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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie y la Virgen de Lourdes

Sería necesario dedicar un monográfico extensísimo para tratar las relaciones de Mamie con la Virgen Santísima a la cual ella llamaba siempre “Nuestra Madre”. Yo me voy a limitar a hacer unas cuantas observaciones de la relación mantenida por Mamie con la Virgen bajo la advocación de Ntra. Sra. de Lourdes.

Decir “Lourdes” es tanto como decir “curación de Mamie en la piscina”; decir “Lourdes” es hablar de una historia de generosidad que parte de la Virgen Stma. hacia Mamie y de Mamie, como respuesta, a la Stma. Virgen.

Durante la extensa enfermedad de Mamie, soportada con paciencia y con una capacidad de sufrir poco común, fue engendrándose en ella un camino de acercamiento a Dios a través de la Stma. Virgen María. Ese camino tuvo numerosas etapas; fue recorrido poco a poco en la soledad del corazón y en la soledad física vivida tras su operación que la llevó a la invalidez.

Mamie era amante de las cosas hermosas desde que era una niña; inclinada a hacer bien a los demás, a soportar las limitaciones y miserias del prójimo. Siempre estaba dispuesta a escuchar, a consolar, a sostener, a exhortar, a animar... Y esto lo poseía de un modo que podíamos decir connatural.

Encontrarse con nuestra Madre y decirle un sí generoso fue todo uno.

No sabría decir ahora cuándo y cómo se engendró su deseo de ir a Lourdes en peregrinación. Ignoro si era la primera vez que iba pero sintiéndose ya muy mal y sabiendo que iba a quedarse finalmente paralítica, le expresó a su marido Francois Treuttens su deseo de ir a Lourdes.

Su marido la quería tiernísimamente. Y por esta razón cualquier deseo, si estaba dentro de sus posibilidades, era atendido inmediatamente. Pero viendo la situación en la que se encontraba le expresó sus temores y le aconsejó ir con el tren de la esperanza, es decir, con el tren de los enfermos. Así tendría una mejor atención a su enfermedad. Mamie se negó rotundamente. Ella quería ir por su propio pie. Pero esto era imposible porque ya por aquellas fechas casi estaba impedida totalmente de andar.

Consiguió, no obstante, de su esposo el poder ir a Lourdes en un tren, sentada entre él y una hija espiritual, de nombre Josefina Rossi, que había sido durante muchos años la lechera de la familia. Así fueron en el viaje. Este modo de transporte fue para ella una verdadera tortura física: los traqueteos del tren, los frenazos, las paradas, todo lo acusaba su organismo que estaba totalmente dañado. Pero su sueño, ir a visitar la Virgen de Lourdes por última vez, era más fuerte que su sufrimiento.

Se alojaron en el hotel de La Basilique. En cuanto tuvieron la oportunidad, fueron a la Gruta y a las piscinas. Y ella, entre cinco mujeres, fue puesta en una de las bañeras, de lo que era entonces la segunda piscina comenzando por la más cercana a la Gruta.

Al entrar, según me contaba ella misma: “Me quedé como en las nubes”. No se dio cuenta de que la bañaban, que la sacaron y la vistieron. Cuando quiso darse cuenta estaba de pie fuera de la piscina y su marido le hablaba pero a ella no le llegaba ningún sonido. Las primeras frases que oyó fueron de su marido que le decía en frances: “Pero Lulú, ¿qué te ha pasado?” A lo cual ella llevó sus dos manos a las piernas exclamando: “¡Oh, mis piernas!”. En ese momento, las personas que habían visto las condiciones en que entró y las condiciones en que salió de la piscina se arremolinaron a su alrededor diciendo: “¡Milagro, milagro!”.

Ella se llenó de vergüenza y cogiendo a su marido y a Josefina corrió hacia la Gruta mezclándose entre las gentes.

Después de la curación de Mamie, ella prometió ir a cuidar de los enfermos un mes cada año como agradecimiento, pagándoselo ella misma.

Yo conocí a unas religiosas, sor Bernardette y sor Bernarda, muy amigas suyas, que recordaban con sumo gusto los tiempos pasados juntas atendiendo a los enfermos en una labor de voluntariado callada pero eficiente. A Mamie la pusieron en la cocina, pero era torpe; en el comedor, pero era torpe; por fin encontraron el lugar donde daba todo lo mejor de ella: su corazón. La pusieron para recibir a los enfermos y consolarlos con su sonrisa y con su palabra.

Por D. Rafael Alonso Reymundo

©Revista HM º122 - Enero/Febrero 2005

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