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Experiencias

¿Pero, por qué llevas ese hábito?

Por Hna. Benjamín Fenlon, S.H.M.

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Si yo no llevara este hábito, tú no te habrías acercado para hablarme.

Los Siervos del Hogar de la Madre llevamos siempre nuestro hábito, la sotana negra, como signo de nuestra consagración a Dios. Yo iba andando tranquilamente por las calles de Valencia, España, a las cinco de la tarde cuando me pasó lo que ahora cuento.

Un señor de unos 50 años salió de un bar y cruzó la calle hacia mí. Al llegar a mi altura me empezó a hablar, y yo me detuve para escucharle: “Pero, ¿por qué c*** llevas esta cosa negra cuando hace tanto calor?”. Me espetó. Su aliento tenía un cierto olor a vino.

Yo le expliqué que el hábito era señal de nuestra consagración y pertenencia a Dios. Sin embargo, me repetía la misma pregunta y empezamos a hablar un rato. Se llamaba José, y me habló de lo que los españoles sumidos en el secularismo suelen hablar: de que la Iglesia tiene que cambiar, de que si sigue así desaparecerá, que yo me tenía que quitar la sotana, de que hacía mucho calor, etc. Yo le respondí que la Iglesia no iba a desaparecer porque la ha fundado Jesucristo y tiene su promesa de que las puertas del abismo no prevalecerán contra ella, que ella había enterrado a sus enterradores y que, además, no pensaba quitarme la sotana.

Después de hablar un ratito, José se dio cuenta que realmente él me había casi “embestido“ y, ya en son de paz, me habló de su “vida de oración“ budista, de que creía en algo, y esta clase de cosas. Yo le hablé de Dios. Y al despedirnos me dio la mano. Pero no podía volver al bar sin hacerme otra vez la pregunta: “Pero, ¿por qué llevas la sotana con el calor que hace?”.

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Yo me di cuenta de que no era solamente una pregunta lo que José me hacía, sino un clamor existencial que manifestaba que yo, por mi modo de vivir, le quitaba la seguridad que había puesto en sí mismo y en sus falsas ideas. Y le dije, ya con cierta fuerza: “¡Llevo sotana para que tú veas desde la ventana del bar que Jesucristo existe y que te ama!”. Él respondió: “¡pero si yo soy bueno y yo rezo!”. Entonces le dije: “pues si es así, vámonos a la iglesia a rezar un ratito”. Y diciéndole que Jesús estaba realmente presente allí, en la Eucaristía, y haciéndole recordar que iba a gastar toda la tarde en el bar y que cinco minutos para Dios no le costaba nada, algo le empujó a venir conmigo a la iglesia.

Llegamos a la puerta de la parroquia, y como yo tuve que abrir desde dentro, dejé a José esperando, quizá sesenta segundos, en la calle. Bastaban para que empezara a fumar, y yo esperé con él, charlando, mientras terminaba su cigarrillo. Al terminar, vio que había cumplido su misión, y me dijo: “bueno, yo ya me voy”. Pero no le dejé escapar, y entramos.

Poco a poco íbamos llegando. En el atrio del templo José me dijo la verdad: “Yo he tenido viajes astrales”. Le dije: “Puede ser que hayas tenido experiencias producidas por el vino o las drogas, no lo niego”. “No, no, si solo son técnicas de respiración”, me dijo. “Eso tampoco es oración, así que vamos a rezar un ratito a Dios”. Y explicándole lo que debemos hacer para rezar bien (abrir el corazón a Dios, saberse amado por Él y gozar de su presencia), por fin entramos.

Y por 5 minutos el alma de José se encontraba en la presencia de Dios; del Dios que convirtió el corazón de Paul Claudel en un instante dentro de una iglesia de París. Del Dios que nació, murió y resucitó pensando en él.

Salimos de la iglesia y cruzamos la mirada para despedirnos. Él estaba radiante y lleno de paz. Me dio las gracias, porque yo podía no haberle hecho caso y haber seguido mi camino cuando le había visto antes. Y nos dimos la mano otra vez. Y por última vez la pregunta del millón: “Pero… ¿por qué llevas ese hábito?”. Esta vez tuve una respuesta clara y contundente: “Si yo no llevara este hábito, tú no te hubieras acercado para hablarme”. Y ya con una sonrisa de oreja a oreja, rendido por el cariño y la verdad, entendió. Y nos reímos, y él se fue por su camino, vamos a reconocerlo, probablemente otra vez al bar.

Creo que podemos aprovechar esta experiencia para tomar conciencia de tres cosas: Primero, la fuerza que tiene el hábito religioso como testimonio en el mundo de hoy. Segundo, que si hablamos con cariño y respeto verdaderos, podemos llevar a las personas a Dios. También, aunque no seamos todos consagrados o sacerdotes, un laico tiene una ventana de acceso privilegiado en la vida de sus amigos y familiares. Tercero, el poder de la oración, del contacto personal de alguien con Jesucristo, es inmenso. Yo vi a José intentando escaquearse antes de rezar, hablándome de una forma burlona, y después dándome las gracias con paz y serenidad.

No voy a engañarme pensando que fue una experiencia de conversión total para José. Pero Dios trabaja paso a paso, va abriendo los corazones y colmándolos según las almas se lo permiten. Puede costar a alguien años para encontrar la Fe. El caso es que la encuentren. Y que nosotros contribuyamos en la medida que podamos, con nuestras oraciones, nuestras vidas y nuestro testimonio de amor en fidelidad.

©Revista HM; º185 Julio-Agosto 2015

Hermana Clare

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¡Feliz cumpleaños, Hna. Clare!

Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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