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Experiencias

A mi madre

a mi madre

Por Hna. Conchi García del Pino Megía, S.H.M.

El Viernes Santo, 30 de marzo de 2018, moría mi madre y el Sábado Santo la enterrábamos. Fueron unos días de gracias «dolorosas » muy intensas, de experimentar la cercanía del Señor y de la Virgen… y también la de mi madre, a la que realmente sigo sintiendo viva y muy cerca de Ellos. Creo que a mis hermanos y padre les pasaba lo mismo. Es por esto que, en algunos momentos, más que un funeral y entierro nos parecía estar en una celebración festiva. Despedimos a mi madre entre cantos al Señor y a la Virgen que hablaban del Cielo… ¡fue precioso!

matrimonio sacerdote

Mis hermanos, en el día del entierro, leyeron una acción de gracias. Yo quiero aportar mi parte y añadir mi acción de gracias también a mi padre, al que siento que es un poco como San José: hombre trabajador y honrado, amante de Dios, de su mujer hasta el final de sus días y de sus hijos; discreto, fuerte, alegre y un poco siempre como en la sombra.

Aunque mi relación y conversaciones han sido en mayor confianza con mi madre, él siempre ha actuado como si lo supiese todo y estuviese de acuerdo en todo con ella. Al igual que mi madre, él nunca me reprochó, ni me estorbó en nada para seguir mi vocación.

ACCIÓN DE GRACIAS POR NUESTRA MADRE
Dolores Megía Sáez

Gracias, madre, gracias. Damos gracias a Dios por habernos dado una madre como tú. Has sido para nosotros un ejemplo de entrega, ternura, sacrificio, de amor maternal, de comunión matrimonial, de vida de Fe confiada en la acción de Dios en nuestras vidas. Has sido un reflejo del Amor de Dios, que es lo que siempre has querido comunicarnos.

Siendo niña y joven dibujabas muy bien; al casarte dijiste que no tendrías tiempo para dibujar, pero sí querías dibujar el rostro de Dios en tus hijos, y eso has pretendido, habéis pretendido los dos, padre y tú, durante toda vuestra vida.

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«Mis hijos no sois solo míos», nos has dicho en muchas ocasiones, «sois de Dios, os he tenido para Dios». Y eso nos has enseñado: Que hemos nacido para vivir eternamente con Dios en el Cielo. Por eso tu muerte, aunque nos entristece, porque no te vamos a ver con los ojos del cuerpo, también nos llena de paz, de gozo, porque vas a estar feliz contemplando a Dios y desde allí nos vas a seguir ayudando y preparando el camino para que vayamos allí contigo.

De pequeños, siempre pendiente de los pequeños y grandes detalles: desde dejar preparados 6,7,8… pares de zapatos limpios por la noche para el cole del día siguiente; hasta preguntarnos: «¿has rezado?», «¿Cuánto tiempo hace que no te confiesas?». Lo más importante era nuestra relación con Dios, por eso en alguna ocasión nos has dicho, como Santo Domingo Savio: «Antes morir que pecar», «piensa que cualquier día Dios te puede llamar y debes estar preparado».

Tu actitud me recuerda a la madre de los macabeos en la Biblia (2 Mcb 7): Una madre heroica que exhorta a sus 7 hijos a ser fieles a Dios ante las amenazas de rey Antíoco, que les matará si no reniegan de su fe; les dice su madre: «…permanece fiel, que quiero recuperarte para la vida eterna».

Tu fidelidad a la Palabra de Dios, a la Iglesia, te ha hecho ser fecunda y recibir con alegría a tus 9 hijos y uno más en el Cielo. Y esta, tu familia, ha ido creciendo con la llegada de los 36 nietos y 8 bisnietos, familia que seguirá creciendo. A los últimos ya no los reconocías porque la cabeza te empezaba a fallar.

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Últimamente nos decías que qué pintabas aquí, que te querías ir ya al Cielo, que ya no valías para nada y que no podías hacer nada. Pero han sido estos últimos momentos de tu vida, cuando la salud te ha empezado a fallar, cuando más fruto has dado: en los momentos de aparente inutilidad, unida a Dios, como Cristo inmóvil en la Cruz, aparentemente no hace nada, pero es el momento más fecundo.

