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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie y sus debilidades

Este recuerdo-vivencia sobre Mamie me lo ha sugerido la lectura espiritual de un magnífico libro que recomiendo a los lectores de H.M.: "Sólo Dios Basta", de Slawomir Biela, editada por Ediciones Paulinas. En este libro hay un pequeño apartado con el título "Bendita Debilidad" que me impresionó vivamente y me impulsó a escribir así.

La debilidad del hombre es congénita. No se aparta nunca de él. Y Mamie supo que lo era y supo aceptar con fe viva su propia debilidad. Ya desde niña su gran tendencia que la hacía vulnerable era su timidez. Lo era en extremo. Y esta condición de su carácter la inhibía en sus reacciones y la hacía aparecer contumaz y orgullosa a los ojos de sus padres. Ellos, preocupados por esta niña tan cabezota y rebelde, trataban corregirla de esta tendencia con dureza extrema. Todo era bueno con tal de vencer su "innata soberbia". A su lado estaba su hermana menor, que sería después sor Elena, que le dieron en Puerto Príncipe el apelativo de "sor bulldozer". Fue una gran misionera en África, Vietnam y República de Haití, donde murió. Ella de niña era vivaracha, simpática, vital, expansiva, decidida, intuitiva, extrovertida… un cúmulo de condiciones que la hacían particularmente activa a sus padres, de los cuales conseguía todo lo que quería.

Mamie era la mayor. Y sólo eran ellas dos. “Las culpas”, cuando había los consabidos roces fraternos, eran siempre de la orgullosa hermana mayor que “tenia envidia”, que era “dura” con la pequeña, etc. etc. Pero no era así. Mamie no sabía defenderse. Quería cordialmente a su hermana, la admiraba y la defendía. Pero no sabía decir una palabra en su legítima defensa.
Yo mismo asistí a conversaciones entre las dos hermanas, ya mayores, en las que recordaban juntas estas peripecias infantiles, de adolescentes y juveniles. Las recuerdo a ambas sentadas. Mamie en su sillón, con la taza de café delante de ella y su crucifijo, regalo de su hijo espiritual sacerdote el P. Enzo Bianchi. Y Sor Elena tomando un vaso de naranjada, porque debía tomar líquidos por razones de salud. Era el descanso de la gran misionera; y el descanso de la pobre oferente.

Recordaban juntas sus pequeñas anécdotas familiares, con un padre enfermo de los nervios después de su aventura en el Congo. Quiso él hacer fortuna allá, en tierras africanas, cuando el Congo era administrado por el Estado belga y era su gran colonia. Y volvió con unos papagayos, enfermo de malaria, y con los bolsillos tan vacíos como se habían ido. Y tras un accidente de carro, que agravó su enfermedad, murió.

Su madre sacó adelante sus hijas,
trabajando de enfermera en un hospital, ya desaparecido de Bruxelas. Defendió la familia como una leona a sus cachorros. Les dio una buena educación, aunque algo estricta para aquellos tiempos. Y para los nuestros, sería rigorista. Pero yo siempre oí palabras de alabanza hacia ella. El corazón de su hija mayor, aunque de corta edad, necesitaba una cercanía y comprensión que no llegaba.

Mamie, ya mayor, de más de 60 años, en oración decía a Nuestra Madre: “Mamá, a mí no se me ha ahorrado ningún sufrimiento. Los he tenido de todas clases: corporales, morales, espirituales, económicos…”. Y en el interior de su alma creyó oír una voz que le decía: “Sí, hija mía. Así lo ha querido el Señor para que puedas consolar a los que Él acercará hasta ti”. Y esta iluminación interior la envolvió en una paz indescriptible.

Yo he visto la capacidad de Mamie para consolar.
La cara de los enfermos se iluminaba al calor de su palabra. Y la de los niños también. Mamie daba impresión de fortaleza porque era débil, conocía su propia debilidad, y ponía en Dios su confianza. No tenía miedo a la debilidad física, psíquica, o espiritual. Ella se apoyaba solamente en Él. El desarrollo de su vida interior la colocaba en la situación de gran fortaleza en medio de las dificultades y problemas de la vida. Su debilidad era en sí misma una bendición y un gran don.

Por D. Rafael Alonso Reymundo

©Revista HM º117 - Marzo/Abril 2004

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