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Mamie

La joven Mamie y el trabajo

Por P. Rafael Alonso

Es Mamie quien habla de los primeros trabajos antes de caer enferma con una ceguera irremediable y antes de su boda con Francois Treuttens: “una de nuestras primas era costurera en un taller de costura de vestidos de tela blanca para enviar a Inglaterra. Fue así como yo comencé a trabajar en este taller.

Debo decir antes que nada que nunca en mi vida he amado la costura. Y además en este tiempo las faldas y los vestidos para embellecer a las mujeres nunca consiguieron arrancar de mí ningún interés. Pero yo debía ir a trabajar allí porque debía ser así. Desde que fui no hice otra cosa que torpezas una tras otra; no me despidieron porque la secretaria de la dueña tenía piedad de mí pues ella veía que yo estaba interesaba en ir a hacer los cursos y en hacer los recados, ir a correos, a la estación, en fin, hacer todo como un niño de los recados que no quiere coser. Por esto, no me despidieron de la fábrica como yo merecía porque eran cosas graves lo que yo hacía a causa de mi torpeza”.

En esta confesión de Mamie se ve con claridad primero su impericia manual, cosa que le acompañó toda su vida. Mamie no tenía habilidades prácticas. Su mente, su inteligencia era más bien especulativa y si se me permite podríamos decir contemplativa. No interpretado como ensimismamiento o atolondramiento sino que su inteligencia se concentraba más bien en todo lo que era humanidades, el área lingüística y sobre todo su gran capacidad para escuchar, comprender y consolar.

Por esta razón sus continuas torpezas en la fábrica de tejidos, cuando ella tendría unos quince o dieciséis años, fue para ella una fuente de sufrimiento. Nosotros hemos conocido jóvenes que tienen esta falta de condición hacia las manualidades. Mamie conseguía siempre consolarlas.

Además, analizando su vida, ella no se excusa. Es humilde y sabe reconocer el bien recibido de otros, como es el no ser despedida de este trabajo a pesar de merecerlo, y ser agradecida en lo más hondo de su corazón.

Esta secretaria, amable y comprensiva, tuvo un día una idea. Así nos lo cuenta Mamie: “de este modo, un día la secretaria llamó a mi madre y le dijo que yo estaba más inclinada por las cosas de despacho. Mi madre al principio no estaba muy convencida pero al fin ella se convenció. Me dio seis meses para aprender el trabajo de contabilidad y trabajo de secretaria y yo lo hice por el miedo a quedarme en el taller de costura.

Total, que me fui a trabajar a la cervecería Marley, donde se fabricaba la cerveza. Yo era la niña de todos porque era la única joven de dieciséis años entre todos aquellos señores. Era muy respetada. De este modo, trabajé allí un largo periodo”.


Mamie nunca fue una holgazana y perezosa. Era imposible que su madre pudiera pagarle unos estudios universitarios que, por otra parte, por aquel tiempo no se consideraba campo de la mujer. El papel de la mujer era otro. Esto no arredró a Mamie que pudo ganarse el pan con el sudor de su frente y aportar a la casa una ayuda económica siempre necesaria.

Es de notar cómo Mamie era respetada por los señores. Su modo de saber estar, su modo de vivir de forma natural su libertad unida al bien, no le permitía el ir por un camino de frivolidad que pudiera ser peligroso. En este punto, Mamie se convierte en un ejemplo para la joven trabajadora.

©Revista HM º126 Septiembre/Octubre 2005

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