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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie y la diabetes

Por D. Rafael Alonso

Recuerdo a Mamie sentada en su sillón rezando. Siempre estaba rezando.
Aún cuando tenía que atender a otros menesteres se notaba que estaba unida su alma a Dios. Apegada a Él. No se separaba un instante.

El Apostolado de los Enfermos
había publicado una estampa con una oración que ella encontraba preciosa. El enunciado era: “Oración para recorrer el último trecho de la vida”, o algo así.

Y me la leyó llena de gozo, diciéndome antes:

Escucha, -hijo mío-. ¡Qué bonita oración!.

Ella anhelaba “ser desatada y estar con Cristo”. Me lo había dicho muchas veces. Su expresión era sincera, totalmente sincera. De algún modo conocía que los bienes celestiales son muy superiores a los bienes de este mundo. Y no lo deseaba para librarse de los sufrimientos. Para ella los sufrimientos eran el pan de cada día, y los aceptaba con un espíritu asombroso.

Llevaba ya mucho tiempo con su última enfermedad descubierta que se añadía a otras: la diabetes. Yo no entiendo mucho pero creo que la edad es un factor de riesgo. Y en ella se declaró esta dolencia siendo ya de bastante edad.

A Mamie no le gustaban los médicos. Tampoco la medicina. Tenía una capacidad inusual de soportar el dolor. Y lo prefería. Era como en el comer: se decantaba por el ayuno antes que comer una comida o algo a disgusto. Sólo lo hacía cuando quería hacer penitencia. Y con los médicos hizo siempre igual.

Mamie iba perdiendo vista y necesitaba otras gafas.
Yo también tenía que ir a graduar las mías. La convencí para que viniera conmigo a revisarse los ojos. Y aceptó porque quería seguir siendo útil a sus semejantes. Y le descubrieron la enfermedad de la diabetes que le había producido ya una pérdida de visión fuerte.

A partir de ese momento tenía que inyectarse insulina. Yo mismo le analizaba la sangre para ver la cantidad de azúcar, y luego la inyectaba en el brazo.

Su paciencia y serenidad fueron siempre patentes. Pero donde más se mostró fue cuando se le declaró una gangrena en uno de sus pies. El sufrimiento aumentó más y más. Nunca dejó de sufrir hasta el final de su vida.

Todos los que la conocimos damos testimonio de que conforme se acercaba a su fin, ella se espiritualizó más y más y creció su deseo de “ser desatada y estar con Cristo”. La oración que hacía para recorrer el último trecho de su vida la consolaba.
Por las mañanas, cuando se despertaba, esta era su plegaria: “Buenos días, Señor. Buenos días, Mamá querida. Buenos días san José. Buenos días santa Teresa:…”. Y así saludaba a los santos y a los ángeles.

©Revista HM º134 Enero/Febrero 2007

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