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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie, los sacerdotes y los obispos

Por D. Rafael Alonso

Mamie recibió la misión de rezar y ofrecerse por los sacerdotes. Era Nuestra Madre quien le daba sus hijos espirituales. Me lo dijo así. Y poco a poco, a lo largo de la vida iban apareciendo, no de manera fortuita sino providencial aquellos por los que tenía que ofrecerse y rezar. Sacerdote a sacerdote, y hasta tres obispos. Ella fue fiel a su misión. Jamás la abandonaba. Sabía lo que el Señor esperaba de ella y lo realizaba día a día.

Le anunció Nuestra Madre que tendría noventa y nueve hijos sacerdotes. El primero se lo dio en Lourdes, y era un religioso pavoniano (de san Ludovico Pavoni) de nombre Enzo Bianchi y el último fue el P. Félix López, el mismo día en que fue ordenado diácono el 13 de Julio de 1993, el año anterior de la muerte de Mamie. Yo hacía el número cuarenta y tres.

El elenco de hijos-sacerdotes en el orden del espíritu lo llevaba en un cuaderno, que era además su agenda personal. Esa agenda se la robaron en Milán, cuando tenía algo más de sesenta direcciones de otros tantos hijos suyos, en la plaza de la Escala, donde se encuentra el más célebre teatro de la ópera, junto a las Galerías de Manuel Filiberto de Saboya. Fue un día tristísimo para ella. Era un desgarrón en su espíritu. No era el valor material del cuaderno lo que la compungía, pues no le serviría al ladrón más que para arrojarlo a la basura por su poco valor, sino que en él guardaba su más preciado tesoro: el recuerdo de cada hijo por el cual debía rezar e incluso comunicarse para alentarlos y animarlos en sus tareas ministeriales, a veces tan pesadas. El P. Enzo sabía que en su bolsa de viaje, de color verde, llevaba un magnetofón y quiso comprarle otro, como una forma de pequeño consuelo. Pero eso no era lo que le hacía sufrir. Aceptó el regalo por no hacerle daño.

Recuerdo algunos nombres que llegaron a tener un puesto en mi corazón y en mi vida: P. Enzo Bianchi, P. Angel M. Rojas, P. Jose Luis Rey Repiso, P. Tomás de la Cruz Bañas O.P., Don Higinio González, P. Félix López, D. Ramón Rodríguez Alcalde, su confesor, P. Llorens, D. Manuel, D. Gerardo Ricondo…
Otros eran de fuera de España: de Bélgica, Francia, Italia,… Y además había tres obispos. Yo recuerdo el nombre de dos de ellos: Mon. Guerra Campos y Mon. Seitz.

Para ella cada uno era un hijo al que debía ayudar, sostener, consolar, ayudar con el sacrificio y la oración. Con muchos de ellos mantenía una comunicación directa. Muchos iban a rezar a su casa el rosario con muchas personas que se juntaban para esto. Y ellos hablaban al comienzo del Rosario como un medio de preparación a este ejercicio de oración.
Conforme pasan los años los recuerdos se afinan y se quedan reducidos a lo esencial. Pero a veces afloran inopinadamente circunstancias, palabras, acciones,… que a uno le cuesta exponer a los demás. Pero recuerdo uno entre tantos: era en Junio de 1975. Mamie fue a visitar a Mn. Guerra Campos. La recibió primero a ella sola en su despacho. ¿De qué hablaron? No lo sé. Pero Mon. estaba visiblemente afectado por lo que acababa de decirle Mamie. Después me hizo entrar a mí. Eran las doce. Pidió que rezáramos el Ángelus juntos y me pidió que lo rezara yo. Lo hice. Nos bendijo. Y nos rogó que siguiéramos rezando por él y por su diócesis. Lo prometimos y salimos.

Pero Mamie llevaba un secreto en su corazón. Y sonreía.

©Revista HM º138 Septiembre/ Octubre 2007

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