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Entrevistas

Hablamos con Anne Sophie

¿Puedes presentarte?
Me llamo Anne Sophie, tengo 26 años y soy originaria del oeste de Francia. Soy la mayor de una familia católica de 5 hijos.

¿ Cómo es la educación que te dieron tus padres?
Mi padre y mi madre, desde mi primera infancia, me han educado en la fe enraizada en el amor y en una relación personal e íntima con Jesús. Siendo muy pequeña, tenía ya el deseo de hacer la Primera Comunión y tomaba a los santos como modelo para construir mi vida. Les quería mucho por su determinación en seguir a Cristo aun siendo conscientes de su pequeñez. Santa Teresa de Lisieux, Santa Juana de Arco (por su valor, su fuerza), San Pedro (que era pecador, pero tiene un gran amor), San Juan Bosco (por su amor a los jóvenes), Santa Isabel de la Trinidad, Santa Teresa de Ávila, San Antonio, San Maximiliano Kolbe, el Santo Cura de Ars… ¡es muy difícil elegir!

¿ Cómo se vivía la fe en tu casa?
Siempre hemos rezado en familia y nuestros padres, por su elección de vida, nos han abierto desde jóvenes al amor a los pobres y a darnos por los demás. Un año, por ejemplo, ¡llegamos a pasar la fiesta de Navidad con gente de la calle, en lugar de juntarnos con nuestra familia, como los demás! Aquello fue un gran sacrificio para mí, que me exigió mucha libertad en relación con los demás… y sin embargo aquella Navidad fue una de las más bonitas de mi vida, y comprendí mejor la alegría de los pobres junto a la Sagrada Familia en el Portal. Muy rápidamente me di cuenta de que no llevábamos la misma vida que la mayoría de la gente. De niña estaba muy orgullosa de ello; después, durante la adolescencia, fue más duro de aceptar. Pero esas experiencias tan fuertes me tocaban el corazón y yo sabía que allí se encontraba el camino hacia Dios.

¿ Has formado parte de alguna asociación juvenil?
Siendo adolescente entré en el movimiento scout. Para mí aquél era el lugar, después de mi familia, donde yo construía mi personalidad y que me ha ayudado a mantener firme mi fe en el Colegio y en el Instituto. Allí encontré verdaderos amigos, buenos sacerdotes para hacerme crecer espiritualmente, y un lugar para vivir en amor y en verdad con los demás. Aquello respondía también a mi sed de un ideal. En aquel tiempo me preparé para la Confirmación. Para mí fue una preparación muy importante, porque significaba elegir de manera definitiva a Cristo como al Señor de mi vida. Creo que aquél fue mi primer compromiso de adulta.

¿ Y más adelante?
Tuve que dejar mi familia para hacer los estudios superiores. La política y lo social me atraían mucho, porque aquello respondía a mi sed por un ideal. Por eso empecé a estudiar sociología y cultura con el fin de poderme comprometer al servicio de los hombres… Me vi en un universo anticlerical, donde todo lo que yo representaba era odiado por los otros estudiantes y los profesores… El único medio de cambiar nuestras relaciones era comprender las razones de sus reacciones y aprender a amarles permaneciendo en la verdad. Hubo días muy difíciles en que la gente estaba agresiva y se burlaban de mí porque yo nunca había tenido relaciones sexuales, por ejemplo… Mi consuelo era poder volver a encontrarme con mis amigos por la tarde, los scouts con los que también iba a la adoración y la Misa. Su amistad y la oración personal me supusieron un gran apoyo.

¿ Aprendiste algo de esa situación?
Es difícil, cuando uno está en un medio malsano, no dejarse contaminar… en esos casos, mis amigos y mi familia me permitían no vivir sola y, por tanto, no perderme… En revancha, aquello me enseñó igualmente la bondad del corazón del hombre. Una vez que comprendí que no tenía que intentar convertirles, y que yo misma llegaba a caer, mi mirada sobre ellos cambió… nuestras relaciones cambiaron. ¡Mis convicciones y mis valores les interpelaban! A medida que los estudiantes empezaron a conocerme, se abrieron a mí. Algunos habían tenido ya una vida muy dura, y finalmente habían encontrado con quién hablar. Me di cuenta de la suerte que tenía de saberme querida y de cuántos jóvenes tenían sed de algo más que lo que les habían propuesto hasta entonces. La otra dificultad durante ese periodo era la de no dispersarme… estaba demasiado comprometida en muchas asociaciones políticas, religiosas, de jóvenes… Mi tiempo libre estaba muy cargado entre los amigos, las veladas y mis diversas responsabilida-des… y al final mi vida no estaba muy regulada porque por una parte hacía demasiado y por otra dejaba grandes espacios vacíos. Esto deterioró incluso a veces las relaciones familiares, porque cuando volvía a casa de mis padres ¡era para salir o para dormir!

