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Entrevistas

Entrevista a Rosana Dirrenta y Dr. Alfredo F. Bartolotti

La joven Antonella Cristelli fue curada por intercesión de la Madre María Ludovica de Angelis.

El 3 de octubre de 2004 Juan Pablo II beatificó a la Madre María Ludovica de Angelis junto con otros cuatro nuevos beatos. El mismo día, en la Plaza de San Pedro, tuvimos la oportunidad de conocer el milagro que había decidido la beatificación de esta religiosa italiana, que desarrolló en La Plata (Argentina) su obra de caridad en un Hospital para niños. La madre de la niña milagrosamente curada por la Madre Ludovica y el médico que la atendió (ambos argentinos) nos contaron, en una larga conversación, el camino de fe que habían seguido hasta llegar a aquella jornada inolvidable de la beatificación de María Ludovica. La mujer de fe probada y el médico oscilante entre el positivismo científico y la necesidad de la fe, nos cuentan cómo Dios enredó los hilos de sus vidas para llevarles al fin a un desenlace inesperado y feliz.

- Rosana, ¿cómo comenzó todo?
Comenzó en el año 88. Mi hija, Antonella, nació con unapatología que se llama mielomeningocele. A causa de esa enfermedad tienecolocada una válvula por una hidrocefalia. Tiene también una vejiganeurogénica. Y tenía afectados los miembros inferiores.

- Usted, ¿cómo lo vivió?
¡ Ah, terrible! ¡Terrible! Yo era madre primeriza. Tenía 22 años. Y las mismas expectativas que tienen todas las mamás primerizas de tener un hijo y de que todo fuese bien. Y bueno, nos encontramos con el diagnóstico de Antonella: decían que podía no caminar, no hacer una vida normal, no orinar sola, no esto, no lo otro… eran todo no. A lo cual lo único que había que hacer era esperar a que pasara el tiempo y ver la evolución. En realidad yo tenía la fe de que nada iba a pasar. En el transcurso de los años yo me planteaba si me estaba negando a la realidad de la enfermedad que tenía; si es que me estaba volviendo loca, que también podía ser, o es que verdaderamente algo me decía que no iba a pasar.

- ¿Lo vivió todo con fe? ¿Cómo era su fe por aquel entonces?
Mira, al principio yo me enojé. Hice lo mismo que hace mucha gente: me parecía injusto. “Y ¿por qué a mí?”, preguntaba. Lo mismo me estoy preguntando hoy, por qué a mí, a nosotros, nos toca pasar por esta situación tan maravillosa. No sólo te lo preguntas en lo malo, sino que hoy me lo pregunto desde la otra situación. Pasé por todos los estados. Creía y no creía, estaba muy enojada con Dios, sentía que me había abandonado. Entonces un día me encuentro con una amiga que es salesiana, que siempre aparecía en mi vida en el momento en el que yo estaba ya tirando la toalla. Ella me hablaba de Dios pero yo no me atrevía a decirle que estaba enojada con Él. Hasta que ese día nos ponemos a charlar y le digo: “mira, yo te tengo que decir la verdad: yo no sé si creo o no creo, pero tengo una fuerza acá, que eso es lo que lleva para adelante”. Entonces me mira y me dice: “eso es Dios”. Y ahí fue como que se me abrió la cabeza. Me dije: “¿a qué estabas esperando, que se te apareciera alguien y te dijera: mira yo soy Dios? ¡Ahora confío!”. Así que bueno, a partir de ese momento tuve conciencia de que no estaba sola y que lo que me movía a seguir adelante, a pesar de todo, era eso, la fe.

- ¿Cómo entró en contacto con la Madre María Ludovica?
Yo llegué a Ludovica a través de mi hermano, que es médico Pediatra y conocía de sus milagros. La Hermana Emilia Paternostro, del Hospital de Niños de La Plata “Sor María Ludovica”, le ofreció las llaves de la bóveda (donde está su sepultura) para llevar a Antonella. Así que, bueno, la llevamos allá cuando tenía nueve meses. Entramos a la bóveda, nos pusimos a rezar y mi hermano me pidió que dejara a Antonella en el suelo. Antonella, hasta el momento, no se ponía de pie. Ese día, mientras estábamos rezando, se alzó, por primera vez. Ese fue un acontecimiento que nos llamó poderosamente la atención.

