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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

Mamie

Mamie y su hermana Sor Helena

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Por Hna. Beatriz Liaño, SHM

Algo hemos hablado en números anteriores sobre Jeanne —familiarmente llamada Jeannot— la única hermana de Mamie que, al entrar en las Hijas de la Caridad, tomó el nombre de sor Helena. A nivel de carácter, Mamie y Jeannot eran tan distintas como la noche y el día. Muy tímida la primera, y tremendamente extrovertida la segunda, pero generosísimas las dos, con una gran capacidad de entrega.

No tenemos una narración completa de la vocación de sor Helena. Conversamos en cambio el texto que se leyó en el homenaje que esta recibió en el 50º aniversario de su entrada en la vida religiosa. Gracias a ese texto sabemos que el primer contacto con las Hijas de la Caridad fue en la misma parroquia, donde una hermana la preparó para la primera comunión. Afirma el documento que, esa catequesis, «la marcó para toda su vida».

Sabemos también que, ya jovencita de diecisiete años, trabajaba en la Clínica Malibran de las Hijas de la Caridad, en la capital belga. En aquel momento era normal, en la mayor parte de las congregaciones religiosas, encontrar dentro de la comunidad dos tipos de hermanas: unas más dedicadas a la oración, al estudio, a la enseñanza o a la enfermería… y otras más dedicadas a los trabajos serviles del convento. Pero, lo que a Jeannot le atraía de las Hijas de la Caridad era, precisamente, que esa división no existía entre ellas. En las Hijas de la Caridad había solo un tipo de hermanas, y todas ellas trabajaban mucho y en todo. Jeannot lo terminó de comprobar el día en el que quiso hablar con la superiora de la comunidad para comentarle las inquietudes que le estaban surgiendo. La superiora, abrumada de trabajo, le respondió: «Mira, estoy planchando, pero vente y, mientras plancho, hablamos».

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A Jeannot le encantó el gesto. Esa monja era de verdad una mujer entregada en cuerpo y alma a los pobres. Habló con ella mientras la monja apretaba la pesada plancha de hierro sobre las arrugadas sábanas, y le resultó tan normal, tan madre y tan creíble, que Jeannot se sintió conquistada. El documento antes citado explica: «Atraída por la caridad de las hermanas y el amor a los pobres, cuando creció, pidió a su mamá dejarla libre para dedicarse al servicio de ellos».

 

No lo tuvo fácil sor Helena. La madre estaba dispuesta a aceptar su vocación, pero el padre se negó obstinadamente a perder a su benjamina. La enfermedad mental que padecía desde hacía largos años, hacía muy difícil el diálogo con él. El documento del 50º aniversario prosigue así: «Su padre aplazó el asunto para más tarde, por tiempo indefinido, hasta que una gran desgracia —de la que Dios se sirvió para realizar sus planes— sobrevino a la pequeña familia. Un día de Año Nuevo, su padre iba a buscar a la abuela para que se reuniese toda la familia, cuando un coche le golpea. El conductor se dio a la fuga para ocultar su culpabilidad. Y así la tragedia se produjo. El papá de Jeanne murió después de un largo sufrimiento. Su mamá, profundamente cristiana, vio en esto un aviso del Cielo: no podía negar a su hija el permiso para seguir la llamada de Dios».

A finales del mes de noviembre de 1931, sor Helena vestía el hábito de las Hijas de la Caridad. Dos años antes, Mamie había contraído matrimonio con François Treuttens. Del tiempo de noviciado, sus hermanas comentan: «No faltaron anécdotas en el tiempo de su formación. Es difícil cortar con el hombre viejo y, sobre todo, anular su propia personalidad, tan acentuada, y su carácter, muy vivo». Con el tiempo, ya destinada en misiones, la llamarán «sor Buldócer». Pero para llegar a ser un «buldócer» al servicio de los pobres, tuvo antes que dejarse ayudar, para transformar en inmensa caridad su fuerte carácter.

Cuando terminó la etapa de formación, fue enviada a un barrio obrero en Dinant, en la provincia de Namur. La comunidad tenía allí una hospital y realizaba una intensa labor al servicio de las familias más pobres del lugar. Tiempo después pasaría a Obourg, cerca de Mons, en la provincia de Hainaut. Corría de un lado para otro pedaleando enérgicamente sobre su bicicleta. Llevaba aquella toca que entonces usaban las Hijas de la Caridad, tan almidonada y tan tiesa, pero que a sor Helena siempre le pareció tan cómoda porque, por fuerte que pedaleara, no se le caía de la cabeza. Se la recogía con una pinza para que no le quitara visibilidad y listo. Más tarde le compraron una motocicleta. Debía ser todo un espectáculo ver a la monja montada en ella, recorriendo el barrio para repartir consuelo, caridad y alegría.

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No podía imaginar sor Helena, cuando regresaba a su convento al final del trabajo de cada jornada, todo lo que tendría todavía que trabajar, por amor del Señor y de los pobres, en sus sucesivos puestos de misión: en el Congo Belga primero, en el Vietnam en guerra después, para terminar su vida —por petición expresa suya— en la más pobre misión de las Hijas de la Caridad, en Haití. Con peligros de todo tipo, enfrentada con los brujos del lugar, prisionera del Vietcom… Pero en esta joven sor Helena despuntaban ya las características de la futura misionera: su tenacidad, su competencia a la hora de resolver problemas y afrontar situaciones difíciles, su capacidad de trabajo y sacrificio. Contemplando la vida de sor Helena, en sus bodas de oro como Hija de la Caridad, sus hermanas declararon que: «su principal virtud ha sido la de adaptarse a las circunstancias y a las vicisitudes de TODOS los PUEBLOS, a la medida de sus necesidades». Las mayúsculas las pusieron sus mismas hermanas.

Mamie nunca se opuso a la vocación de su hermana. Pero, es cierto que, tras su propia conversión a partir del verano de 1954, las dos hermanas se unieron y se comprendieron más todavía que antes. Lo iremos descubriendo poco a poco en los siguientes artículos.

©HM Revista; nº199 Noviembre-Diciembre 2017

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