¿ Hubo algo que te moviera a cambiar?
Afortunadamente, durante el año del Jubileo, estando en casa de mis padres un fin de semana, fui a una vigilia de adoración eucarística organizada en nuestra parroquia. Allí, delante del Santísimo Sacramento, fui particularmente tocada por Jesús. Contemplándole en la Eucaristía y teniendo la experiencia de su misericordia de Padre, me di cuenta de cuánto me amaba por lo que yo era, no por lo que hacía. Me di cuenta de que me pasaba la vida haciendo cosas para Él, pero no me tomaba el tiempo de encauzar mi fuerza y mi amor hacia Él. Me di cuenta de que Él me invitaba a morar en Él, en su intimidad. Que yo podía anunciar su amor a los demás en la medida en que yo no me tomaba ya el tiempo de vivir para mí.

¿ Esto lo concretaste de alguna manera?

Terminaba mis estudios y decidí dedicar un año a hacer una labor humanitaria… finalmente, me di cuenta de que un año en la Escuela Internacional de Evangelización convenía mejor a los proyectos del Señor sobre mí. Esta Escuela, animada por la Comunidad del Enmanuel, situada en Paray-le-Monial (la ciudad donde Cristo mostró su Corazón a Santa Margarita María) ofrece una formación intelectual, espiritual, humana y misionera a jóvenes del mundo entero, a fin de aprender a vivir su vocación, enraizada en su bautismo, dentro del mundo. En el curso de ese año tan rico, aprendí a poner en orden el don de mí misma encauzando en la oración el Amor que yo debía anunciar. Aprendí a acercarme estrechamente al Corazón de Jesús, sin tener miedo de darle Todo, porque, como dice Santa Teresita, ¡Él quiere darnos Todo! ¡Descubrí también cuánto desea Dios hacer de nosotros hombres y mujeres libres! La experiencia regular de la confesión tuvo su parte en desanudar los lazos y las heridas que me impedían volverme a levantar.

Naturalmente la cuestión de mi vocación se me presentó, no sin miedos (ideas falsas, miedo al qué dirán, visión de mi propia incapacidad…) Con la ayuda de un sacerdote me dispuse a quedarme disponible a la llamada del Señor, particularmente durante un año en que rezaba a la Virgen María y a Santa Teresa de Lisieux con esta intención.. María es nuestra Mamá y nos educa. Ella misma no sabía mucho adónde la conduciría su Fiat, ¡lo descubrió paso a paso! Su fe en la Anunciación, su alegría en el Magníficat, su Fuerza al pie de la Cruz, su Esperanza el Sábado Santo, son ejemplos que nos muestran cómo Ella nos precede en el camino de la Fe. Ella me ha ayudado a descubrir la importancia de vivir el momento presente en la confianza. Ella protege contra los ataques a la pureza. Ella está llena de fuerza y de dulzura. Toda su vida es Eucaristía, Ella nos da a Jesús. San Luis María Grignon de Montfort decía que allí donde se encuentra María, se encuentra el Espíritu Santo… pero también que con Ella todo va mucho más rápido. Así que ¡hay que aprovecharse! Por su parte, Santa Teresita hace crecer mi deseo de santidad y mi Amor a la Iglesia. Ella, que estaba llena de ardor y de grandes deseos, sin salir nunca de su Carmelo ¡ha sido nombrada patrona de las misiones! A través de ella he descubierto que podemos a la vez ser débiles y tener derecho a alimentar grandes deseos. Tener experiencia de nuestra debilidad es un medio de experimentar mejor la misericordia de Dios. ¡Sin Él no podemos verdaderamente hacer nada! Con ella he comprendido que, sea cual sea nuestra elección y nuestro estado de vida, nuestra vocación real es el Amor.

