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Revista H.M.H.M. es una revista bimensual que se publica en español, inglés e italiano. Incluye artículos de formación, liturgia, valores, con entrevistas y testimonios vivos e impactantes de fe.

El día 1 de septiembre del presente año, el P. Félix López Lozano, el hno. José Javier Martins de Passos y yo, nos encontrábamos hacia las 11,00 de la mañana concelebrando la Eucaristía en una habitación de un hospital italiano. El nombre del hospital es “Hospital de Borgo Trento”, en la ciudad de Verona.

El día anterior, a las 7,00 de la mañana, habíamos salido de España rápidamente ante la llamada de amigos italianos que nos habían avisado de la extrema gravedad del P. Enzo Bianchi, hijo espiritual de Mamie, y muy querido en el Hogar de la Madre.

Se encontraba en la planta de radioterapia. Entramos en su habitación y saludamos a los presentes, el superior de D. Enzo, D. Giuseppe, dos chicas, un chico, la Dra. Ana, una religiosa que le atendía también y la psicóloga del hospital.

Por P. Rafael Alonso

Es Mamie quien habla de los primeros trabajos antes de caer enferma con una ceguera irremediable y antes de su boda con Francois Treuttens: “una de nuestras primas era costurera en un taller de costura de vestidos de tela blanca para enviar a Inglaterra. Fue así como yo comencé a trabajar en este taller.

Debo decir antes que nada que nunca en mi vida he amado la costura. Y además en este tiempo las faldas y los vestidos para embellecer a las mujeres nunca consiguieron arrancar de mí ningún interés. Pero yo debía ir a trabajar allí porque debía ser así. Desde que fui no hice otra cosa que torpezas una tras otra; no me despidieron porque la secretaria de la dueña tenía piedad de mí pues ella veía que yo estaba interesaba en ir a hacer los cursos y en hacer los recados, ir a correos, a la estación, en fin, hacer todo como un niño de los recados que no quiere coser. Por esto, no me despidieron de la fábrica como yo merecía porque eran cosas graves lo que yo hacía a causa de mi torpeza”.

Por D. Rafael Alonso Reymundo

Mamie nació el 12 de julio de 1908 y murió el 4 de agosto de 1994. En este intervalo de tiempo que constituyó su vida terrena fueron varios los Papas que gobernaron la Iglesia: San Pío X, Benedicto XV, Pío XI, Pío XII, Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I y Juan Pablo II.

Su incolora formación catequética o más bien ausente formación, le impidió valorar durante mucho tiempo la figura del Santo Padre. Es más, como a tantos bautizados que no viven su fe, por culpabilidad o por ignorancia (en este último caso está Mamie), al referirse a la jerarquía de la Iglesia, la consideraba como una superestructura de poder, de dominio o lo más benignamente de administración.

Por D. Rafael Alonso

Ya hemos hablado alguna vez de este tema. Pero de nuevo lo abordamos puesto que la Iglesia está inmersa en el Año dedicado a la Eucaristía.

Es preciso volver nuestra mirada a la Eucaristía puesto que es el corazón de la Iglesia. Ella se construye en este alimento celeste que nos da la vida y que es la fuente de la misión evangelizadora. Ella es el centro de cualquier ministerio eclesial y de cualquier servicio. Cristo nos llama a participar de este don inefable: “Tomad y comed. Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”, “Tomad y bebed. Este es el cáliz de mi sangre, sangre de la nueva y eterna alianza que será derramada por vosotros y por todos los hombres”, “Haced esto en memoria mía”. Estas palabras estremecen al que tiene fe y arde en el amor a Nuestro Señor. Y así sucedía a Mamie.

Por P. Rafael Alonso Reymundo

Mamie poseía una delicadeza especial para tratar con los jóvenes. Su trato cercano no servía para asumir decisiones que no le correspondía. Su labor era orientar, sostener, animar, comprender, estar a su lado, seguirles en sus problemas y escucharles, sobre todo escucharles. Sabía respetar su libertad. Pero no dejaba de dar los consejos pertinentes cuando veía la posibilidad por la apertura del corazón joven.

Su condición de mujer anciana y enferma, su simpatía natural, su ejemplo sencillo y constante de donación en las manos de Dios para hacer siempre y en todo su voluntad, eran condiciones positivas para atraer la confianza. No tenía nada que ver con ese reconcentrado egoísmo o de aparente virtud agriada que espanta más que atrae. Era alegre hasta reirse junto a los jóvenes participando en sus juegos.

