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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

El fervor de Mamie

Antes de adentrarnos a profundizar si Mamie era o no fervorosa y en qué sentido lo era, debemos precisar los conceptos.

El fervor es el afán, devoción o entusiasmo e interés que se pone en una práctica, un sentimiento o una actividad. El cristianismo ha querido designar con la palabra devoción, sinónima de la de fervor, una fidelidad al servicio de Dios a través de la oración tanto personal como litúrgica.


Se utiliza familiarmente para designar las prácticas de piedad y el celo con que se realizan: hacer sus devociones. Designa también a la persona que está ligada sinceramente a la oración y al servicio de Dios, como lo señala San Francisco de Sales en “La introducción a la Vida devota”. Algunos han atacado al falso devoto como lo hizo desde una posición de no excesivo creyente Moliére en el Tartufo, donde señala la devoción sólo desde una perspectiva de hipocresía y falsedad. Sin embargo, la noción de devoción sigue en la actualidad vigente. A veces se aplica a aspectos particulares de la vida espiritual. Por ejemplo: devoción al Sagrado Corazón de Jesús, a la Cruz de Cristo, a la Eucaristía, a la Santísima Virgen María...

En la Biblia se nos narra el gran fervor del rey David al danzar y cantar delante del Arca de la Alianza: “David y toda la casa de Israel iban danzando delante de Yavé con todas sus fuerzas, con arpas, salterios, adufes, flautas y címbalos(2 Sam 6,5).

¿ Fue Mamie una persona fervorosa... devota?

La devoción y su expresión depende del componente psicológico de cada persona y de las gracias recibidas. No todos los hombres reaccionamos del mismo modo ante realidades similares.

A Mamie le gustaba en las funciones litúrgicas colocarse en los bancos delanteros, no para ser vista de las gentes o para darse importancia, sino para no distraerse y concentrarse en los ritos sagrados, siguiendo los gestos y palabras del sacerdote. Por otra parte, ella era algo sorda, y con el tiempo se fue agudizando la sordera, y además extranjera, con lo que aumentaba la dificultad de comprensión de las palabras. Ella amaba la liturgia. Y no quería perderse, ni un momento, del hecho de estar en presencia de fe en Dios. Por esta razón, no le gustaba llegar nunca tarde. Y cuando comenzaba a llegar la hora de ponerse en camino para la Iglesia, enseguida se arreglaba, se ponía su gabardina, su pañuelo encima de la cabeza, cogía su bolso, se ataba los zapatos, y las más de las veces se los ataban, porque a ella, con la edad le era imposible, y se erguía para ponerse en camino.

La hermana Inmaculada, misionera de las Siervas del Hogar de la Madre en Ecuador, la acompañó muchas veces. Por aquel entonces, yo era párroco de Rielves (Toledo) lo fui durante cinco años, y Mamie no podía venir conmigo, porque luego yo tenía que ir a otras obligaciones sacerdotales. Pero ella, no ahorró ningún gasto, con tal de no perderse la Misa. Solía ir a San Ildefonso, la Iglesia que regentan los padres jesuitas en Toledo. Y tenía que coger un taxi. Ella y la joven Inmaculada Doncel, se iban juntas a oír Misa.

En la Iglesia, en el primer banco, recogida y en silencio, se concentraba en su preparación para que el Señor la llenara de su amor. No admitía el parloteo en la Iglesia. Ni la pérdida de tiempo.

El fruto de la oración de aquellas Eucaristías era una progresiva identificación con Aquel que la visitaba en su palabra y en el Sacramento. Y la iba haciendo cada vez más modesta, más humilde, más paciente, más agradecida. De tal modo que la personas que estábamos a su alrededor no podíamos sustraernos al encanto personal que irradiaba su alma llena de Dios. Ella sabía mantenerse plenamente maternal, en tensión espiritual, como la mujer fuerte de la Biblia. Poseía una gran armonía entre los dones infusos y la hondura de sus consejos, que no eran simples derivaciones de un potente intelecto.

El misterio de su irradiante personalidad estaba en su unión con Dios, en su fervor, en la prontitud con que se dedicaba al opus Dei, es decir, a la oración. Su constante diálogo con Dios, que es el amor, le daba capacidad nueva. Ella siempre reconocía que “Dios la había hecho así”, pero no es menos verdad que ella cultivaba y respondía con generosidad a las gracias que de Él había recibido. El fervor le daba una sencillez y callada serenidad que recordaba el rostro de Cristo. En ella se cumplía la jaculatoria: “Señor, que quien me mire, te vea”.

©Revista HM º114 - Septiembre/Octubre 2003

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