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Mamie

Mamie y los protestantes

Por D. Rafael Alonso

No hay que sorprenderse del encabezamiento de este artículo. Mamie, de nombre y apellidos Elisabeth van Keerbergen, vivió toda su vida, antes de llegar a España, en Bruselas, la capital de Bélgica. Dentro de esta ciudad se trasladó sucesivamente a varias viviendas.

Su marido, François Treuttens era un emprendedor metalúrgico que manejaba tornos y fresas con los cuales hacía una gran variedad de tornillos y otras piezas de latón, acero, etc. En una de sus viviendas ellos tenían el taller en los bajos. Y Mamie en casa, enferma, había hecho de su lecho de dolor la “oficina”, pues así ayudaba a su marido en el negocio. Ella tenía una gran dulzura y capacidad de atracción, muy frecuentemente los clientes de su marido pertenecían a confesiones religiosas de signo protestante diverso. Y sus esposas aprovechaban para ir a Bruselas de compras, o simplemente a pasear, y de este modo bastantes de ellas trabaron amistad con la sra. Treuttens.

En su habitación, mientras sus esposos cerraban los negocios con el sr. Treuttens, ellas entablaban conversación con la enferma que las escuchaba tan pacientemente. Por aquel tiempo Mamie no tenía una fe despierta, pero su capacidad de razonamiento, de sentido común, de sensibilidad ante el sufrimiento ajeno, por la meditación obligada con tanto tiempo de soledad y de silencio, se había visto incrementada. Pero hay que decir que aun sin ella saberlo conscientemente, el Espíritu Santo trabajaba en su espíritu, sensibilizándola con la verdad y con la bondad. Ella era bondadosa por naturaleza y sabía encontrar el modo de hacer el bien, y este natural era perfeccionado en el día a día por Aquel que labora en lo oculto del corazón.

Poco a poco las conversaciones de los negocios pasaban a sus situaciones matrimoniales, a sus vacíos experimentados cuando todo parecía sonreírles. Y el corazón de aquellas señoras dejaban ver sus llagas, las heridas de la vida, de la convivencia diaria, de sus anhelos nunca plenificados. Y también de sus angustias religiosas, de sus deseos de salvación y redención.

A una señora que le exponía sus dificultades en las relaciones íntimas con su marido, y las sospechas, y más que sospechas de infidelidad, es decir, las pruebas de que su marido la engañaba con otra mujer,  Mamie le dijo:

-Señora, yo sé que los católicos cuando tienen estas dificultades van a sus sacerdotes y se lo cuentan. Y ellos reciben orientación para caminar,… ¿por qué no va usted a su pastor y le cuenta sus dificultades?

La señora respondió:
-Oh no, señora. Mi pastor se ha casado ya tres veces. Y ahora está pensando en divorciarse de la mujer que tiene para unirse a una jovencita,… ¿cómo va a entenderme a mí en mis sufrimientos?

Mamie me contó esto un día que fuimos a visitar el Santuario de Nuestra Señora de Lourdes. Y me dijo:
-Entonces comprendí el gran valor del celibato eclesiástico.

Pasábamos por delante de la Virgen Coronada que preside la explanada del Santuario. Y yo, sacerdote, pensaba en el gran don para la Iglesia que el Señor nos había regalado inspirando a la Iglesia la unión entre el sacramento del Orden Sacerdotal y su Ley del celibato eclesiástico.

Allí, entre sus dolores, Mamie estaba recibiendo una lección del Maestro Divino que luego le serviría para animar a sus hijos sacerdotes a la fidelidad de lo prometido ante el obispo el día de su consagración.

©Revista HM º142 Mayo/Junio 2008

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