno de los días más felices de mi vida.

¿Y ahora?
Mi vida cambió en ese momento. Me di cuenta que necesitaba cambiar ciertas cosas, y comencé a tomármelo en serio. Desde entonces he tenido la sensación de que en la Eucaristía siempre he estado recibiendo a Jesús. Y a veces me digo: “es que podría estar en una Eucaristía detrás de otra, disfrutando del momento y aprendiendo de las cosas que leemos, de las que hablamos”. Me ha cambiado como persona.

elena 5¿Por qué quisiste volver a Ecuador una segunda vez? ¿Era diferente? ¿En qué?
Supe que quería volver a Ecuador desde que me fui la 1ª vez. Lo que había vivido allí. Lo feliz que me había sentido era tan enorme que desde ese momento supe que quería volver. Incluso sabiendo que ningún residente de mi hospital había conseguido rotar dos veces en el mismo sitio, yo lo intenté y me concedieron el permiso. Así que volví a irme a Ecuador, en esta ocasión acompañada por Helena Marcos, que eso también hacía que cambiaran las cosas, y me apetecía mucho. El plan allí fue más o menos parecido, excepto que ahora ya la comunidad de Guayaquil estaba más establecida y también pasamos unos días con ellas. El tiempo en Playa Prieta iba a estar dedicado a unas misiones que habían organizado las Hermanas junto con unos sacerdotes de la zona. En concreto unas comunidades del Puyo, una zona rural selvática, cercana al Amazonas.

Cuéntanos la experiencia del Puyo.
El Puyo es una región que está en el oriente ecuatoriano limítrofe con la selva del Amazonas. Las Hermanas con algunos de los sacerdotes, habían pensado apoyar a un sacerdote, el P. Pedro, el único misionero encargado de más de 70 comunidades de esa región. Son zonas de acceso limitado y en las que normalmente es difícil que llegue ayuda o la visita de otras personas.
Las Hermanas les contaron esta idea a sus estudiantes del último año del colegio los cuales decidieron de motu propio, cambiar su viaje de fin de curso y acompañar a las Hermanas a la misión del Puyo. Nosotras les acompañamos también por si necesitaban ayuda médica.
Llegamos allí después de un viaje de unas 10 horas aproximadamente en coches. Íbamos por equipos que se distribuyeron por comunidades. Había una que era como la comunidad base. Ahí se quedaron dos Hermanas con algunas de las chicas. Una 2ª comunidad fue a Sharup, que estaba a una hora caminando aproximadamente. Una 3ª comunidad, a Yampis, que era la más lejana, estaba a 8 horas caminando y había que atravesar ríos, zonas con lodazales, a la que era muy, muy difícil llegar y que era la última a la que había llegado el P. Pedro, el misionero. Y una 4ª comunidad, S. José, que estaba a dos horas y media o tres. La experiencia fue increíble. La gente era generosísima. Daban lo poco que tenían. Porque allí principalmente la alimentación está basada en yuca y plátano nada más. No toman proteínas. Los niños no sabían qué era la leche. Se quedaban impresionados cuando veían la comida que nosotros llevábamos. Aunque en realidad eran legumbres enlatadas, pan, salchichas. Cuando les dábamos a probar de nuestra comida, se les ponía una sonrisa impresionante. Las comunidades eran muy pobres. Tenían ropas sucias, harapientas, que además creíamos que se habían puesto probablemente porque habíamos llegado nosotros. Nos dieron la bienvenida con la famosa chicha, que es yuca mascada por una mujer y fermentada con la saliva y que hay que beber en señal de agradecimiento cuando eres huésped.
Los equipos se dedicaban principalmente a dar una catequesis muy básica a los niños y también a los adultos, y a preparar a los que tenían que recibir algún sacramento. Hacíamos una Eucaristía diaria en cada comunidad. En una ocasión, fue debajo de un chamizo sin paredes que servía de comedor y cocina, y rodeados de tarántulas y otra fauna de la zona.
La verdad es que se hizo el tiempo cortisimo y hubiéramos deseado permanecer allí muchas más semanas. No lo cambiaría por nada del mundo. Y la verdad es que las dificultades físicas acabas olvidándolas, cuando tienes la recompensa de las sonrisas, de las Eucaristías todos juntos, de los abrazos. Merece la pena.

¿Qué es lo que más necesita la gente de Ecuador?
Creo que lo que más necesita la gente de Ecuador,  y de todo el mundo, es que los quieran y que les enseñen cuánto les quiere Dios. Es verdad que ellos tienen unas necesidades materiales mayores que nosotros, en cuanto a comida, a servicios básicos, infraestructuras, y en eso también hay que ayudarles. Pero principalmente hay que ayudarles a cubrir las necesidades espirituales, y enseñarles que existe una vida mejor, que al lado de Dios todo es más fácil, y que Él está dispuesto a acompañarnos aunque lleguemos tarde.

¿Cuáles son tus planes para el futuro? ¿Has pensado ir otra vez de misiones a Ecuador o a otro país?
Mis planes más inmediatos son trabajar aquí en Madrid en el hospital, y en algunos Centros de Salud, y por supuesto en la medida de lo posible, quiero volver a Ecuador, y con los ecuatorianos que me han enamorado desde el primer momento. Me encantaría volver otra vez.

©Revista HM º176 Enero-Febrero 2014

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