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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Categoría: Experiencias

D. Eusebio Buendía

Sacerdote

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Por Hna. Ana Mª Cabezuelo S.H.M.

Parece mentira que hayan transcurrido ya 22 años. El 4 de octubre de 1994, las Siervas del Hogar de la Madre iniciábamos nuestra primera Fundación. Nos separábamos por primera vez las Hermanas que hasta entonces habíamos vivido siempre bajo el mismo techo. Fue una experiencia nueva e inolvidable.

Nosotras éramos ese “milagro” que había pedido el párroco de Priego (Cuenca), D. Eusebio Buendía.

Tiempo atrás, desde el ambón de la iglesia, había lanzado un reto al alcalde allí presente, D. José Pérez. Había que construir algo que diera acogida a los mayores del pueblo. Y aquello, que en un primer momento sonó a encerrona o compromiso, se concretó más tarde y acabó siendo una de las primeras Viviendas Tuteladas en Castilla-La Mancha. Pero había un pacto de por medio: el alcalde se comprometía a ayudar en la construcción del edificio a condición de que el párroco buscara monjas para cuidar de los ancianos, a lo cual, D. Eusebio, le respondió: “¿monjas? ¿en estos tiempos que escasean? ¡Habrá que ir a Lourdes a pedir el milagro!”.

doneusLos milagros suceden. Y sucederán mientras Dios siga guiando con su mano providente el camino de los hombres. Por voluntad de Dios, aterrizaron por Priego nuestros Hermanos los Siervos del Hogar de la Madre que, bajo el amparo de Mons. Guerra Campos, recibieron la aprobación jurídica, se ordenaron, establecieron allí su sede y comenzaron a trabajar en distintas parroquias de la Serranía de Cuenca. Poco después, D. Eusebio les preguntó si ellos conocían a algunas religiosas que pudieran hacerse cargo de los ancianos, y los Siervos le hablaron de nosotras. D. Eusebio fue esa persona que, con la locura de Dios, supo ver más allá de lo que la apariencia le presentaba y se fió totalmente de nosotras. Desde un principio nos abrió el camino, nos dio toda su confianza, nos dio su sonrisa; se dio totalmente en cuerpo y alma, tal y como siempre hizo con todo el mundo, porque D. Eusebio no sabía darse de otra manera.

El pasado 10 de agosto de 2016 asistimos a su entierro. Entre lágrimas y aplausos tuvo lugar la multitudinaria despedida de un párroco de pueblo que había sido precisamente eso, “su párroco”. Cada uno estaba allí porque D. Eusebio fue el párroco que les bautizó, el que les confesó, el que les dio la Primera Comunión, el que les casó, el que llevó los últimos sacramentos a los abuelos de casa, el que enterró a sus seres queridos, el que dio de comer a esta familia que tenía muchos hijos, el que proporcionó casa a esta otra que no tenía una vivienda digna, el que consiguió una silla de ruedas para aquella persona que la necesitaba, el que visitó tantas y tantas veces a los ancianos y enfermos llevándoles la Comunión todos los primeros viernes de mes… Todos, todos estaban allí porque tenían un motivo de agradecimiento para no faltar a su entierro. También los 34 hermanos sacerdotes que le acompañaron en esos momentos. Y así, como se despide a la gente que se quiere de verdad, despedimos a D. Eusebio.doneus2

Su velatorio tuvo lugar en la capilla de la Virgen de la Torre, patrona de Priego. Allí confluyeron distintas generaciones. Impresionaba ver el cariño con el que algunos jóvenes se acercaron a mostrarle su cercanía. O como aquel niño de ocho años, que el día del velatorio, aparcó su bicicleta en la puerta de la iglesia y entró con su casco puesto en la cabeza. Venía solo, sin miedo a encontrarse con un difunto. Quería ver a D. Eusebio y rezar también él, como los mayores, ante el cura que le había bautizado.

¡Y cómo no estar agradecidos nosotros! El Hogar de la Madre se ha podido beneficiar espiritualmente en miles de ocasiones gracias a él. Siempre nos abrió las puertas.