¿ Y cómo resultó aquella experiencia?
Aquel año terminó sin una llamada particular. En compensación mi visión de cada estado de vida cambió y me encontraba con una gran paz en mi corazón que me permitía continuar avanzando. En el presente siento íntimamente que sea lo que sea nuestra vida, el Señor quiere colmar nuestros corazones y que Él no nos engaña jamás. Nuestra vocación profunda es vivir en su amor y responder a él libremente. Lo más importante es buscar hacer su voluntad. En la espera, vivo mi celibato en la alegría y en la esperanza, segura de que el Señor me conduce. Hay momentos difíciles, pero estoy convencida de que es un tiempo en que el Señor me prepara y me construye. Además le veo en mi vida, y eso me permite profundizar mi relación con Él y ¡mi vocación de mujer es muy importante en una sociedad que ha perdido tantos reparos! Para continuar dándome, he escogido caminar con la Comunidad del Enmanuel que descubrí durante mi Escuela de Evangelización. Esta comunidad está constituída por sacerdotes, consagrados, familias y jóvenes. Su carisma particular es vivir el «Enmanuel, Dios con nosotros» en nuestra vida cotidiana. Su espiritualidad está fuertemente ligada al mensaje del Sagrado Corazón, y, por tanto a la Eucaristía, y se articula entorno a la Evangelización, la Adoración y la Compasión. A través de esta comunidad yo recibo hermanos en la fe para continuar mi camino hacia Cristo, llevando una vida en el mundo. Como el Señor es coherente en nuestras vidas y escucha nuestros deseos, ¡me ofrecieron trabajar en la política al servicio de los jóvenes y de la cultura! Durante dos años, hice, pues, el trabajo que soñaba hacer durante mis estudios. Verdaderamente el Señor sabe de lo que tenemos necesidad y, cuando le damos nuestra vida, nos colma de sus dones. Después, una tarde, me propusieron venir a trabajar a Roma al servicio del Santo Padre y de los jóvenes, llevando la responsabilidad del Centro Internacional de Jóvenes de San Lorenzo.

¿ Cuál es la misión de este Centro?
Este centro, creado por el Santo Padre, tiene como misión acoger a los jóvenes del mundo entero que peregrinan a Roma, para ayudarles a entrar en la gracia de la Iglesia y de tener la experiencia de las Jornadas Mundiales de la Juventud en lo cotidiano. Así pues, he aceptado esta nueva misión en la confianza. Para mí es una gran alegría trabajar por el Papa en Roma… Nací durante su primer año de pontificado y aquí estoy a su servicio, él que siempre ha querido tanto a los jóvenes. Este hombre valeroso, testigo sin decaimiento de la Verdad, defensor apasionado de la Vida, nos ayuda a entrar en su mirada de esperanza y de Amor de Padre.

¿ Qué supone para ti la Eucaristía?
Al principio del año se ha inaugurado el Año de la Eucaristía. Para mí, la Eucaristía es verdaderamente la fuente de nuestra vida, porque es de ella de donde extraemos nuestra capacidad de amar y donde se aprende a dejarse amar. Es en la Eucaristía donde uno puede refugiarse y encontrar a Cristo, y donde se recibe la vida. En la Eucaristía podemos encerrar toda nuestra pobreza y toda nuestra riqueza… nos dejamos hablar al corazón y aprendemos a amar. Este año estará coronado por la Jornada Mundial de la juventud en agosto del 2005 en Colonia. El tema es «Hemos venido a adorarle» (Mt 2,2). También mi trabajo en Roma consiste en invitar a los jóvenes de paso por Roma a revestirse de la actitud de los magos para ponerse en camino y seguir a la estrella. En Colonia, están invitados a venir a adorarle con los jóvenes del mundo entero. Lo que yo les deseo es que se encuentren con la persona de Cristo contemplándole en la Eucaristía y de tener experiencia de su Amor, único por cada uno.
Que en su mirada vean cuánto les ama y que al regreso se conviertan con su vida en testigos llenos de esperanza de este amor… Sobre todo que no tengan miedo, vale la pena.

©Revista HM º123 Marzo/Abril 2005

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