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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie y la Eucaristía

Por D. Rafael Alonso

Ya hemos hablado alguna vez de este tema. Pero de nuevo lo abordamos puesto que la Iglesia está inmersa en el Año dedicado a la Eucaristía.

Es preciso volver nuestra mirada a la Eucaristía puesto que es el corazón de la Iglesia. Ella se construye en este alimento celeste que nos da la vida y que es la fuente de la misión evangelizadora. Ella es el centro de cualquier ministerio eclesial y de cualquier servicio. Cristo nos llama a participar de este don inefable: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, “Tomad y bebed. Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza que será derramada por vosotros y por todos los hombres”, “Haced esto en memoria mía”. Estas palabras estremecen al que tiene fe y arde en el amor a Nuestro Señor. Y así sucedía a Mamie.



Durante los veinte años largos que he vivido cerca de Mamie he podido constatar la atención concentrada con que vivía la misa, visitaba el Santísimo Sacramento, se recogía en actitud orante y adorante. No era su modo de estar en la Eucaristía un modo más. Ella vivía inmersa en el misterio que celebra la Iglesia.

A veces su sordera le molestaba para poder oír las lecturas o la homilía del sacerdote. Por esta razón, entre otras, se ponía siempre en los bancos de delante. Además no quería que nadie entorpeciera su profunda disposición a lo que se estaba realizando en el altar. Porque no eran simples gestos o palabras humanas lo que veía. Su ser y su estar manifestaban la apertura al misterio que se hacía presente, casi tangible.

Sí puedo decir que su modo de seguir los ritos sagrados, la sagrada liturgia, eran modélicos. Verla en la Eucaristía era sentir una atmósfera religiosa en la cual te sentías atraído y encerrado. Verla era entrar con ella en el misterio, aunque quedándote en el umbral, sabiendo que ella estaba allá y tu acá. Verla era actuar la fe, y la esperanza y la caridad y la profunda adoración en la que ella vivía. Verla era ponerte tu también a la escucha para decir: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”.

He asistido con Mamie a muchas celebraciones eucarísticas porque para ella constituía también, como lo confesó el desaparecido Papa Juan Pablo II, el “centro de su jornada”.

Pasan ante mí los lugares de celebración: Fátima, Lourdes, Torreciudad, la catedral San Pedro del Vaticano, de Toledo, de Burgos, de Santiago de Compostela, de Sevilla, de Cuenca, de Madrid, de Granada, la parroquia de Jerez del Marquesado en que fuí bautizado... lugares pequeños y grandes, sencillos, ocultos, tranquilos, bulliciosos,...y en todos la misma impresión, la misma dedicación a la vivencia del misterio, la misma sensación de estar en la presencia de algo grande, inmenso, no manipulable, que seduce, atrae, vivifica, limpia, empuja,... es decir, la convicción de que estás ante Dios.

 

©Revista HM º124 Mayo/Junio 2005

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