Era orientadora precisa por su unión con Dios que la había dotado de una capacidad nada común para abrir los corazones heridos yendo en sus palabras siempre a los esencial, expuesto con un gracejo propio de los grandes santos como santa Teresa de Jesús. Se acercaban a ella como los pollitos a su madre, en busca de protección y ayuda. Y ella tenía la habilidad de hacerlo sin herir nunca y sin suplantar a los que debían tomar las decisiones de sus propias vidas.

Sería necesario dedicar un monográfico extensísimo para tratar las relaciones de Mamie con la Virgen Santísima a la cual ella llamaba siempre “Nuestra Madre”. Yo me voy a limitar a hacer unas cuantas observaciones de la relación mantenida por Mamie con la Virgen bajo la advocación de Ntra. Sra. de Lourdes.

Decir “Lourdes” es tanto como decir “curación de Mamie en la piscina”; decir “Lourdes” es hablar de una historia de generosidad que parte de la Virgen Stma. hacia Mamie y de Mamie, como respuesta, a la Stma. Virgen.

Durante la extensa enfermedad de Mamie, soportada con paciencia y con una capacidad de sufrir poco común, fue engendrándose en ella un camino de acercamiento a Dios a través de la Stma. Virgen María. Ese camino tuvo numerosas etapas; fue recorrido poco a poco en la soledad del corazón y en la soledad física vivida tras su operación que la llevó a la invalidez.

No hay santos sin la Eucaristía. Pero a la Eucaristía, encerrada en tantos sagrarios, sí le faltan santos que vayan a adorarla.

 

Mamie tenía una profunda vida eu carística. De su vivencia exterior yo fui testigo cualificado. De su vivencia interior, sólo dejaba escapar algunos signos que delataban su intensidad. Adentrarse en la vida eucarística de Mamie es adentrarse en una relación de intimidad donde la iniciativa siempre partía del mismo Dios.

En los 20 años que tuve oportunidad de vivir junto a nuestra entrañable Mamie, pude recibir confidencias sobre su infancia, trascurrida en una casa del barrio de Schaerbeek (Bruselas - Bélgica), situada en la calle Herman.

Tenía Mamie una sola hermana de nombre Juana (Jeanne). El carácter de Juana era muy distinto del carácter de Elisabeth, que era el nombre de pila de Mamie. Juana era decidida, simpática, arriesgada, de físico muy atrayente. Le gustaban las matemáticas, especialmente las cuentas, es decir, la aritmética. Le gustaban los juegos de riesgo. Y como niña que era le gustaban los columpios, deslizarse por los pasamanos de la escalera, saltar a la comba, subirse a los árboles,…

Yo he visto a Mamie muchas veces delante de la televisión y también escuchando la radio. No tiene nada de extraño. Mamie estaba enferma y pasaba días y a veces semanas sin moverse apenas del sillón que hacía también de lugar de reposo nocturno. Lo importante no es que la viese o que la oyese sino, ¿qué veía y cómo lo veía? ¿qué escuchaba y cómo lo escuchaba?

Mamie era una entusiasta de todo lo que fuera bello y hermoso. Le molestaba lo zafio, lo desordenado, lo deforme. Se emocionaba con lo humano porque lo humano lo veía con ojos cristianos. Y nada que sea verdaderamente humano es ajeno a un cristiano.

Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las alegrías, los trabajos y los sufrimientos del hombre son alimento del alma cristiana. No le es indiferente.

Alguno de nuestros lectores le habrá sorprendido el título de este artículo. No me extraña que se extrañen. Y no me extraña que deseen saber a qué me refiero cuando digo cosas extrañas de Mamie. Voy a intentar explicarme aunque para ello tenga que remontarme un poco lejos en el tiempo.

Cuando yo estaba en el último curso de la carrera de Filosofía y Letras, sección Geografía e Historia, tuve una “enfermedad” un tanto rara.
Sin saber por qué, yo, que era un chico joven y sano, me vi sorprendido por un sarpullido, es decir, un conjunto de granos que producían gran escozor y desazón y que eran dolorosos cuando se rascaban. Estaba por entonces enfrascado en mis estudios y me vino aquello. Frecuentaba las aulas de la universidad de Salamanca, en el Palacio de Anaya y en aquella ampliación que era llamada Anayita.

Aquel sarpullido, cuando salía, no tenía sitio fijo. Unas veces surgía en la cabeza, otras veces en los brazos, en el tórax… en cualquier lugar en el momento más inopinado. Era tal el escozor y el desazón que me distraía en mis estudios y cuando me concentraba en los libros sin darme cuenta me rascaba y se producía un dolor intenso que excitaba cada vez más.

Hermana Clare

Hermana Clare

Comentario de una protestante

Queremos mostrar el impacto que el testimonio de la hermana ha tenido sobre una persona que, por su formación religiosa, no es a priori...

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