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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Categoría: Entrevistas

Después del calvario viene la resurrección

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Te ofrecemos a continuación un extracto de su historia tomado del programa “Cambio de agujas” de HM Televisión. También puedes encontrar otras impresionantes historias de conversión en el libro “Cambio de agujas. De las tinieblas a la luz”. Puedes acceder a ambos a través de la web Eukmamie.org (Juan Laureano Garcia)

Quizá lo que me ha faltado es el cariño

Tengo 41 años. Soy de Madrid y vengo de una familia de clase media alta. Mi familia es católica aparentemente, pues no es practicante.

Mi padre nos prohibió ir a misa los domingos porque era el día del descanso del Señor, por lo cual no se iba ni a misa. Así, directamente. Mi madre era católica pero no podía ejercer su fe, no podía practicar, por obediencia a mi padre seguramente, y por no meter más dificultades en casa. Sin embargo, a la hora de recibir los sacramentos, mi madre se plantaba y decía: “Mira, lo que quieras, no vamos a misa, pero los niños se bautizan, hacen su Comunión y punto”. La Confirmación la he hecho ya en la comunidad del Cenáculo a los 33 años.

En resumen, de los 8 a los 31 años, Dios - nada. Únicamente alguna vez fui a misa con mi abuela. Me llevaba de la mano “voluntariamente obligado” y no me soltaba en toda la misa, yo creo que porque pensaba que me iba a escapar. Yo me pasaba el rato sufriendo, pues me parecía un “rollo patatero” del que no entendía nada y para colmo aferrado por mi abuela sin poderme mover. Así que era, más bien, una tortura. Fui a un colegio público en Madrid, que estaba justo enfrente del Colegio “La Sagrada Familia”, que era privado y allí todos iban con cosas “de marca”. Y parecía que uno era más importante o mejor si llevaba un tipo de marca u otra. Esta mentalidad me afectó, lo cual evidencia la falta de amor a mí mismo que tenía, pues me consideraba según lo que tenía. Quería tener algo para ser importante. Me fijaba en qué coche tenía mi padre, o en el hecho de que en el chalet que teníamos en la sierra, todos tenían moto menos nuestra familia. Éramos seis hermanos e íbamos en bicicleta. Esto era otra inferioridad más, era algo que me separaba de mi mismo ámbito social. Con el tiempo he entendido que mi padre hizo lo que pudo: me dio la vida, me facilitó estudiar hasta los 13 años, que es cuando yo quise dejarlo, me dio de comer, ropa. Pero quizá lo que me ha faltado es el cariño.

Buscando la felicidad en “lugares” equivocados

Dejé de estudiar, porque ya mis notas no eran buenas. Volvía del colegio y mi madre me preguntaba: “¿Qué tal el colegio?”, y yo: “Bien”. Y como tenía seis a los que preguntar, con este “bien” se conformaba de alguna manera. Pero en realidad, yo decía “bien” por decir algo, porque no sabía expresar mis sentimientos ni de inferioridad, ni de tristeza, ni de nada.

Al principio todavía no hacía tonterías para llamar la atención, pero un día llegué tarde a clase y en vez de volver a casa por el mismo camino, no fuera que me pillaran, me fui por otro lado y encontré unos billares. Había otros chicos de clase, mayores que yo, que fumaban cigarritos y jugaban al futbolín. Y me dije: “Ya podía haber encontrado este sitio antes, porque aquí se divierten, se lo pasan bien. Y yo yendo a la escuela como un tonto...”. Así es como pensaba, y me da un poco de pena contarlo.

A los primeros que vi con cigarrillos, después de mi padre, fue a mis hermanos. Veía que ellos se reían, se lo pasaban bien, entonces yo decía: “Yo estoy triste. Quiero también pasármelo bien”. Y efectivamente, al principio me reía muchísimo. Reír por cualquier tontería estando fumando era un desahogo de muchas cosas que tenía dentro, que no sabía analizar, y cuando me reía me sentía bien, me relajaba, no sé. Era también como un descubrimiento de la vida. Para tener las “Nike”, las gafas de sol “Rayban” y esas cosas quise empezar a trabajar. A los 13 años me ofrecieron trabajo como camarero en un pub de Madrid, y allí descubrí la noche en todo: sexo, droga, alcohol... todo. El alcohol me era útil en momentos de inseguridad: cuando había que bailar o hablar con una chica, dos “copazos” y ya iba bien. Y la droga y el sexo eran como un descubrimiento. Tenía una gran confusión a nivel afectivo, y poco a poco el placer se convirtió en el sentido de mi vida. No comprendía más y si alguien me hablaba de otra cosa no me interesaba.

