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Mamie

Algo sobre la infancia de Mamie

En los 20 años que tuve oportunidad de vivir junto a nuestra entrañable Mamie, pude recibir confidencias sobre su infancia, trascurrida en una casa del barrio de Schaerbeek (Bruselas - Bélgica), situada en la calle Herman.

Tenía Mamie una sola hermana de nombre Juana (Jeanne). El carácter de Juana era muy distinto del carácter de Elisabeth, que era el nombre de pila de Mamie. Juana era decidida, simpática, arriesgada, de físico muy atrayente. Le gustaban las matemáticas, especialmente las cuentas, es decir, la aritmética. Le gustaban los juegos de riesgo. Y como niña que era le gustaban los columpios, deslizarse por los pasamanos de la escalera, saltar a la comba, subirse a los árboles,…

Elisabeth (Mamie), sin embargo, era más bien pensativa, introvertida, tímida, reservada y le gustaban todo lo que fuera humanidades, es decir, leer y escribir y reflexionar. Sus juegos preferidos eran observar a los demás y sacar conclusiones de lo observado. Además Mamie sufría mucho porque creía que sus manos eran feas. Especialmente sus dedos gordos por lo cual generalmente se presentaba con los puños cerrados y con los dedos gordos plegados sobre la palma de la mano y encerrados dentro de los otros cuatro dedos.

Me lo contaba con el deseo de que la conociera y de que viera cómo los defectos del carácter no son obstáculo para que la gracia de Dios pueda llegar a un alma y transformarla según la voluntad divina.

Les gustaba como niñas ir a la calle, a jugar. Pero no era muy aconsejable el estar mucho tiempo en el parque. Porque muy cerca de su casa existía un bellísimo parque con árboles centenarios muy altos, con calles muy bien trazadas, con setos de boj que hacían las delicias de las niñas. Eran tantas las posibilidades de juego que reunía el parque de Josaphat. Allí, además del bosque, existían cuatro pequeños lagos llenos de patos y de cisnes, una llanura para los juegos, un estadio comunal, una escuela al aire libre. Eran demasiadas cosas buenas para la imaginación de unas niñas que se veían asaltadas de tentaciones para “fugarse” e ir a jugar al parque.

Quien más sufría la tentación era Jeanne, su pequeña hermana. Elisabeth, como mayor que era, recibía los deseos íntimos del pequeño corazón de su hermana para ir a jugar al parque. Y persuadida por su hermana salían sigilosamente de la casa y se marchaban hacia los columpios del parque Josaphat.

Pero pobres de ellas. Eran descubiertas y castigadas.

Y me decía Mamie: “Mi madre indefectiblemente me culpaba a mí que era la mayor. Y aunque tuviera la persuasión de que había sido cosa de mi hermana yo siempre era acusada como la responsable y como tal, castigada”.

Y luego, abriendo su corazón, me decía: “Siempre me ha pasado igual. He tenido que pagar tanto por lo que otros han hecho”.

De la vida de la infancia Mamie siempre sacaba conclusiones. Nunca había amargura en sus reflexiones. Había como una cierta condescendencia a las miserias del prójimo y a las limitaciones de aquellos que, constituidos en autoridad, podían castigarla. Nunca aprecié una palabra de rencor, de enojo o de acritud hacia sus padres que fácilmente la castigaban de culpas que ella no había hecho.

Así era Mamie. Ella me decía que era así por naturaleza. Yo pienso que esa naturaleza fue perfeccionada por la gracia y Mamie también tuvo que pagar por lo que ella no había hecho.

Por D. Rafael Alonso

©Revista HM º120 - Septiembre/Octubre 2004

Hermana Clare

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Carl : Me estoy convirtiendo al catolicismo en parte por la Hna. Clare Crockett.

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