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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Experiencias

¡Salta!

¡Salta!

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¿Qué tiene que ver la caída libre con la virtud? Lamento decepcionarte... Muy poco.

Por Hna. Kristen María Tenreiro, SHM

Sin embargo, yo, personalmente, encuentro mucha motivación en la valentía de saltar desde un avión y caer en picado hacia el suelo, hasta que el paracaídas se abre y comienzas a volar tranquilamente hasta la tierra. He dicho valentía, y no locura, porque se supone que el paracaídas es de calidad.

Según Pío XI, la infancia espiritual consiste en poseer por virtud lo que los niños poseen por naturaleza, es decir, una fe ilimitada en Dios, sencillez y pureza. El P. Colm, Siervo del Hogar de la Madre, en su libro “Miel del cadáver del león”, explica que la adolescencia espiritual es poseer por vicio lo que los adolescentes poseen por naturaleza, es decir, la inmadurez y la irresponsabilidad. A la M. Ana, Sierva del Hogar, reflexionando sobre la espiritualidad del Hogar de la Madre, le surgió otra idea: la juventud espiritual consiste en poseer por virtud lo que el joven posee por naturaleza, es decir, la valentía y la generosidad. No todos los jóvenes son valientes y generosos, como no todos los niños son siempre sencillos ni todos los adolescentes son inmaduros, pero sí es cierto que si alguien, en algún momento de su vida, es valiente o generoso, es durante la juventud. Y si esto lo consigue cuando es mayor, entonces es porque posee la virtud de la juventud espiritual.

La juventud es el momento de hacer locuras, de tomar decisiones sin medir las consecuencias, de vivir según los grandes ideales, de hacer caída libre... Déjame que te lo explique...

No puedes saltar del avión que tú quieras ni en el momento que tú quieras, porque si las locuras que haces no son “buenas”, entonces no eres valiente sino imbécil. De la misma manera, si tomas “malas” decisiones sin medir las consecuencias, no eres generoso sino idiota. Es como si saltases de un avión con un paracaídas defectuoso. Eso no es juventud espiritual sino insensatez.

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El Padre Juanjo, un sacerdote colombiano que se convirtió después de haber pertenecido a una secta satánica y de haber vivido en la impureza, explica en una entrevista que, cuando él se dio cuenta de que Dios existía y que quería que cambiara de vida, se sintió como si estuviera al borde de un acantilado y Dios le pidiera que saltara. ¿Por qué? Porque tenía que tomar una decisión radical, una decisión que le parecía una locura en ese momento: cambiar su vida para hacer la voluntad de Dios. Y tenía que hacerlo sin medir las consecuencias, es decir, sin pensar en el peligro al que se exponía enfrentándose a su pandilla, sin pensar en si era capaz o no de vivir sin las 5 chicas con las que salía al mismo tiempo, sin pensar en si era capaz o no de renunciar a su obsesión satánica. Dios le pedía que saltara del precipicio. Y lo hizo. Ese es el tipo de valentía y de generosidad de la que estoy hablando: la valentía de los mártires, la generosidad de los santos.

Dios nunca pide más de lo que puedes dar pero, casi siempre, te pide más de lo que tú piensas que puedes dar y más de lo que los demás piensan que puedes o debes dar. La santidad no es rezar con las manos juntas. La santidad exige una valentía y una generosidad que el mundo tachará de locura y muchos cristianos de imprudencia.

Vamos a ejemplos concretos. Aunque no pertenezcas a una pandilla ni seas un mujeriego, Dios puede pedirte cosas que pueden parecer locura o imprudencia. Por ejemplo: oración diaria -¿Quién hace eso hoy en día?-; ropa modesta -¿No van a pensar que soy rara?-; rezo del Rosario -¿Eso no es solo para las ancianas?-; misa diaria -No exageres, ya basta con ir los domingos-; y, por si fuera poco, discernimiento vocacional. Ahora sí que has ido demasiado lejos... ¿Consagración total a Dios? ¿Una vida de servicio y de donación de mí mismo? ¿Realmente piensas que me plantearía algo así?

Si evitas plantearte estas cosas siendo joven, cuando, supuestamente, eres valiente y generoso, mucho menos lo harás cuando seas mayor. Caerás en la rutina de los “mínimos”, de hacer lo estrictamente necesario para llegar al cielo y nada más -según tu propio criterio, por supuesto-. Estarás más preocupado de obedecer las reglas que de amar verdaderamente a Dios y a los que te rodean. Podrías incluso cansarte de una fe que nunca llegaste a entender y que nunca experimentaste realmente porque estabas muy preocupado con tu lista de “mínimos”.

Preocúpate más de amar que de los mínimos. Pregunta a Dios de qué avión quiere que saltes. Y cuando Él te diga: “¡Salta!”, confía. Sé joven, no solo en la carne sino también en el espíritu.

©Revista HM; º183 Marzo-Abril 2015

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