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A los 15 años murió mi padre y yo, en vez de sentir tristeza, sentí alegría. Y sobre todo experimenté desahogo: “Ya no me pegará más, ya puedo trabajar... “Ancha es Castilla”. Puedo desaparecer de casa”. Además, mis hermanos estaban enganchados ya a la heroína, con lo cual mi madre ya estaba ocupada como para preocuparse de mí que todavía no estaba tan mal.

Yo tenía una fuerza física natural, no había que cultivarla mucho, pero me di cuenta de que cultivándola un poquito me sentía mejor. Así que este era un poco mi dios. Me di cuenta de que en las bandas en las que me movía, si había alguna pelea, el que ganaba alcanzaba mucho éxito en el grupo, entonces me dije: “Esta es la mía, me pongo a dar tortas aquí a todo el mundo” y todo para llenar ese vacío existencial que tenía. Cuando estaba a tope de adrenalina o de droga, o probando ya todo tipo de sustancias, en ese momento sí que parecía que había allí algo importante, que me sentía vivo y que tenía un poco de sentido mi vida, aunque no lo tuviera.

Intentando remontar: aventuras y desventuras

Seguí así hasta que a los dieciocho años dije: “Bueno, esto no va bien, hay algo que no funciona”. En mi corazón había algo que me decía que no era el camino, que eso no era la felicidad. Yo quería formar una familia, pero no lo conseguía porque con el tema afectivo y las relaciones que tenía era imposible. Era completamente desordenado. No había nadie que me guiase, nadie que me orientase y yo pensaba que me tenía que orientar a mí mismo. Por un orgullo enorme, pensaba que nadie me tenía que decir a mí lo que tenía que hacer. Mi hermano mayor, que era mi referencia, estaba enganchado a la heroína. Intentaba siempre ayudarle. Pensaba: “Es mi hermano y está enganchado, tengo que dar mi vida hasta que él salga de ahí, de ese pozo”. Pero tampoco me daba cuenta de que yo solo no podía, simplemente era dar “palos de ciego”. Intenté hacer pruebas en la mili para entrar en la guardia real como voluntario, pero no pasé las pruebas simplemente por un problema de vista, y ahí se añadió otro fracaso más. Animado por mi hermano hice el plan de irme a Canarias a sacar dinero trabajando de camarero, que es lo que sabía hacer, y así pagarme un cursillo de ordenadores y salir de la noche de Madrid, la droga y todo eso. Una vez allí me decían: “¿Tú hablas inglés o alemán?”. Y yo: “Pues, no”. “Si no hablas ni inglés ni alemán, ¿qué haces aquí en Canarias buscando trabajo?”. Y me fui.

Volví a Madrid, vino mi hermana de Londres, que estaba viviendo allí, y me propuso irme a Londres. Estuve un tiempo en Londres, donde aprendí inglés. Era más bien “street English”; Después seguí dando tumbos, estuve en Granada, luego en el Escorial, y por último me fui a Italia.

Al final conocí a una chica. Ya parecía que la cosa iba. Hacía un año que estábamos saliendo y le planteé casarnos, formar una familia. Me dijo: “¿Tú que puedes ofrecerme? Estás trabajando de leñador, en una discoteca por la noche, te cae la guardia encima, no tienes ningún seguro, ¿qué me ofreces?”. Y casualmente abrían en su familia un supermercado y ella me lo ofreció. Cuando me lo ofreció, mi intuición estaba muy límpida -yo creo que porque no tenía ningún tipo de droga en ese momento- y sentí que no tenía que hacerlo. Algo en el corazón me gritaba: “Juan, no lo hagas”. Y aun así, por miedo a perder la relación que tenía con ella, fácil en todos los sentidos, incluso en el económico, pues ella tenía buen coche y estaba bien establecida, hice cálculos y le dije a mi corazón que me dejase tranquilo. Acepté la oferta y dejé la discoteca, de nuevo pensaba que ya estaba haciendo el bien, aunque no vivía en la verdad con ella ni conmigo mismo. A los dos meses, volviendo a casa del trabajo, se me cruzó un coche, frené, me fui contra la mediana y tuve un accidente de tráfico, estuve dos años hospitalizado con la pérdida de una mano, y una prótesis. Y ahí se me cayó el mundo encima, porque descubrí que el contrato de trabajo que me había hecho su familia era falso, cuando ella me había pedido una cierta seguridad. Me di cuenta de que me metí en la boca del lobo por fiarme.