- ¿Siguió mejorando la niña a partir de entonces?
La evolución iba siendo buena. En el año 92 el Doctor Alfredo Bartolotti tenía que operarla de la vejiga, porque tenía hecha una derivación vesical al exterior por donde orinaba y ahora había que cerrársela y hacer un reimplante de uréteres. Le iba a hacer también una ampliación de vejiga y extirparle un riñón porque ya no tenía casi función. Cuando le va a hacer la operación descubre que la vejiga con una medicación puede funcionar y decide no hacerle la ampliación. Se encuentra también que el riñón está en mejor estado de lo que figuraban los estudios, así que decide no sacarle ese riñón. Antonella evoluciona bien, tiene sensación de orinar, aunque hay que vaciar la vejiga con unas sondas, haciéndole cateterismo. Y bueno, pasa el tiempo y en el año 96, se descubre que Antonella tiene una megavejiga cuando debía ser al contrario que se hubiese contraído. Cuando él me comenta esto yo le digo: “bueno, eso es un milagro”. Y él me dice: “no, no sé, yo no creo en los milagros, yo no creo en los milagros”.

- Y a partir de entonces, ¿qué pasos se dieron?
En el año 99 mi hermano decide presentar el caso, animado por la Hermana Emilia. Va a ver al doctor Bartolotti y él dice que ofrece todos los estudios que tiene, que presta toda la colaboración, pero que él no lo firma porque él no cree en los milagros. Y como mi hermano era médico firmó y se mandó el caso a Roma. Desde allí empiezan a pedir estudios y cosas más específicas. En estos cinco años se pasó por todas las pruebas que había que pasar, se respondieron todas las preguntas que se tenían que responder. Y bueno, hemos estado en la Misa de beatificación también con don Alfredo Bartolotti, que no creía en los milagros. Estamos muy felices, Antonella está muy bien, hoy tiene 16 años, hace una vida absolutamente normal. Esto es un regalo del Cielo.

- Y ahora, doctor, ¿puede presentarse?
Sí. Yo soy el doctor Alfredo Federico Bartolotti, cirujano infantil. Hago urología en particular, en el Hospital de niños de La Plata “ Sor María Ludovica”.

- ¿Qué relación tiene con el caso de Antonella?
Yo conocí a Antonella y su familia cuando estaba internada en terapia neonatal en la Clínica del Niño, allá en La Plata. Tenía una vejiga neurógena como consecuencia de su enfermedad, una mielodisplasia, con una vejiga que se llama hipertónica, de mucha presión, que deteriora el largo urinario y lastima los riñones. En aquel momento estaba realmente muy mal la nena. Le hicimos lo que se llama una vesicostomía, una derivación de la vejiga al exterior para sacar la orina y poder descomprimir la situación que se agravaba minuto a minuto y que había dañado severamente el riñón derecho. Eso fue de recién nacida.

En el año 92, ya con cuatro años, había que cerrar su vesicostomíapara que volviera a reintegrarse en la vida normal y poder quitarse los pañales.En ese momento yo había regresado de un viaje a Estados Unidos, dondehabía aprendido una serie de técnicas. Una de ellas, que se llama “deampliación”, era ideal para este tipo de vejiga: el tamañoque le falta a la vejiga se aumenta con intestino de la misma niña, entonceses una vejiga enorme, que baja la presión y puede cerrarse la vesicostomía.Esta niña era una candidata ideal a la ampliación de la vejiga.Y el día que yo decido operarla, cuando voy para el hospital, por algúnmotivo que no puedo decir claramente dije: “No la opero”. Unos díasdespués pedí otro estudio más que faltaba, no en La Platasino en Buenos Aires. El estudio dice que sí, que efectivamente es unavejiga disinergia, de alta presión, que había que ampliarla y todolo demás.

