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Experiencias

EL MUNDO: ¿Tierra de Misión?

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Por Hna. Paqui Morales, SHM

Me marchaba de misiones a Ecuador y un sacerdote, con mucho celo por las almas, me dijo (medio en broma medio en serio): «¿Por qué a Ecuador? Esa misión es para flojos. Si quiere auténtica misión, mejor quedarse en España. Allí en Ecuador es más fácil: Tú hablas y te escuchan, la gente busca a Dios, es más fácil el apostolado… La verdadera misión está aquí, donde tienes que desgastarte para que al menos algunos amen a Dios».

Estaba pensando hasta qué punto en cierto modo tenía razón, cuando se me vino a la memoria otra conversación que había tenido tiempo antes con otro sacerdote, un gran misionero que se está desgastando literalmente por las almas.

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La conversación que tuve con él era del mismo tema y en un principio totalmente opuesta. Él estaba insistiendo en la necesidad de la misión «ad gentes», y cuando yo le argumenté sobre la necesidad de misioneros en España, diciéndole que ahora mismo también era tierra de misión, él me dijo con cierta ironía: «Sí, Hermana, España es tierra de misión. Solo que con una diferencia: mientras en algunos países no ha llegado todavía el Evangelio porque no hay pescadores, en España los peces están hartos de que se les eche el anzuelo y lo rechazan.

Mientras que en otros lugares no llega el sacerdote más que una vez al año, una vez al mes, y los más afortunados una vez por semana, en España tenemos que facilitar a las personas para que puedan escoger entre misa de 7, de 9, de 11 o de 7 de la tarde, para que en cada misa haya poco más de 20 personas. ¿Hasta qué punto es justo que en una zona haya varias iglesias con varias misas al día, que tengan oportunidad de recibir los sacramentos y los desprecien, mientras que en otros lugares ni siquiera puedan tener la oportunidad de elegir o no al Señor, porque no lo han conocido, porque nadie ha ido a hablarles?».

He pensado mucho en las dos conversaciones. ¿Cuál de los dos tiene razón? Por un lado parece lógico pensar que habría que hacer como aconsejó el Señor a sus discípulos: «Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa» (Mt 10,14).

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Si solo miramos esto, parece que España -y prácticamente toda Europa-, está abandonando voluntariamente sus raíces cristianas. Si se niega la existencia de Dios, o se le rechaza directamente y se le ataca, ¿por qué no sacudirse el polvo de las sandalias e ir a aquellos lugares donde todavía no han escuchado el dulce nombre de Cristo? ¿por qué no ir donde todavía no conocen que tienen una Madre en el Cielo?, ¿por qué no ir donde, en definitiva, no ha llegado «la buena Noticia» y no está presente la Iglesia?

Sin embargo, Dios no nos mira en bloque. Dios mira cada alma. Cada alma es un hijo querido, y ¿cuántos en España, en toda Europa, aun habiendo nacido en un país con raíces cristianas ya no conocen a Cristo, o quizá peor aún, el Cristo que conocen es un sucedáneo de la verdad, un Cristo falseado que adormece conciencias y que en ningún modo tiene la capacidad de enamorar el corazón del hombre y transformarle? ¿Podemos decir en estos casos que estos jóvenes han rechazado a Jesús? ¿Se puede rechazar a quien no se conoce? ¿Podemos sacudirnos las sandalias y dejarles en su vacío, en su falta de sentido, en su tristeza…?

¡Qué importante es la misión ad gentes! Yo quisiera estar en Ecuador, quisiera ir a África, quisiera ir a China… y junto a esto ¡qué importante es la Nueva Evangelización! Yo quisiera que hubiera evangelizadores en España, en Francia, en Holanda, en EEUU… Yo quiero que ningún hombre se quede sin conocer a Dios, que ningún joven malgaste los años preciosos de esa etapa mirándose a sí mismo, encerrado en una vida vacía, sin sentido, sin alegría…

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Misión y Nueva Evangelización van en realidad de la mano. Solo quien ha conocido al Señor va comprendiendo la necesidad de que todos le conozcan y reconoce que ambas cosas forman parte del mismo mandato dado por Nuestro Señor: «Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16,15).

El mundo entero incluye tanto el lugar más alejado de mi país (donde tengo que estar dispuesto a ir si el Señor me lo pide), como la casa de mi vecino en cuyos corazones todavía no ha tomado posesión el Señor, porque a juzgar por mi falta de celo todavía no ha tomado posesión del mío.

Ojalá el Señor suscite misioneros, nuevos evangelizadores. Ojalá el Señor suscite en mí ese misionero, ese nuevo evangelizador.

Decía san Francisco Javier que quisiera ir por las azoteas gritando el amor del Señor, mientras que nosotros no solo no lo gritamos sino que callamos avergonzados ante cualquier mirada. Decía san Francisco de Sales: «Qué dulce es gastar la vida por Cristo», mientras que la nuestra está todavía por estrenar, porque el desgaste ha sido en nosotros mismos y no en Cristo.

Que María, la Virgen Madre, ponga su amor maternal por cada alma en nuestros corazones y nos decidamos verdaderamente a hacer misión.

©Revista HM; nº202 Mayo-Junio 2018

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