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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Categoría: Entrevistas

Entrevistajose francisco pradas

D. José Francisco Pradas, ordenado hace siete años, es actualmente párroco de Perales del Río, un pequeño pueblo de la diócesis de Getafe (Madrid). Procedente de Sevilla, su familia se trasladó a Madrid por razones de trabajo y fue de esta forma providencial como él pudo conocer el seminario de Getafe donde estudiaría y más tarde se ordenaría sacerdote. Llegó a Perales para sustituir al anterior párroco, que estaba enfermo, y lleva allí unos dos años y medio.

¿Se siente llamado a formar parte de la Nueva Evangelización?

Por supuesto. Me siento llamado a formar parte de la nueva evangelización que la Iglesia necesita, que el mundo necesita. Yo creo que esa es la nueva evangelización: hacer caer en la cuenta, primero uno mismo y después a todos los que me rodean, que es necesario estar volviendo continuamente a este primer amor. Es necesario transmitir a la gente, a toda, a los que vienen y a los que no vienen, a los que creen y a los que creen menos, que es algo muy hermoso, el poder experimentar cómo un Dios puede fijarse en ti, cómo puede, no solo fijarse sino enamorarse de ti y cómo puede desear vivir contigo. Los que hemos probad un poquito de este amor tan maravilloso, no nos podemo permitir el guardar este evangelio, esta alegría, este amor, esta pureza, que es en esencia Jesucristo, para nosotros mismos. Es verdad que es difícil y es complicado llegar a ciertos jóvenes, a ciertos ambientes, a ciertas familias, o a ciertas partes de la sociedad que son más hostiles o que han sufrido más, o no confían o que no esperan nada. Yo creo que esa es la mayor tristeza del hombre: el no esperar nada. Pero a la vez se convierte en algo muy hermoso poder llevar esta vida, poder llevar esta alegría, poder llevar a Jesucristo a todo el mundo. A los que le han conocido, o lo hemos conocido, que necesitamos esta nueva evangelización para fortalecer nuestra fe, fortalecer nuestra caridad, nuestro deseo, nuestra adhesión a la Iglesia, a los sacramentos, y a los que no lo han conocido también.

¿Cómo vive esta nueva evangelización? ¿Hace apostolado? ¿En qué consiste?

¿Cómo no hacer apostolado? ¿Cómo no hablar a otro de lo que llevo? Yo creo que el apostolado, aunque suena un poco egoísta, empieza en mí. Empieza en mis horas de oración, todos los días, por la mañana y por la tarde, y por la noche, en cómo yo vivo la Eucaristía, cómo la celebro, cómo me confieso todas las semanas, cómo participo de la liturgia de las horas, de la lectura de la Sagrada Escritura, de los Padres de la Iglesia, de los santos. Nadie da lo que no tiene y por eso es una aventura muy hermosa porque aquí el primer beneficiado soy yo. Como yo ore y me ofrezca y viva la penitencia, la mortificación, la abnega¬ción y así se lo entrego a los demás. Aquí en la parroquia puedes organizar catequesis de niños, catequesis de fami¬lias, peregrinaciones, convivencias de familias, etc. Pero el centro de la evangelización es siempre Jesucristo y de esto no hay duda. Puedes cantar mejor o peor, puedes hablar mejor o peor, tener más ideas o luces o menos, pero al final si tú te echas a un lado y dices hay que dar a Jesucristo y que la gente conozca a Jesucristo y ame a Jesucristo y todo lo que conlleva Jesucristo, entonces la gente se siente maravillada y cautivada. Es poner a Jesucristo en medio.

Tiene su parte de cruz también, ¿no?

Todo apostolado tendrá sus frutos si comienza en la cruz, yo esto, lo tengo clarísimo. La cruz es la puerta del Cielo. Que no nos dé ni vergüenza ni miedo a hablar de abnegación, de la reparación, de la entrega, del morir a uno mismo para que los demás vivan. Aquí yo estoy siendo testigo de esto cada día. Yo en las homilías predico muchísimo de la abnegación, del morir, de la reparación, de la entrega, de la confianza, y luego se nota que ellos son capaces de entregar su vida por los demás. Es hermoso ver cómo en la comunidad parroquial muchos mueren a gustos suyos para dar gusto a otro. Entonces todo apostolado tendrá su fruto si parte de la cruz, y desde la cruz, con Jesucristo, intentamos llegar a los demás.

