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Mamie: “Cuando yo me vaya...”

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XXV Aniversario de su muerte

Por Hna. Ana Mª Cabezuelo, S.H.M

Era el 3 de agosto de 1994, esto es, hace 25 años exactamente. Una extraordinaria mujer padecía su agonía final; su vida estaba llegando al ocaso y, al día siguiente, tendría que rendir cuentas a Dios. La maleta estaba ya preparada y en ella había metido muchísimas intenciones, muchísimos de nuestros nombres y todo el Hogar de la Madre presente y futuro. El P. Rafael Alonso Reymundo, viendo su profunda angustia y sufrimiento, le dijo compadecido: «Mamie, pídele al Señor y a Nuestra Madre que te alivien un poco», a lo cual ella respondió rápidamente: «Pero hijo, si me he ofrecido totalmente al Señor, ¿cómo quieres que le pida ahora lo que he entregado y ya es Suyo?» .

Le llamaba «hijo» porque en verdad lo era, si no biológicamente, sí en el espíritu, con más fuerza que los lazos de la carne y la sangre. Era su «hijo 1 bis». Porque el «hijo nº 1» había sido el P. Enzo Bianchi. Y después de él vino el 2º y el 3ª… incluso tres obispos tuvieron su puesto en la lista de predilectos. Llegaría a tener hasta 99 hijos espirituales por los que se ofrecería.

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El 3 de julio de 1993 recibió a su último hijo, el 99 tan esperado, y muchos de nosotros nos alegra mos de que fuera el recién ordenado diácono Félix López, Superior General de los Siervos del Hogar de la Madre . Aquel acontecimiento lo vivimos con inmenso gozo… Mamie ya era bastante mayor y eso nos hacía sospechar que nos dejaría pronto. Realmente era así, había comenzado su cuenta atrás.

Había ofrecido toda su vida por los sacerdotes, y esto no de boquilla, sino con hechos concretos. Para hacer algún sacrificio por ellos, desde hacía años había renunciado a dormir cómodamente por las noches, sustituyendo su cama por un sillón.

Y así, en este «altar de dolor» –su sillón–, en el que vivía, sufría y gozaba, en el que día a día se santificaba, también sería el lugar de la Cita para que Jesús viniera a recogerla. Era el 4 de agosto de 1994, festividad de San Juan Mª Vianney, patrono de los sacerdotes –¡qué detalles tiene el Cielo!

A partir de su muerte nos han sorprendido muchas cosas. Y mirando al trasluz de cada acontecimiento que Dios nos ha permitido vivir, podemos encontrar a esta viejecita encantadora tan especial, nuestra querida e inolvidable Mamie. Ella ha estado en los orígenes de esta hermosa historia del Hogar de la Madre y nos sentimos por ello orgullosos.

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Con gozo hemos ido comprobando que muchas de sus palabras se iban cumpliendo. Su ayuda se hizo patente cuando a los tres meses de su muerte llegó el respaldo de la Iglesia: los Siervos y las Sier-vas del Hogar de la Madre eran aprobados. Tras esta primera aprobación, vinieron otras aprobaciones y otros acontecimientos que fueron llenando de alegría el corazón, el nacimiento de los «Laicos del Hogar de la Madre» y la expansión del Hogar en otros países y continentes.

El 3 de junio de 2010, el Pontificio Consejo para los Laicos erigió canónicamente como Asociación Pública Internacional de Fieles el Hogar de la Madre. Con motivo de esta gran celebración, el cardenal Julián Herranz había dicho al Padre: «Que sepas, Rafael, que una obra que es aprobada antes de 28 años y en vida de su Fundador es una caricia del Señor». Era el resonar de otras palabras, las que Mamie nos había dicho poco antes de morir: «Cuando yo me vaya, podré ayudaros mucho más. No correréis, hijos, sino volaréis». Su confianza en la misericordia del Señor era tan grande que esperaba poder interceder por nosotros cuando ella se marchara con Él.

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El 18 de diciembre de 2013, la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos concedió a la Asociación Pública Internacional de Fieles Hogar de la Madre –cuya segunda misión es «la defensa del honor de nuestra Madre, especialmente en el privilegio de su virginidad»–, el gran regalo de poder celebrar la Solemnidad de Santa María, Siempre Virgen. Podíamos imaginar la felicidad que tendría también Mamie viéndonos tan felices de celebrar litúrgicamente este acontecimiento.

