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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Categoría: Experiencias

Preciosa a mis ojos

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Por Hna. Paqui, S.H.M.

¿Cuánto vales? ¡Mucho!, ¡muchísimo!, pero ese valor no depende de ti, de lo que tienes, de lo que eres capaz, ese valor lo ha marcado Jesús.

¿Cuánto vales? ¡Mucho!, ¡muchísimo!, pero ese valor no depende de ti, de lo que tienes, de lo que eres capaz, ese valor lo ha marcado Jesús. Voy a contarte cómo Él me hizo descubrir mi verdadero valor. Las Siervas del Hogar de Ecuador estábamos de Ejercicios. El P. Rafael nos animó a decirle al Señor: “Taládrame con tu mirada, que yo me vea como Tú me ves”. Hacer esta oración me daba un poco de miedo, recorda¬ba que el Santo cura de Ars pidió la gracia de verse como le veía el Señor, y fue tan terrible lo que vio que se quedó asustado. Si él, que era santo, se asustó al ver su alma, a mí me aterraba ver la mía. Me animé finalmente a hacer la oración: “que yo me vea como Tú me ves” y le pregunté a Jesús: “¿cómo me ves?”. La respuesta que recibí fue inesperada: “Eres preciosa a mis ojos”.

Si se lo hubiese preguntado a mi madre, no cabía otra respuesta, pero me asombró escuchar eso del Señor con respecto a mí. Me queda mucho por descubrir, pero muchas de mis miserias, y con esta palabra me refiero a mis pecados, el Señor ya se ha encargado de mostrármelas, así que soy consciente de que la palabra “preciosa” no es precisamente la que me define. Rechacé esa respuesta y me armé de valor para volver a preguntar: “¿cómo me ves?”. Nueva¬mente la misma respuesta: “Eres preciosa a mis ojos”. Rechacé nuevamente esa respuesta, pero se vino a mi memoria una experiencia vivida con las comunidades indígenas del oriente ecuatoriano.

Cuando vamos a estas misiones, normalmente yo me he encargado de las catequesis con los adultos, pero en los ratos libres podía estar con los niños, y disfrutaba. Me parecían los niños más bonitos del mundo. Cuando regresé tan entusiasmada con esos niños, me preguntaron: “¿cómo son?”. Mi respuesta era invariable: “preciosos, son preciosos”. Al insistir en que concretase más cómo eran, respondí: “Están muy sucios, tienen unas barri-gas hinchadas, los dientes los tienen podridos, están llenos de piojos y huelen bastante mal”. Mi respuesta hizo reír a los que me preguntaban, porque parecía que la definición no correspondía precisamente con la palabra PRECIOSOS. Pensé: ¿por qué me pare¬cen preciosos? Precisamente eran sus miserias lo que les hacía preciosos para mí, era el verles tan débiles, sufriendo, tan necesitados de cariño, lo que les daba ese inmenso valor.

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Esta fue la respuesta del Señor, era mi miseria, mi debilidad, mi pequeñez, mi necesidad absoluta de Él lo que hacía que me viese preciosa. Era su hija pequeña, la más débil, la más necesitada, tan sucia, tan llena de miseria, que Él se llenaba de ternu¬ra al verme y quería consolar esa pobreza colmándo¬me de cariño. Comprendí por qué el Señor me decía que me veía “preciosa” y entendí un poco lo que valgo para Él. ¿Te está mostrando el Señor tus miserias? ¿Te das cuenta de que eres nada, menos que nada, eres pe¬cado (como le dijo el Señor a Sor Josefa Menéndez)? ¡Pues alégrate, porque tu pobreza atrae la misericordia de Nuestro Buen Dios! Él vino a por los pecadores, pues si eres uno de ellos corre a sus brazos y escucha cómo te dice: “Eres precioso a mis ojos”. ¡Eso sí!, no te recrees en esa “belleza” e intenta corregirte, porque si ya eres precioso para Él, cuánto más se embellecerá tu alma si intentas reflejarle a Él, el más bello de los hijos de los hombres.

©Revista HM º182 Enero-Febrero 2015

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