Luces de Dios

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En dos años, ni la familia ni los amigos pudieron venir a verme. A mi madre le dije: “No vengas a verme porque para verme gritar de dolor o dormir, quédate en casa; prefiero que estés en España tranquila. Y no te preocupes que esto lo supero y luego cuando esté bien veremos”, era un poco mi mentalidad. Esto ya era una luz de Dios para mí, el tener la fuerza de decir “lo voy a superar, no te preocupes” y dar paz a mi madre. Otro ejemplo de la luz que Dios me daba es que había en el hospital otras personas que estaban peor que yo y nadie las visitaba. Yo quise hacer mi parte, no quedarme yo solo esperando que alguien me viniera a ver, y poder dar algo a aquel que nadie visitaba. Me recorría todo el hospital, y en dos años conocí a todas las enfermeras, todos los médicos, incluso a los niños pequeños. Recuerdo una niña pequeña con la que hice amistad, estaba esperando que le dieran un pulmón y a mí se me deshacía el corazón. Yo, con lo poquito que tenía, que era nada, intentaba hacerla reír y estar con ella en los tiempos libres. Al final se fue al Cielo y me quedó un triste recuerdo, pero por otro lado comprendí que había sido una verdadera amistad, no como cuando compraba a la gente con las copas o la droga. Es decir, que tengo un corazón bueno desde siempre, pero mal organizado o mal orientado. Mi hermano recayó en la heroína por la tristeza de mi accidente, por las dificultades con su familia, con su mujer. Cuando salí del hospital, volví a intentar ayudarle, pero me dije que yo no podía, que era imposible porque cada dos por tres me robaba la cartera, el dinero, el coche, y yo no podía ayudarle más. Me fui porque me estaba hundiendo con él y ya estaba medio hundido. Gracias a que le dejé, él decidió entrar en la comunidad del Cenáculo.

Después del charco, una oportunidad

Cuando salí del hospital sentí una rabia muy grande, tristeza, soledad. Volví a Madrid rabioso, enfadado con Dios, con la vida, con todo, y metí el pie en todos los charcos. Mis amigos de los billares ya no vendían dosis, vendían “a lo grande” entonces con ellos me metí en el charco más grande en que podía meterme. No era consciente del mal que me estaba haciendo por la rabia y el sentimiento de inferioridad que tenía después de haber perdido el brazo, lo quería cubrir todo y compensar todo haciendo un poco la fiesta grande, apagando todo pensamiento. Pero un día, gente de la Audiencia Nacional y la policía secreta advirtió a mi madre -pues mi madre trabajaba para ellos- de que me habían visto con la gente de la noche y que no querían arrestarme, porque sabían que no era de los que hacían mal realmente, pero que lo estaba haciendo por estar pegado a ellos. Era como darme una oportunidad. Mi madre me lo dijo, y yo reflexioné sobre mi vida. Desde hacía tiempo tenía problemas con esta gente, ya no eran tan amigos, porque cuando uno se pasa de rosca con la droga y el orgullo, pues se pierden los papeles, y en realidad vivía en un infierno.

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En la Comunidad Cenáculo: comienzos difíciles

Llego a la comunidad del Cenáculo con 116 kilos de peso, dos costillas rotas de la última pelea, mucha rabia, muy triste y con pocas ganas de ponerme en ningún camino, de hecho me dije: “Voy a ir por un mes y si me respetan, me quedo, y en cuanto alguien me diga algo fuera de sitio, me piro”. Ya había estado anteriormente para visitar a mi hermano, y me veía reflejado en esos chicos, pero no quería admitirlo. Me decía: “Bueno, yo no estoy enganchado, enganchado, no echo en falta pincharme todos los días, por eso estáis aquí vosotros; yo sí me drogo los fines de semana o entre semana, pero no en todo momento”. Inconscientemente, me justificaba. Por eso yo entiendo a algún chico que me diga: “No, si yo no tengo problema”, y le digo, “Ya, por eso estás aquí hablando conmigo para entrar en el Cenáculo, porque tu madre no puede más”. Uno no se da cuenta realmente, no es que no quiere dar el brazo a torcer, lo digo por experiencia.