Mamie no ha dejado de estar presente en esta obra por la que se entregó totalmente, como el grano de trigo que cae en tierra y muere para dar fruto. Sería muy extenso querer resaltar aquí tanto como debemos a esta mujer, basta con presentar algunos datos biográficos para conocerla mejor. No dudo que la que supo amar a todas las almas y congeniar con todo el mundo, conseguirá también ganar tu corazón.

Elisabeth Van Keerbergen –para todos nosotros Mamie–, nació el 12 de julio de 1908 en Bruselas (Bélgica), en una familia católica no practicante. Un año más tarde, el 25 de agosto de 1909, nació su hermana Jeanne, a la cual estuvo siempre muy unida incluso cuando esta creció y se convirtió en Sor Helena, una gran misionera Hija de la Caridad.

Para las dos niñas solo existían los juegos. Eran muy traviesas, especialmente la pequeña Jeanne, que ingeniaba todas las trastadas y luego Mamie se llevaba las culpas. Ni en casa ni en la escuela municipal se oía hablar de Dios. Y así, sin fe, fue creciendo la pequeña Mamie.

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A los seis años vivió la 1ª Guerra Mundial. Su padre padecía una enfermedad tropical que contrajo en el Congo belga y que le hacía tener un carácter duro especialmente con ella. Su madre era una mujer luchadora, enérgica, animosa y desenvuelta para traer el pan a casa en esos tiempos difíciles.

A los 12 años Mamie fue enviada a un pueblo de Suiza para recuperarse de la desnutrición, consecuencia de la guerra. Allí las mujeres mayores se reunían al atardecer para charlar y fumar unas largas pipas de tabaco. A estas les resultaba muy gracioso enseñar a fumar a la extranjera. Y entre risas, bromas y toses, Mamie adquirió a partir de ahí el vicio de fumar que le acompañó ya durante toda su vida.

Desde niña, Mamie se caracterizó por su amor y atracción hacia los niños. Sobresalía en ella su naturalidad, su sencillez, su humanidad, su alegría, su sonrisa, sus bromas… una delicadeza exquisita con el prójimo, gran capacidad para escuchar, consolar y aconsejar a los demás, gran valentía para sufrir sin quejarse ni hacerse la víctima.

En su juventud trabajó en un taller de costura; más tarde, llevando la contabilidad de una fábrica de cerveza. Tenía una sensibilidad especial para la música, de manera especial para la ópera.

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A la edad de 20 años conoció al que fue su marido, François Treuttens, un hombre honesto, trabajador, con muchas cualidades, que la amó mucho. Se casaron el 12 de enero de 1929 en la iglesia de Sta. Susana, en Bruselas, y tuvieron una hija, Simonne.

Poco después del nacimiento de Simonne tuvo una enfermedad incurable en los ojos que le produjo una ceguera casi total. Su familia le propuso realizar una peregrinación al pozo de Santa Reinalda, la patrona del pueblo, porque según la tradición, sus aguas eran curativas para las enfermedades de los ojos, las inflamaciones y las infecciones. Mamie, más por darles gusto que por convicción, accedió. Y al noveno día exactamente, recuperó milagrosamente la vista aunque esto no le llevó todavía a tener fe. .

El anuncio de un nuevo embarazo la llenó de alegría, pero el gozo duró poco. El médico le informó que el embarazo era extrauterino. El cirujano le realizó una operación a raíz de la cual le provocó una enfermedad que duró veintiocho años y le llevó a una parálisis casi total.

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En 1954, aprovechando algunas temporadas en las que podía caminar un poco, salió a dejar a su hija en el autobús que la conducía a la Universidad y de vuelta a casa, sin saber por qué, se sintió movida a entrar en la iglesia de Sta. Gertrudis, en Etterbeek, cercana a su casa. Se sentó en el último banco y después… No sabe qué pasó. Eran cerca de las nueve de la mañana cuando entró y lo siguiente que recuerda es que un señor movía un manojo de llaves delante de su cara y le decía: «señora, tenemos que cerrar la iglesia». Era ya mediodía. Salió de allí con un hambre muy grande de conocer a Dios y no sabía cómo saciarlo. En carta del 23 de noviembre, hacía partícipe a su hermana –misionera en el Congo– de la gran noticia de su conversión. Estaba felíz.

Un nuevo milagro se produjo todavía en la vida de Mamie. En julio de 1962 fue con su marido y con una amiga, Josefina Rossi, a Lourdes. El 8 de julio, al bañarse en las piscinas tardaba en salir, algo estaba pasando. Su esposo François y Josefina esperaban fuera preocupados. Por fin la vieron salir caminando. No lo podían creer, estaba curada. La Virgen había obrado el milagro. Escribirá a su hermana: «He prometido a la Santa Virgen consagrar quince días para servir a los enfermos en Lourdes». Seguirá haciéndolo todos los años y por este servicio recibió en 1965 la pequeña medalla del Santuario de Nuestra Señora de Lourdes y en 1970 la gran medalla.

