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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Categoría: Experiencias

Por P. Félix López, SHM

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El pasado 24 de enero (2016) fallecía en Toledo a los 51 años de edad Miguel Ángel García Maeso, a quien llamábamos cariñosamente “Chispa”.

Conocí a Miguel Ángel en mi primer campamento con el Hogar en 1982, en Terán de Cabuérniga, Cantabria. Desde el primer momento me llamó la atención que era un chico generoso, alegre, muy sincero y fácil para la amistad. Compartimos los años en los que el Hogar de la Madre de la Juventud se estaba gestando. Círculos de estudio, peregrinaciones, partidos de fútbol.

Al comenzar los estudios universitarios, Miguel Ángel se trasladó a Madrid para estudiar Física. Un año después, también yo tuve que ir a vivir a Madrid para comenzar mis estudios universitarios. La Providencia hizo que coincidiéramos en la misma residencia, el Colegio Mayor Loyola.

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Aunque cada uno teníamos nuestro horario de clases, todas las noches nos juntábamos después de cenar para tener un rato de descanso tras las largas tardes de estudio. Muchas veces salíamos a rezar el rosario juntos, hablábamos sobre nuestras inquietudes o sobre nuestra relación con Dios.

Chispa quiso entrar en la tuna de su facultad. El día que le hicieron la prueba de voz y le pidieron cantar una canción, él cantó lo que sabía: “No me mueve mi Dios para quererte”. Desde ese día era conocido en la tuna como “el Frailecillo”.

Durante una de esas conversaciones, manifesté a Miguel que había sentido la vocación a ser sacerdote. Él se alegró mucho y me animó a seguir adelante. Terminados los estudios, nuestras vidas se separaron, pero siempre permaneció intacta la amistad, aún en la distancia.

La Providencia dispuso que Miguel Ángel se casara con Ana, su buena esposa, el mismo día que yo fui ordenado sacerdote, por lo que no pudimos acompañarnos el uno al otro en ese día tan señalado para los dos.sello3

Pasaron veinte años sin tener apenas contacto. Pero un día, estando yo predicando unas misiones en Almería, recibí una llamada telefónica de un amigo común: Chispa tiene un tumor en la cabeza y quiere verte. Lo antes posible, fui a ver a Miguel a su casa en Toledo. La operación había salido bien, en apariencia, y estaba recuperándose, aunque algo limitado. El reencuentro fue tan natural como si no hubiesen pasado los años: la misma confianza, la misma alegría, la misma amistad. Y también la misma fe, el mismo amor a la Virgen. En ese primer encuentro, Miguel Ángel quiso confesarse, recibir la unción de enfermos y la comunión. Unos días después me escribió: “Aún me acuerdo de cada detalle y cada palabra de tu visita a casa el otro día, te aseguro que me ha dado un fuerte empujón y una nueva motivación en mi enfermedad. Ahora me siento más cerca del Señor y de María”.

En esa visita, le llevé también un rosario y le animé a rezarlo. Miguel comenzó a rezar diariamente a la Virgen. Y me decía: “Sigo ofreciendo mis múltiples dolores y carencias, y mi momento especial es cuando rezo el Rosario. Para mí, es un regalo hacerlo cada día. Me esfuerzo en rezarlo bien, y es como mi descanso, mi especial recreo”.

En sus rosarios pedía por el Hogar, por el P. Rafael, por Higinio, por mí, a quien consideraba “su amigo sacerdote”. Me escribió: “En el Hogar me habéis regalado el conocimiento, la devoción y el amor a Nuestra Madre”.

La oración le daba fuerzas para vivir su enfermedad: “Ofrezco al Señor cada día mis dolores, mis lágrimas, mis malestares y mis alegrías y, también, las humillaciones que trae la enfermedad. Y al mismo tiempo le pido que nunca terminen, que sean para su Gloria y según su Voluntad, como rezamos cada día en el Padrenuestro”.sello4

En las múltiples visitas al hospital, Miguel pudo palpar también el dolor de otros enfermos. Se admiraba de la grandeza del amor al descubrir al lado de muchos enfermos terminales, la presencia fiel de la esposa o del esposo. Me escribía: “el amor es grande y bonito”. Él mismo experimentó hasta el final el cuidado delicado y fiel de su esposa Ana y el cariño de sus hijas. En medio del dolor, la presencia fiel y materna de la Virgen, y la compañía de Ana le hacían exclamar: “cuando yo me veo acompañado de mi esposa y rodeado por la Comunión de los Santos, de muchos seres queridos, y de Nuestra Madre, pienso: Qué suerte tengo de estar aquí con mi tumor cerebral”.

Pude estar con Chispa unos días antes de su muerte. Todavía podía hablar un poquito. Me miraba muy fijamente. Rezamos juntos varias Ave Marías. Se confesó, recibió nuevamente la unción y la comunión, que sería la última. Haciendo un esfuerzo me dijo: “rezo mucho por ti, por el Hogar, por el Papa”. Diez días después falleció. Su esposa, Ana, le decía en los últimos momentos: “Te vas con la Virgen”.

En uno de los últimos correos, me escribió: “me siento muy orgulloso de haber pertenecido al Hogar cuando era joven”.

A mí me gusta pensar que a todos los que han estado cerca del Hogar con sinceridad, la Virgen, Nuestra Madre, les ha dado un beso en el corazón. El paso de los años y las vueltas de la vida no pudieron borrar ese sello del corazón de Chispa.

©Revista HM; º189 Marzo-Abril 2016

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