Bueno, al final se vuelve a reprogramar la cirujía dos meses después.Yo no conocía la historia de ellos, que habían ido a Ludovica,ni mucho menos. Y cuando la opero, implanto los uréteres, miro la vejigay… la vejiga no era ni mala ni buena, era una vejiga como cualquier otra.Y… no sé, la cerré simplemente. Le reimplanté losuréteres y cerré la vejiga.

Y bueno, se ve que a Ludovica se le fue la mano con el milagro porque… la vejiga es mucho más grande de lo que debiera; una vejiga debería tener 200, 300, 400 cc y unos meses después, cuando el estudio, tenía entre 500 y 600 cc, una cosa impresionante, en mi vida había visto una cosa así. Y es realmente una cosa que no tiene mucha explicación. Yo, cuando vi la radiografía de control, dije: “Dios mío, ¿y esto?”.

- Usted no creía en el milagro. ¿Cuál fue su reacción?
Yo… nunca fui un escéptico, pero bueno, caminaba por la cornisa de la fe, por decirlo de alguna forma. Uno cuando es más joven se hace un poco positivista ¿no? Pero no me opuse en absoluto a que presentaran el caso. Digamos que siempre guardé cierto escepticismo en que realmente fuese aprobado como milagro. Y allí quedó.

- Entonces, ¿qué fue lo que derrumbó sus prevenciones?
El 17 de noviembre de 2002 a mi “pibe”, Leandro de quince años, le pegan un tiro, un mafioso, un tipo que regentaba un prostíbulo, una cosa ilegal totalmente. A las tres y media de la mañana, cuando el chico está volviendo de un cumpleaños, solito, de noche, lo confunden con algún otro “pibe” y el tipo… totalmente poseído, sacó un revólver y lo corrió a tiros y le perforó el pulmón y el corazón. Y… Leandro estuvo…, bueno, caminó 300 metros muriéndose, hasta que se desmaya al otro lado de la plaza y allí unas chiquitas, que pasaban, lo auxiliaron. El se desmaya de golpe. Viene una ambulancia y se lo lleva. A nosotros nos llaman a la madrugada diciendo que el “pibe” está grave, realmente se estaba muriendo. Cuando llegamos al hospital… le estaban operando. Además somos médicos mi mujer y yo, nos dimos cuenta de la gravedad de la situación.

Allí conocimos al Padre Sergio, que es el Padre del Policlínico,de ese hospital, que nos ofreció ayuda espiritual. Realmente nosotrosen ese momento no estábamos para nada… Queríamos ver cómoestaba el chico nada más. Y bueno, después pasó a terapia.Se suturó el corazón y se le recompuso su pulmón. Y el mismodía o al día siguiente, el hermano de Rosana, el que presentó elmilagro, llega al hospital y le da una medallita de Ludovica a mi mujer y ledice que le va a ayudar. Bueno, el chico anduvo mal realmente. Estuvo a puntode morirse.

Así es que entre la fe y la ciencia lo salvaron. Lo de Leandro es un hechomédico que tiene explicación médica. Pero ¿por qué lescuento esto? Porque lo interesante de la situación es que a los 17 díasle sacan el tubo de la traqueotomía y yo, puedo hablar con mi hijo. Lepido que me dé un beso y le digo: “bueno, si te salvaste de estotenemos que hacer algo juntos: ¿qué quieres hacer?”. Y él,por el agujerito de la traqueotomía, me dice: “llévame aRoma”. Entonces le digo: “¿a Roma? Sí, vamos ir a Roma-le digo- pero... no ahora”. Tiempo después, cuando le hice referenciaa esto, él no recordaba lo que me había dicho.

- ¿Qué supuso esta prueba para usted y su familia?
Mis hijos no estaban bautizados. Mi mujer y yo estamos bautizados y tomamos la Primera Comunión, pero no nos casamos por la Iglesia. Somos gente honesta, pero estábamos alejados de la institución eclesial. La primera que se bautizó es nuestra hija más pequeña. A los 14 años decidió bautizarse, cosa que nos pareció bárbara. Ejerció su libertad, ¿no? Así que, cuando Leandro sale, él y la hermana deciden que se van a bautizar.