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Por razones de salud, el marido de Mamie tuvo que dejar de trabajar. Buscando cambiar de aires compraron en 1966 un apartamento en Santander (España). A los pocos meses de asentarse en esta ciudad, falleció François y Mamie se quedó sola, sin medios económicos y sin saber español.

Estuvo dos días enteros llorando hasta que se dio cuenta de que no podía pasarse el resto de su vida llorando. Para evitar encerrarse en sí misma comenzó a acudir con frecuencia a la casa de las Hijas de la Caridad, la institución a la que pertenecía su hermana religiosa. Una Hermana le dijo que había chicas del colegio que deseaban practicar el francés y le propuso a Mamie ayudarlas. Ella comenzó a hacerlo con mucho gusto. También inició un espléndido apostolado con los niños enfermos del hospital de Pedrosa. Con frecuencia los visitaba, les llevaba caramelos, juguetes, tebeos, golosinas…. Los niños realmente la adoraban y la llamaban «la abuela».

En Septiembre de 1971, Mamie empezó a rezar y a ofrecerse por los sacerdotes. Para ella, cada uno era un hijo al que debía sostener, consolar y ayudar con la oración y el sacrificio.

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En 1973, conoció cerca de Fátima al P. Rafael Alonso antes de entrar en el seminario.

A él le ayudará de manera especial durante toda su vida, primero para llegar a ser sacerdote y superar todas las dificultades del camino, y luego durante todo su apostolado con los jóvenes y en la fundación del Hogar de la Madre, de los Siervos y Siervas.

Con los años su vida se fue deteriorando progresivamente. Debido a la diabetes apareció la gangrena en el pie derecho y debieron amputárselo hasta el tobillo. Sufrió indeciblemente pero mantenía una esperanza incólume. Se unió a la Cruz con alegría. En la noche de su operación le dijo a la M. Ana, Superiora General de las Siervas del Hogar de la Madre: «Hija mía, sufro horriblemente, tanto que me parece imposible poder tener más dolores pero solo te deseo una cosa, que si tú llegas un día a mi edad puedas ser tan feliz como yo lo soy ahora».

Falleció el 4 de agosto de 1994 y fue enterrada el 5 de agosto, Virgen de las Nieves, en el cementerio de Santander.

 

Homilia 4 agosto 2019 - P. Félix López, S.H.M.
Cementerio de Ciriego (Santander)
XXV aniversario de la muerte de Mamie.

Hoy estamos celebrando esta misa justamente en el día donde hace 25 años que falleció –como la hemos llamado– nuestra querida e inolvidable Mamie, una mujer que se supo dejar en Dios y que supo estar escondida con Cristo en Dios. Nos dejó un ejemplo enorme de esperanza, de olvido de sí misma, de alegría y de confianza en Dios. (…)

Sin duda, ella ha sido el grano de trigo que ha caído en tierra y murió. Murió a sí misma, sobre todo los últimos años de su vida. Yo la recuerdo en su sillón y también teniendo que pasar tiempos de soledad muchas veces, porque el P. Rafael estaba en sus clases, en su apostolado. Y ella muchas veces estaba sola en casa con su taza de café, su rosario, su crucifijo. Y todo eso han sido las raíces de lo que hoy vivimos y de lo que hoy vemos. Ella lo verá desde el Cielo.

Qué ejemplo, porque ella no vio en esta tierra pero creyó y se entregó, se fio de Dios y se dejó hacer por el Señor, y fue asumiendo todos los sufrimientos que fueron llegando –morales y físicos– para dar vida. No se engendra vida sino a costa de sufrimiento. (…)

Yo la recuerdo al final de su vida con una sonrisa –sin dientes–, una esperanza grande. Y saber leer como una grandeza oculta en las cosas más pequeñas que vivíamos. Sin duda, la cercanía al Señor y a Ntra. Madre le ayudaron a poder vivir esto. (…)

Se me llena el corazón de gratitud. «De bien nacidos es ser agradecidos». Y a esta mujer le debemos mucho todos. Solo en el Cielo sabremos verdaderamente cuánto ha sido. (…)

 

 

© Revista HM Nº210 Septiembre - Octubre 2019

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Carl : Me estoy convirtiendo al catolicismo en parte por la Hna. Clare Crockett.

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