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Mamie

Por D. Rafael Alonso

El día de Nuestra Señora de Fátima, 13 de mayo de este año, yo tenía que ir a Santander desde el lugar en el que resido, en medio de un pequeño bosque de eucaliptos. El motivo era doloroso: asistir al funeral de Carmina González*, fiel entre las fieles a Mamie, miembro del Hogar de la Madre y esposa de Luis López*. Y contemplé asombrado los desmontes y las agresiones que se hacen a un paisaje que ya no volverá. No son cicatrices en la naturaleza, sino verdaderas muertes en pro de un proceso acelerado de urbanismo salvaje.

Alguno de mis lectores habrá tenido esa misma sensación
: el aspecto de su barrio ya no es el mismo, se ha transformado y con él ha desaparecido el encanto de sus ojos cuando paseaba o transitaba por aquellas calles, por aquellos caminos. Es una sensación rara comparable a cuando tiran la casa en que naciste para levantar un bloque de pisos. Pero las urbanizadoras e inmobiliarias no entienden de sentimientos. Son inhumanas. El dinero pisotea todos los más bellos afectos. Y siempre encontrarán una “razón” para hacerlo. La ley es inexorable: la ciudad nueva destruye a la antigua. Y no todos los que están puestos al frente de una administración tienen sensibilidad para lo bello. El dinero es “ el excremento del diablo”, (Giovanni Papini) lo ensucia todo.

Y fue en ese momento en el que entendí lo que Mamie me había expresado y que estaba cerrado para mi comprensión. Mamie me había afirmado que no sentía ningún deseo de volver a Bélgica. Y menos a Bruselas. Y todavía menos a la casa en que vivió en alquiler en la avenida Tervuren, una de las más bellas y amplias calles de la actual capital de la Unión Europea. Es más, temía que llegara ese momento.
Y el momento llegó: su hermana Jeannot, hija de la Caridad y de nombre religioso María Elena, regresaba de Vietnam, recién acabada la guerra, donde había pasado bastantes años de misionera entre los “montagnards”. Mucho había rezado por su hermana durante los cuatro meses que estuvo prisionera de los “vietcom” (vietnamitas comunistas). Así que fuimos a su encuentro a París para trasladarla a Bruselas.

Aproveché esos días en Bruselas para visitar los lugares en que ella había vivido y otros interesantes: El barrio de Schaerbeck, donde nació, la Iglesia donde fue bautizada, el parque de Saint Josaphat donde jugaba con su hermana, la estación del Mediodía cerca de la cual conoció a Marichen, la iglesia de Sainte Suzanne donde contrajo matrimonio con Francois Treuttens, el pozo de Sainte Reinadle donde se curó de la ceguera, otros lugares donde vivió y finalmente su casa de la Avenue Tervuren.

Conforme visitábamos esos lugares, llenos de recuerdos agradables y dolorosos a la vez, yo veía como el alma de Mamie sufría.
Cuando vio la Avenue Tervuren, donde ella había vivido, me contó cómo era su vida allí. “Pero, -me dijo con un tono de tristeza- ya no es la misma avenida. La nunciatura estaba casi enfrente de mi casa. Y allí me conocían, pues mi hermana era hija de la Caridad e iba muchas veces allí. La calle era muy amplia. No había este tráfico de coches. Había un anchísimo paseo en medio, con unos árboles esbeltos, enormes, y zonas ajardinadas por donde se podía pasear con plena tranquilidad. No es lo mismo. Lo han cambiado”.

Y volvimos del viaje. Mamie había hecho el propósito de no volver más. Para ella, los recuerdos deben quedarse intactos en la memoria como una riqueza del alma. Son el sol del alma cuando son hermosos.

No se trataba de un desalentador romanticismo. Era la riqueza del alma. Yo puedo comprender ahora estos sentimientos cuando ante mi vista veo desaparecer un entorno con el que he vivido. Y ahora me doy cuenta de su valor.

*Carmina González y Luis López son un matrimonio de Santander que conocieron a Mamie cuando ella llegó a España. Desde ese momento han formado parte de la pequeña historia del Hogar de la Madre por su ayuda incondicional a la Obra en todos los sentidos.

©Revista HM º137 Julio/ Agosto 2007

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