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Mamie

La Parálisis de Mamie

Hna. Beatriz Liaño, SHM

"El Señor preparaba su momento y preparaba a su instrumento.”

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Tras la sorprendente curación de la enfermedad de los ojos que la estaba dejando ciega, la vida de Mamie entró en un periodo de tranquilidad. Su madre, algún tiempo después de enviudar, aceptó finalmente ir a vivir con Mamie y con su esposo François Treuttens. François quería mucho a su suegra, Cornélie. Y Cornélie correspondía con afecto a las múltiples atenciones que le prodigaba su yerno. Ya con Sor Helena en el noviciado, madre e hija se descubrieron mutuamente. La pequeña Simone hacía las delicias de sus padres y de su abuela. Fueron aproximadamente cuatro años de relativa calma.

Pero a finales del año 1934 o en los primeros meses de 1935, la tragedia estalló de nuevo en el hogar de los Treuttens. Dejemos que sea la misma Mamie quien nos lo cuente:

“Cuando mi hija tenía 5 años, yo estaba embarazada de unos cinco meses sin darme cuenta de que era un embarazo extrauterino. Cuando esto se ha declarado, he sufrido horriblemente. Han tenido que operarme y el cirujano que me ha operado ha hecho una operación inhumana. Después de tres días todo estaba descompuesto dentro de mí, tuve incluso una hemorragia interna. El médico, para limpiármelo todo, ha tocado los nervios en la base de la columna vertebral y también las vértebras. Esto ha provocado una larga enfermedad de veintiocho años que me ha ido llevando progresivamente a una parálisis total”.

Mamie vio reducida drásticamente su movilidad. Aunque tenía temporadas mejores en las que era capaz de caminar y salir a la calle, durante muchos meses al cabo del año permanecía postrada en su cama, en una situación de gran dependencia. Debieron ser momentos muy amargos. Mamie tenía apenas 27 años, una niña pequeña a su cargo y una madre muy gastada por los duros años de trabajo intenso para sacar adelante la familia. Los suyos se volcaron con ella, y ella recuerda emocionada con estas palabras:

“Todos estos años he tenido mucho cariño de mi hija, de mi marido y de mi madre. Antes de que enfermara a consecuencia de esta operación, vivíamos en la avenida Albert Giraud. Como vivíamos en el tercer piso, hemos tenido que trasladarnos para ir a vivir a la avenida Emile Verhaeren, donde teníamos el bajo y el principal de la casa. Después ya he estado siempre enferma. A veces por meses, aunque de vez en cuando había meses de tranquilidad”.

Las palabras de mayor agradecimiento de Mamie son para el esposo:

“Él ha sido para mí el hombre que me ha cuidado con solicitud durante veintiocho años de enfermedades sin fin. Se ha ocupado de mí sin hacerme jamás un reproche. Trabajaba mucho y ganaba un buen sueldo, pero era siempre para pagar mis medicinas”.

Aunque la espalda de Mamie vivirá a partir de ahora encerrada en un corsé de varillas, su corazón no quedó encerrado en la incómoda órtesis. Lo iremos descubriendo a través de algunos relatos que nos quedan de ella. El Señor preparaba su momento y preparaba a su instrumento. Como el oro debe pasar por el crisol para ser purificado de todas las escorias que lleva adheridas antes de llegar a las manos del orfebre que hará de él una verdadera joya, así fue el Señor preparando a Mamie. La prueba fue dolorosa y prolongada. Pero todas las piezas encajarán con el paso del tiempo. Como decía sabiamente San Rafael Arnaiz, el joven hermano trapense de la Trapa de Venta de Baños, en esta vida todo es cuestión de “saber esperar”. Esperar, con paciencia activa, la hora de Dios.

©HM Revista; nº194 Mayo-Junio 2015

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