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¿Ha tenido que sufrir para testimoniar la fe?

Cuando uno se plantea lo del sufrimiento por testimo¬niar la fe pues es verdad que uno siempre va a sufrir. Va a sufrir porque verá muchas personas que no se acercan a Dios o que buscan pero buscan en otras personas o en otros ambientes, o en otras formas, que al final no les va a dar la alegría y para mí este es el primer sufrimiento. Mi sufrimiento es que haya muchos que lleguen a tocar este fondo. Luego, por testimoniar la fe siempre hay o personas que te insultan o se ríen. A mí me duele mucho en la pro-cesión del Corpus Christi cuando estás con el Señor y que hay gente que está como si no fuese nadie y tú sabes que es el Señor, al que has consagrado la vida. Sucede también lo típico, ¿no?, te rompen una cosa, te hacen una pintadita en la iglesia. A mí estas cosas me motivan y me gustan porque esto significa que el demonio está muy inquieto, y si está inquieto es por algo, y si es por algo es porque hay muchísima gente amando a Jesucristo y que el Señor está muy presente en todos los sitios. Entonces el demonio tiene que dar guerra, y que la dé, a mí esto no me importa porque al final es el Señor quien lo hace y a uno le sirve para darse cuenta de que aunque el demonio atice mucho y aunque intente desviar los caminos de mucha gente, si uno se fía, es el Señor el que conduce. “El Señor es mi pastor y nada me falta”. Me gusta mucho cantarlo y rezarlo. “Aunque camine por cañadas oscuras nada temo porque tú vas conmigo”.

¿Tengo miedo? Mucho, pero mi mayor miedo es separarme de Él o el pecar, el hacerle sufrir. Pero miedo al apostolado, no. Miedo a hablar en los colegios, a las familias, al policía que viene a ayudarnos, al ayuntamien¬to, al de la tienda, no. No, porque es algo muy hermoso que tú tienes y que tú vives y que sería muy egoísta si te lo guardaras. El Señor lo dice: “dad gratis lo que habéis recibido gratis”. Desde que era pequeño, el Señor me ha regalado infinidad de cosas, entonces sería muy egoísta si lo guardara o no lo dijera. Mi forma de apostolado no es otra que con la experiencia, no puedo hablar de otra cosa, no sé otra cosa. ¿Qué les voy a dar mejor que Jesucristo? Entonces lo que me hace sufrir es que un chaval se cierra y ¿qué te queda? pues el rezar mucho, aparte de estar allí y que él sepa que estás allí, el ofrecerte tú. Yo creo que este es el mayor sufrimiento que la Iglesia tiene, que muchos de sus hijos buscan la paz, la alegría, el placer en muchos sitios, pero en realidad sólo se encuentra en Jesús.

¿Merece la pena hablar de Jesucristo?

En este mundo en que estamos merece la pena mucho hablar de fútbol, merece la pena hablar de moda, merece la pena hablar de dinero, de economía, ¿no a merecer la pena hablar del que ha creado todo? Merece la pena hablar de “amores” del que se enamora, del que se ha ido, del que se ha casado, ¿no va a merecer la pena hablar del Amor en mayúscula? Pues claro que merece la pena hablar de Jesucristo. Cuando uno habla con Él, descubre que merece la pena hablar de Él. Hablar de Jesucristo, sin miedo por supuesto, bien cuando uno habla mucho con Jesucristo. Cuando uno se empapa de estar con Él, y de llorar con Él, y de reírse con Él, y de compartir con Él, al final en la vida tiene una necesidad muy grande de que los demás lo conozcan. Yo lo vivo así. Necesito contar las anécdotas del Señor, sus milagros. El Papa nos ha dicho que seamos sen¬cillos, que no ambicionemos, que volvamos al Evangelio. Yo soy muy devoto de S. Francisco de Asís, y él empieza su regla así: “Queridos hermanos, e hijos, vivan ustedes el Evangelio sin glosa alguna”. Cuando uno presenta el Evangelio tal como es, a la gente lo enamora. Cuando uno va y se encuentra con el Señor, ya no puede mirar otro si¬tio. Y por lo tanto, no puede dejar de hablar de Jesucristo. S. Pablo dice a tiempo y a destiempo. Yo no sé hablar de otra cosa, y no quiero hablar de otra cosa. Hablando con un anciano o un enfermo, es que Jesucristo tiene palabras de vida eterna que nos valen a todos.