Estando allí, tenía muchos flashbacks de todo lo que había estado viviendo, volvía todo el mal, imágenes. Aparte de eso, todos los chicos me preguntaban: “¿Cómo estás? ¿Cómo estás?” todo el día y yo pensaba: “Ya te lo he dicho esta mañana, te lo he dicho a media mañana, ahora es por la tarde… Que estoy mal ¿vale?. Y ya está. O si no te digo que estoy bien, pero es mentira porque si no, no estaría aquí. ¿Qué preguntas? Déjame en paz”. O sea, no aceptaba esa amistad principalmente porque no me fiaba. Tenía muy herida la confianza, por eso no me fiaba de que uno que está saliendo de la droga, que no sé de qué país viene, porque hay de todos los países, venga a mí a decirme: “¿Cómo estás?”. “Pues si no me conoces de nada, ¿qué quieres de mi vida?”, pensaba. Era un rechazo frontal a la oración y a todo.

La importancia de la oración

En la comunidad fui comprendiendo todo lo que había hecho y qué es lo que, a lo mejor, podía empezar a hacer. El único modo de poder estar solo era ir a la capilla. Empecé a ir a la capilla por las noches y mi hermano, que era el responsable de la casa, me dijo: “Tú, aunque no creas que está Dios, tú habla con Él”. Y dije yo: “Pues si yo no creo que está”. “Tú cuéntale, dile que esto es un asco, que son unos pesados, que mira lo que me has hecho en mi vida... Tú cuéntaselo todo”. Y bueno, era el único sitio donde tenía un poco de paz. Aunque tampoco del todo, pues delante del Señor iban saliendo todos esos flashbacks, todo el mal que había hecho y me pesaba todavía más. Y ahí no me podía tomar nada para evadirme de todo lo que estaba saliendo y echándoseme encima. Pero de alguna forma había algo que me hacía bien, como una gracia misteriosa y yo miraba a mí alrededor, y me asombraba de que estábamos allí veinticinco chicos. Luego oía las intenciones de los chicos que decían en momentos de la oración: “Señor, ayúdame a superar mi pasado, a perdonarme todo el mal que he hecho”, y eso me sonaba en el corazón.

En la comunidad se rezan tres rosarios al día. Yo sentía que después de rezar el rosario me sentía más tranquilo y que todos los pensamientos negativos se habían alejado.

Conocerse a sí mismo, reconocerlo y cambiar

Al principio rechazaba la ayuda, pero luego poco a poco, con el tiempo, a los seis meses e incluso antes, me di cuenta de que tenía que ponerme en camino, de que tenía muchas reacciones de orgullo, de que el orgullo existe, y que es una cosa tremenda. Que cuando alguien me dice una verdad, allí sale. No acepta, no quiere reconocer, he descubierto algo que yo escondía y se revela la verdad. No quiero que nadie sepa que soy frágil, si lo descubren sale toda la rabia como un “boom” y es una cuestión de orgullo tremenda. Y luego viene la justificación: “No, no lo he hecho mal, lo he hecho porque no sé qué, porque no sé cual”. Lo he hecho mal y punto, ya está. Porque soy lento, porque soy desordenado, hay que empezar a reconocer las cosas para cambiarlas, porque yo quiero hacerlo todo bien y que todos piensen que lo hago todo bien, pero no es así.

Después del calvario, la resurrección

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Ahora en Madrid me ocupo de entrevistar a chicos que quieren entrar en comunidad. Les digo lo que hay, y que sepan que allí se pueden curar y que es posible. Hay sacerdotes que vienen a confesar cada 15 días a la comunidad. Y en la confesión, se dejan esos pesos de mi pasado o de mi presente. Lo de ahora es “peccata minuta”, pero siempre me equivoco y está bien que en ningún momento me crea que lo hago todo bien, porque sería mentira. Porque está dentro de nosotros, el pecado está dentro de mí. Yo veo a Dios por la mañana, cuando miro una montaña, cuando veo a las personas, cuando pienso en hacer el bien, cuando rezo, de alguna forma le veo. Y esa clave de la vida la aprendí en comunidad, en el Cenáculo, y lo he puesto en práctica.

Porque yo he visto cómo mi hermano ha rezado por mí y yo he llegado a la comunidad. Y luego empecé a pensar en mi otro hermano y empecé a rezar por él. Y a los tres años de rezar por él, llegó a la comunidad sin llamarle, sin escribirle, sin obligarle, sin convencerle. Y acabo de verlo en Lourdes y está allí, está feliz. Está despierto porque antes estaba dormido completamente, como yo.

Es feliz, su vida tiene sentido. Después del Calvario viene la Resurrección.

©Revista HM; nº193 Noviembre-Diciembre 2016

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