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Misiones

Mario

Hoy estarás conmigo en el Paraíso

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Nos informaron de un joven de 34 años, enfermo de cirrosis y de SIDA que, debilitado por su enfermedad, pedía la gracia del bautismo, pues estaba sin bautizar.

Por Hna. Paqui Morales, S.H.M.

Siempre me ha impresionado la Misericordia de Dios, que se manifiesta de una manera tan palpable en las palabras de Jesús al buen ladrón: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”. El ladrón mereció el apelativo de “bueno”, no por haber llevado una vida de acuerdo al ideal de santidad que Dios nos propone: “Sed santos porque yo soy Santo”, mereció el título de “bueno” porque supo acoger la Bondad de Dios hecha perdón absoluto en Jesucristo. En el momento de la cruz, el amor de Jesús ardía de tal manera, que en un instante consumió la maldad de un hombre y le hizo brillar en inocencia absoluta: “Hoy mismo estarás conmigo…” y ya sabemos que nada impuro puede entrar en el cielo.

La comunidad de Siervas en Chone (Ecuador) hemos recibido la inmensa gracia de ser testigos de una historia de amor muy similar a la comentada anteriormente.

Nos informaron de un joven de 34 años, enfermo de cirrosis y de SIDA que, debilitado por su enfermedad, pedía la gracia del bautismo, pues estaba sin bautizar.

Hicimos una primera visita. La impresión que nos dio fue la de un joven enfermo, pero no ante una muerte inminente. Por este motivo programamos una catequesis semanal, de modo que a lo largo de unos meses pudiese recibir el bautismo. Fuimos un lunes y le dimos la primera catequesis, de la que participó él y toda su familia.

Al lunes siguiente nos encontramos con la sorpresa de verle postrado en cama, ardiendo en fiebre. Aun en esas condiciones siguió atento la catequesis y terminamos la visita rezando a los pies de su cama el Rosario de la Divina Misericordia. Hablamos con el sacerdote. Era lunes y fijamos el bautismo para el jueves.

El martes regresamos a darle la catequesis. Su estado se había agravado. Había pedido perdón a sus padres por el sufrimiento que les había ocasionado. Era evidente que tenía conciencia de su gravedad y de la posibilidad de su muerte. Hablamos nuevamente con el P. Vicente, quien decidió adelantar el bautismo para la mañana siguiente, pero al final de la conversación, decidimos ir esa misma noche para que Mario recibiese el bautismo.

Salimos de casa a las 9:00 de la noche. Íbamos las Hermanas, tres candidatas, el Padre Vicente y su monaguillo. Por supuesto, nos llevamos la imagen de Nuestra Madre, para que acogiera a este nuevo hijo en sus brazos, a la vez que lo hacía la Madre Iglesia.

Cuando llegamos, el ambiente era de una gran tristeza, pues era evidente que el joven estaba muriendo. Sin embargo, a medida que se iba desarrollando el bautizo, se disipaban las tinieblas de la tristeza, y asomaba la luz de la gracia, acompañada de la alegría verdadera, esa alegría sin ruido, sin pompas, pero que llena el alma.

al-cieloCuando el Padre entró en la habitación y se presentó ante Mario, él, al ver al sacerdote, se puso a llorar como un niño por la emoción.

Fue especialmente emocionante el momento en que el Padre le dijo: “Mario, ya eres hijo de Dios, ya puedes llamar a Dios Papá”. Y nos animó a recibirle en la Familia de la Iglesia con un aplauso, aplauso que el mismo joven dio, lleno de alegría y con lágrimas de emoción. Seguidamente recibió la primera Comunión. Tenía en su pecho al Salvador. Recibía ese primer abrazo, que iba a ser preludio del que recibiría del Señor en el cielo. Recibió la Unción de los enfermos y finalizamos con la imposición del escapulario de la Virgen del Carmen.

Parecían resonar con inmensa fuerza las palabras: “Hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso”.

Una imagen vino a mi mente: La de la película de la Pasión, en la que el demonio grita ante la desesperación de ver que la victoria de Cristo le arrebataba las almas.

Este joven era un rescatado del infierno, el demonio pregustaba la victoria sobre este alma, pero se alzó con inmensa fuerza el poder de Aquel que es “el Camino, la Verdad y la Vida”, y es Vida por ser Amor, un amor capaz de consumir en un instante la miseria y la muerte, y da vida, como decían las vísperas de aquella tarde: “Te pidió vida y se la has concedido, años que se prolongan sin término”.

A las nueve horas de ser bautizado, el día de San José obrero, San José, patrón de la buena muerte, moría Mario de una manera serena, dejando en nosotras la alegría de ser testigos de la Misericordia de un Dios tan bueno.

¡Aplaude Mario!

©Revista H.M. Nº 173 Julio-Agosto 2013

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