Así, en estos últimos años, has suscitado en nosotros deseos de venir a ayudarte y ayudar a padre, a ti que tanto te has entregado a nosotros: a hacerte la comida, pasear contigo, lavarte, animarte en los momentos de desánimo. Hemos recibido como un regalo poder venir a devolverte algo del amor que tú nos has ido dando durante toda tu vida; que ha sido para nosotros, como hemos dicho antes, puro testimonio del Amor de Dios.

Ahora que te has ido te pedimos que nos sigas ayudando desde el Cielo. Y te volvemos a repetir todos: «GRACIAS». «HASTA EL CIELO, MADRE».

Tus hijos


una madre ejemplar

«Mamá, yo también quiero darte las gracias por haber sido una madre ejemplar y excepcional. Aprendí de ti a decir ¡Bendito sea Dios!, ante la contrariedad, dificultad, momentos difíciles y momentos alegres; porque era lo que decías con mucha frecuencia.

Siempre me has entendido en mis deseos de entrega total y de darle todo al Señor. Y todo es TODO, me animabas a hacerlo, con tus palabras y con tu vida. Y defendías mi vocación ante los que no lo entendían del todo.

Cuando te dije de mis deseos de ser religiosa, me hiciste una confidencia con lágrimas en los ojos. Me dijiste que en tu juventud quisiste ser religiosa misionera, pero lo hablabas con tu director espiritual y no encontrasteis el modo ni la manera, y que papá ya se había enamorado de ti y te pretendía, así que tu director te animó a iniciar vuestra relación y al final os casasteis. Pero le pediste al Señor que ya que a ti no te había dado vocación religiosa, que al menos te diera una hija monja.

tres primeras con fam

Nunca te has arrepentido de haberte casado con papá y haber tenido los hijos que Dios os había dado. Dabas gracias al Señor por haberte dado la vocación de matrimonio y una familia.

Yo creo que veías en mí lo que tú habías experimentado en tu juventud: “Quien no deja padre, madre, hermanos y hacienda por Mí….”; y el sufrimiento que esto supone también para un hijo, y es por esto que me entendías bien y no querías ser un estorbo para mi vocación, ni aumentar mi sufrimiento queriendo recuperarme para ti.

A ti Dios te pedía el sacrificio de entregarme a Él, y a mí, el mismo Dios, me pedía el sacrificio de entregarle mis padres, hermanos y hermanas… para ser digna de Él.

Gracias porque nunca me has negado que experimentabas el dolor de la separación, como cada padre lo experimenta cuando el hijo o la hija dejan la casa paterna, pero siempre me has animado a seguir hacia delante, a ser fiel al Señor y sacar adelante “mi familia”, la que Él quería para mí, sabiendo renunciar yo también a nuestros lazos familiares de la carne, como tú misma estabas renunciando, por un Amor más grande y otros lazos familiares que nos unían de un modo más fuerte.

Nunca me has querido “recuperar”, ni me has reprochado el no ir a saludarte o a pasar un tiempo contigo, aun cuando sabías que no estaba lejos del pueblo, por razón de algún viaje.

Siempre que nos veíamos o hablábamos, me decías al despedirnos: “No te preocupes por nosotros que estamos bien, tú sigue y haz lo que tienes que hacer y Dios te pide. Él también cuida de nosotros como cuida de ti. Estamos unidas en la Eucaristía y si no nos volvemos a ver en la tierra, nos veremos en el Cielo”.

Y Dios no se deja ganar en generosidad, es por esto que veo un detalle de cariño, como un “guiño” del Señor, que el día y a la hora en que Él vino a buscarte para llevarte a la casa del Padre, yo estaba delante del mismo Señor, en mi turno de adoración eucarística. Estábamos unidas en Él, esa fue nuestra despedida, en Él nos despedimos… y estoy segura de que la Virgen de los Dolores te llevó con Ella al Cielo.

Ya solo queda decir: ¡Nos veremos en el Cielo! Intercede por todos nosotros, papá, tus hijos, nietos y bisnietos, para que así sea. Amén».

Hna. Conchi

©Revista HM; nº203 Julio-Agosto 2018

Hermana Clare

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Hoy la Hna. Clare hubiera cumplido 37 años. Desde su conversión solo tuvo un deseo: consolar al Señor con su vida.

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