D. Eusebio nos ha enseñado tanto. Ha sido un hombre tan sencillo, tan amigo de grandes y pequeños, tan escondido, sin darse nunca importancia, tan lleno de historias, de anécdotas, de aventuras vividas en sus viajes por medio mundo, cuántas amistades de todo rango y de todas partes … su vida daría más que de sobra para completar el guión de una preciosa película. Nunca hablaba mal de nadie, siempre disculpaba, cuánto amor ha derramado por todos. Nos ha dejado un ejemplo de caridad y de misericordia muy grandes. La puerta que ha abierto siempre los corazones ha sido su sonrisa. Hasta el final, hasta que le faltaron las fuerzas, tenía una sonrisa para quienes iban a visitarle.

Para muchos será recordado como “el cura de las obras”, y lo es, sí, porque impidió que se cayera el Monasterio de San Miguel de la Victoria de Priego, reconstruyó iglesias, ermitas… trabajando él mismo, cargando el material, dinamitando caminos para abrir carretera. Nada se le interponía, porque sabía que tenía que hacer algo y lo hacía. Y en esta dinámica hacía trabajar a todo el mundo, hombres y mujeres que se echaban a la calle para ayudar al cura. Pero para muchos más ha sido también “el cura de las Obras de Misericordia”. Qué bien se le puede aplicar el evangelio: Tuve hambre y me diste de comer, estuve desnudo y me vestiste, enfermo y me visitaste, vine en forma de vagabundo a tu pueblo y me diste posada… D. Eusebio era un canal abierto. Lo que recibía lo daba a quien lo necesitaba. Y siempre encontraba a quién ayudar y en qué emplear los medios económicos, por eso no le faltaban donantes, porque se sabía que en las manos de D. Eusebio el dinero fructificaba en obras buenas.

Las Siervas del Hogar de la Madre hemos tenido el gran privilegio de poder cuidarle hasta el final, hasta que dio el último aliento en nuestros brazos. Hemos vivido paso a paso el deterioro que producía en él la enfermedad del Parkinson.d eusebio3

En su última etapa, aun en momentos de delirio, su preocupación iba dirigida a las almas. Cada noche, al acostarlo, le ayudábamos a rezar y él, mientras se iba quedando adormilado, hacía peticiones al Señor en las que le salía lo que llevaba dentro: la salvación por las almas. Pedía misericordia para el mundo, pedía por los jóvenes para que escucharan la Palabra de Dios… Otras veces nos hacía reír porque se metía con nosotras y decía: “Señor, te piedad de estas mujeres que me maltratan”. Y se reía.

Unos días antes de fallecer, vino a visitarle el P. Félix, Superior de los Siervos del Hogar de la Madre. D. Eusebio estaba ya muy hundido, doblado completamente hacia delante, apenas se entendía lo que hablaba. El P. Félix nos celebró la Eucaristía y le hicimos partícipe a D. Eusebio sentándolo en una silla de ruedas y revistiéndolo con una estola. El P. Félix celebró la misa por una Buena Muerte. Y sería ya su última misa. Me impresionó mucho la Comunión. El P. Félix mojó sus dedos en el cáliz y roció con ellos la boca de D. Eusebio, porque él ya no lograba tragar nada por sí mismo. Fue su Viático, su última Comunión aquí en la tierra.

Acabada la misa yo debía salir de viaje. Besé sus manos sacerdotales sabiendo que sería la última vez que lo haría. Le cogí su mano y la llevé a mi cabeza diciéndole: “Deme su bendición, D. Eusebio”. Momentos más tarde tuve que llamar por teléfono. Una Hermana le puso el audífono. Le pregunté: “D. Eusebio, ¿qué me dice? Y con gran esfuerzo, respondió con voz casi imperceptible: “Estoy dispuesto”. Estas palabras eran ya su “Consummatum est”. Estaba deseando irse con el Señor y estaba ya preparado.

Así, tan sencilla como había sido su vida fue su partida. Se fue, dejándonos con la esperanza de que él ahora seguirá siendo nuestro cura intercesor, y con la alegría de creer que, por la misericordia de Dios, nos seguirá sonriendo a todos. El mejor epitafio que resume su vida es el mismo que el de su Maestro: D. Eusebio pasó haciendo el bien.

©Revista HM; º192 Septiembre-Octubre 2016

 

 

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