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¿Qué le diría a alguien que no tiene fe?

Yo les diría simplemente que se dejen asombrar. Lo primero que hago es decirle al Señor en la oración o por la noche “sal al paso de este chico o esta chica o este ma¬trimonio, de esta familia, entra en ellos, sorpréndeles” y luego se lo digo a ellos, por supuesto, “déjate sorprender, déjate tocar, déjate interpelar, déjate asombrar”. La mejor evangelización que uno puede hacer es con la experiencia propia. Mi experiencia, desde que hice la primera comu-nión hasta hoy, es que aunque sea con tentaciones y con caídas, tengo una certeza muy grande de que Dios está en mi vida. En la primera comunión le pedí poder recibirle todos los días, poder ir a misa diaria, y así ha sido hasta el día de hoy. En la Misa es donde ocurre el mayor milagro que puede ocurrir, cada día. Entonces, ¿qué decir a uno que no tiene fe? pues, lo que uno experimenta, lo que uno vive. Les hablaría del perdón porque lo experimento en mí cada semana, la misericordia, el abrazo que el Padre me da, la fraternidad, pero sobre todo la alegría que Jesucristo da. Esto no lo puedo dudar, ni negar. Ojalá que habláramos más de Dios en todos los ambientes, de Dios Amor. Yo paso horas con Él, lo más que puedo. Para luego gastarte en predicar, en llevar grupos, en ir a los colegios, a la resi¬dencia, en el despacho, en Cáritas, en atender a los pobres, todo esto es maravilloso, y hay que hacerlo, pero sólo uno puede hacerlo si de verdad ha pasado largas horas con Él. Entonces sí, tienes que hablar de Él. ¿Y miedo? Ninguno.

¿Cree que hay esperanza para este mundo en el que nos ha tocado vivir?

Si dudara un poco de que Jesucristo es el Rey pues no habría esperanza y no merecería la pena luchar, ni entregarse, pues porque es verdad que en el mundo hay mucho sufrimiento y mucho daño, hay mucha enferme¬dad, muchas chicas, o muchos chicos, malgastan sus vidas, pero volvemos a que la última palabra no la tiene el mal, la tiene Jesucristo, la tiene Dios, y por supuesto hay esperanza porque Él es la esperanza. Nosotros no vamos a convertir el mundo entero, nosotros somos meros instru¬mentos de Él. Dios reina y reinará y el mundo amará a Jesucristo, yo estoy convencido de ello. A veces me dicen: “eres demasiado optimista” o “confías demasiado”, “mira cómo está la sociedad”. ¡Perfecto! Jesucristo murió en una cruz para la salvación de los hombres. La clave es amar a Dios por encima de todo, vivir esta alegría. La gente cono¬cerá la Iglesia, conocerá a Jesucristo si nos ven contentos, si nos ven entusiasmados. Es una misión muy hermosa que nos ha sido encomendada y es primero enamorarnos nosotros de Jesucristo y su Iglesia y luego llevarlo a los demás. No me cuesta tener esta alegría porque me levanto por la mañana y digo: “gracias, Dios mío; ayúdame” y me acuesto por la noche y digo: “gracias, Dios mío, por tantos beneficios, por tantos regalos, por tanto como me das”. A todas las preguntas de que si merece la pena, si hay alegría... se les puede responder con la misma palabra de María: Sí. Sí a Dios, sí a su Iglesia y sí a todo lo que Él quiera. A nosotros nos queda decirle: “aquí está tu esclavo, que se haga en mí tu voluntad”.

©Revista HM  º182 Enero-Febrero 2015

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