- Y ¿cuándo se bautizó él?
Bueno, se anunció la beatificación. La superiora, la Madre Emilia, me ofrece que Leandro tome la Comunión con el Papa. Entonces yo voy a casa y le digo: “mira, Leandro, pasa tal cosa, pero te tienes que bautizar, esto es una decisión que tienes que tomar tú, porque una vez me dijiste que te ibas a bautizar, ahora puedes bautizarte o no”. Bueno, el hecho es que hace unos días apenas se decidió. Mi mujer y yo, por todo esto, decidimos casarnos por la Iglesia una mañana y…, en fin, lo hicimos en la capilla del milagro de las hermanas de la Misericordia, y a la tarde, en la capilla de nuestro hospital, se bautizaron los chicos.

Y… bueno, en la ceremonia de beatificación yo le entregué laofrenda al Papa con los papás de Antonella, y Leandro tomó su Comunión.Así que supongo yo que eso es la petición que me hizo de que lellevara a Roma, ¿no?

- Ver al Papa tan cerca ¿qué le ha supuesto?
Sentí una enorme tranquilidad. Pensé que iba a estar nervioso… Me dio una absoluta… no sé si llamarlo paz. Fue muy bueno realmente. Mi hijo, Leandro, está conmovido, absolutamente conmovido.

- ¿Lo experimenta como un crecimiento de su fe?
Absolutamente. Sí, porque un amigo odontólogo me dice que la ciencia pura plancha mucho la perspectiva ¿no? La espiritualidad siempre te da una dimensión totalmente distinta para poder aceptar lo que uno hace como ciencia. No son incompatibles la una con la otra para nada, lo que pasa es que a veces uno deja un camino y agarra el otro, pero bueno, si de esto resulta que uno puede seguir los dos caminos a la vez, me parece fantástico.

- ¿Por qué se explica esta intervención de Dios en su familia?
Dios sabrá. Pero, si uno lo piensa, hay un hilo conductor, que empieza hace mucho. Una intervención maligna, dispararle a una criatura por la espalda es terrible; pero cuando uno ata todo, las cosas van encajando. Aquello fue impresionante. Ahí uno cambia. Los días que estuvo internado se nos abrió el abismo. Las posibilidades de muerte eran mayores que las posibilidades de vida y el camino de la fe es el que te queda, no hay otra cosa, hay que agarrarse y uno se da cuenta del porqué. Y la cadena de oraciones era “monstruosa” para el pibe. Y la compañía de esta gente en la puerta, todo el día… se sentía el empuje. Y yo decía: “tiene que salir este pibe”. Había algo que empujaba y empujaba. Y ayudaban los médicos, y ayudaba la gente y la oración y… bueno, acá tenemos al “pibe”.

- Rosana, tú rezabas por él a Ludovica ¿qué sientes ahora?
Yo salía de verlos a ellos, me iba a mi casa, le prendía la vela a Ludovica, rezaba y le decía: “no me puedes fallar, tienes que ayudarlo, no me puedes fallar”. Y así todos los días. A la vez él me esperaba todos los días, porque él confiaba en la fe que yo tenía. Un día, en la puerta del Hospital, me volvió a preguntar lo mismo: “¿y si mi hijo se salva?”. Le digo: “pues prepárate porque nos tenemos que ir a Roma”. Y ya estamos, todos en Roma, con su hijo, con mi hija, todos. ¡La historia es maravillosa!

-¿Qué nos diría para terminar?
É l nos elige, no tengo dudas de que nos elige para todas las cosas. Dicen que los tiempos divinos son perfectos, y es así. Cada uno de nosotros pasó todo lo que tenía que pasar y Dios sabrá por qué. Hoy es maravilloso lo que vivimos.

©Revista HM º121 - Noviembre/Diciembre 2004

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