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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Lourdes y el invierno

Por D. Rafael Alonso

Este año del 2008 es el Año Jubilar de Lourdes al celebrarse el 150 aniversario de las apariciones de la Santísima Virgen María a santa Bernadette Soubirous en la Gruta junto al Gave de Lourdes.

Gran trascendencia tuvo para la vida de Mamie el hecho de Lourdes. Ya hemos hablado de ello muchas veces. Ahora quiero referirme a cómo vivió estas visitas durante el invierno y la razón de ir cuando Lourdes está oficialmente “cerrado”.

Lourdes “oficialmente” se abre el Domingo de Pascua y se cierra el 7 de Octubre, festividad de Nuestra Señora del Rosario. Estas fechas no son rígidas. Por razones de organización, en años especiales, puede adelantarse la apertura o puede retrasarse la clausura. De modo que del 7 de Octubre al Domingo de Pascua del año siguiente está cerrado oficialmente. Lo cual significa que no hay procesión de antorchas, ni de enfermos, ni misa internacional, ni piscinas abiertas, ni funciona el accueil, etc… No obstante, nosotros íbamos muchas veces por diversas razones.

Recuerdo una especialmente. Las circunstancias eran dolorosas para la recién creada comunidad de Siervas. Se deslizaba el año de 1987 recién nacido. Por una serie de circunstancias dos de las cinco primeras habían abandonado las Siervas. Para nosotros era como si nos hubieran arrancado parte de nuestras entrañas. La comunidad se había visto afectada por estas dos salidas.

El 11 de febrero se celebra la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes. Ese año caía en miércoles. Habían venido a nuestra casa las tres hermanas que quedaban: Ana Campo, Reme Rodríguez y Conchi García del Pino. Quizás fuera por ser la llamada “semana blanca”. El caso es que comenzamos a hablar de Nuestra Madre. Era la tarde del día 10. Y les hice una propuesta: ¿por qué no nos vamos a Lourdes esta misma tarde? Todas dijeron que sí. Y Mamie la primera. Ella nunca tenía pereza si se trataba de ir a visitar a Nuestra Madre en sus lugares escogidos.

Cambié las ruedas de mi coche para ir seguro, pues había nevado y anunciaban nuevas nevadas. Y a las 10 de la noche emprendimos la marcha. Todo iba bien. Pero en el puerto de Somosierra empezó a nevar. Lo atravesamos bien. Pero a la bajada, bajando a 40 Km/h había un camión atravesado en la calzada. Lo vi a tiempo. Mamie y las tres hermanas iban durmiendo. Empecé a frenar a pequeños golpes para perder velocidad sin perder el control del coche. Pero una de las veces el coche se descontroló y fuimos haciendo un trompo hacia el camión. Gracias a Dios se paró el coche a dos metros escasos de la caja metálica. ¡Uff! Se habían despertado y preguntaban: ¿Qué ha pasado? Tuve que dar la vuelta al coche pues se había quedado mirando en dirección contraria a la nuestra, y pudimos pasar entre el camión y la cuneta. Después les expliqué lo ocurrido.

Llegamos a Lourdes y nuestras almas se consolaron con Nuestra Madre. Celebramos la Eucaristía en la Cripta. Rezamos en la Gruta. Fuimos paseando a lo largo del Gave y localizando la puerta de la piscina donde tiempo atrás introdujeron a Mamie ya paralítica totalmente de cintura para abajo. Y por donde salió andando por sí misma. No nos importaba el frío. Caminábamos oyéndola contar su experiencia de curación. Y cómo desde entonces la vida no fue igual. Había cambiado todo. El recuerdo de aquel día sigue vivo. La vemos tal cual era: simpática, amable, reflexiva, atenta, inteligente, conservando un tinte de timidez innata, llena de experiencia y poder de observación. Era como la viejecita de los cuentos de hadas, con su abrigo verde oscuro que le había confeccionado Conchita Güemes (una amiga), su pañuelo alrededor de la cabeza, atado debajo de la barbilla,…

Visitamos el circo glaciar de Gavarnie y nos llenamos de la contemplación de la naturaleza blanca y fría. Regresamos renovados en nuestro espíritu. La “locura” había obtenido unos frutos abundantes de paz y de serenidad. Sabíamos que nuestro camino era el de la confianza y abandono en las manos de Dios y que lo teníamos que seguir.

©Revista HM º140 Enero/Febrero 2008

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