Menu

Misiones

La última batalla (I)

Por Hna. Rosa M. y Hna María, S.H.M.
(Ecuador)

Alguien nos avisó para que fuéramos a visitar a una señora ya mayor y bastante enferma. Estaban preocupados, ya que viendo cercana la muerte de la señora Carmen creían que debían ayudarla a afrontar este momento, poniéndose al fin en paz con Dios y por lo tanto con sus hijos. Más de veinte años de enemistad y rencores que debían disolverse.



En el nombre del Señor nos dirigimos a su casa para conocerla e intentar ayudarla en todo lo que estuviera en nuestra mano. Nos acompañaba un sacerdote por si ella quería recibir el perdón de Dios. Nos encontramos con una ancianita de ochenta y seis años, recostada en una cama, que se sujetaba con fuerza la parte izquierda de la cabeza quejándose de un agudo dolor. Nos recibió muy bien. Empezamos la conversación hablando de todo un poco para irnos conociendo e ir entrando en materia; el campo, la lluvia de los últimos días, los nietos... hasta que salió el tema de sus hijos. Unos problemas en el pasado sembraron la discordia que se prolongaba hasta el día de hoy. Para ella estaban muertos. No quería hablar del tema.

Se ponía nerviosa y golpeándose el pecho decía que no quería perdonar.
Le hablamos de lo que Dios había hecho con nosotros perdonándonos desde la cruz y la animamos a hacer lo mismo, de mil maneras posibles para que lo entendiera. El problema no estaba en que no nos entendiera, sino en que, por nada del mundo, perdonaría a sus hijos. Estaba cerrada. Sin poder hacer más rezamos con ella pidiéndole al Señor que ablandara su corazón. Estábamos muy impresionadas de ver cómo un corazón puede llegar a endurecerse hasta el punto de no arrepentirse ni aun en el momento de la muerte. Tantos años de rencor habían formado un auténtico callo.

Al cabo de unos días volvimos al ataque.
Nos recibió muy contenta, aunque estaba un poco pachucha. Rezamos y nos metimos al tema. Esta vez estaba distinta. Nos confesó que cuando tuvo el disgusto con sus hijos lo pasó muy mal y llorando ante un crucifijo juró al Señor que jamás les perdonaría, y ahora ella no podía faltar a aquel juramento. Por más que le explicamos que un juramento así no valía para nada ante Dios, ella se sentía totalmente atada y por lo tanto incapaz de perdonar. De nuevo bombardeo sobre el amor y la misericordia de Dios que estaba deseando liberarla de aquella cadena inmensa que la tenía atada y ahogada. Finalmente pareció que aflojaba un poquito su posición y reconoció que necesitaba la ayuda de un sacerdote. Manifestó que estaba dispuesta a confesar. ¡Qué alegría! Incluso aunque ella siguiera sintiendo el dolor y rechazo, sólo con el deseo de arrepentirse y liberarse ya estaba en manos del Señor. Salimos tan contentas.

A la mañana siguiente nos presentamos de nuevo allí con el Padre que traía al Señor y los Santos Óleos. Saludamos a la familia y la sra. Carmen aceptó gustosa quedarse con el sacerdote. Las hermanas estuvimos conversando un rato con la familia fuera hasta que el Padre nos llamó. Y con la misma le administró la Unción, pero cuando quiso darle la Eucaristía ella se puso muy nerviosa y no quería. Nos acercamos para ayudarla, empujando la Forma y dándole un vaso de agua para que pudiera tragar, mientras le explicábamos que el Padre ya le había escuchado todo y le había dado la absolución y si se arrepentía todo estaba perdonado. Todos nos mirábamos sorprendidos y pensando que quizá por la edad le estaba fallando la cabeza. Con fuerza se retiró el vaso de los labios y dejó pegada la Santa Hostia en el canto. “Yo no puedo recibirlo. No puede entrar en mí, porque yo no perdono. ¡No, no perdono!” Señor, ¡qué impresión!...

Le preguntamos, le volvimos a razonar y comprobamos que sabía muy bien lo que decía. No se retractaba de su juramento, no estaba dispuesta a perdonarlos nunca y su conciencia no le permitía recibir al Señor.

Una de las hermanas tuvo que sumir la Hostia... “Gracias, Señor, por permitirme estar aquí en este momento y darme la oportunidad de defenderte y demostrar mi amor por ti en la Eucaristía”.

A partir de este momento ya no había quien detuviera las lágrimas. Se “mascaba” la presencia del “Otro” que tenía bien sujeta aquella alma y no pensaba soltarla por nada del mundo.... Hablamos y hablamos, razonamos, rezamos ¡nada!...Señor, qué impotencia. El Padre bendijo agua y mientras rezábamos se dedicó a asperjar a nuestra pobre enferma y toda la habitación.

Llegó la hora de irnos. La sra. Carmen nos despidió muy atenta. Le preguntamos si nos recibiría otro día y nos dijo que por supuesto, con mucho gusto porque éramos muy buenos con ella. Salimos de allí con el corazón temblando por la impresión, pero con la confianza firme en la misericordia de Dios que no iba a abandonar a aquella pobre mujer. Si nos había puesto en su camino para algo sería. Mientras volvíamos a la parroquia en el coche, el Padre nos iba contando que él ya se había encontrado más casos así. Moribundos que han formado un muro de rencor tan grande en su corazón que ni en ese momento tan definitivo eran capaces ya de romperlo. Y nos decía: “La gente está loca, no entienden que es necesario confesarse con frecuencia y estar siempre en paz con el Señor y con los demás, si no, mira lo que pasa en la última batalla”.

La historia de la sra. Carmen aún no ha terminado, estamos en pleno combate por su alma. Seguimos yendo a su casa todas las semanas, hablamos un ratito y rezamos, rezamos, rezamos... Sabe el Señor que tenemos puesta toda nuestra confianza en Él que no permitirá que se pierda esta alma. Él mismo ha querido llevarnos hasta ella para que intercedamos por esta pobre paralítica espiritual, que atada por un juramento sacrílego que hizo en un momento de intenso dolor, engañada sin duda por Satanás, no es capaz de dar ni un pasito hacia Aquel que puede y quiere salvarla. Nosotros estamos dispuestos, como aquellos del Evangelio, a cargar con ella en su camilla y aunque sea rompiendo el techo de la casa, presentarla ante el Señor. Pero claro, cuando Él le pregunte si quiere ser sanada... así que aprovechamos estas líneas para pediros vuestras oraciones. ¡Gracias!

Esta experiencia nos puede ayudar un poco para reflexionar.

Lo primero, como decía el Padre, para caer en la cuenta de que la salvación de nuestra alma no podemos dejarla para el último momento. “Ya me confesaré cuando me llegue la hora de morir, entonces me arrepentiré y le pediré perdón a Dios.” ¡¡Inteligente!! ¿Y quién te asegura, primero, que vayas a tener tiempo, y segundo que no tendrás ya tan endurecido tu corazón que no podrás arrepentirte? Además ¿piensas que el sinvergüenza del demonio que ahora te engaña haciéndote ver en una dulce y fácil muerte te va a soltar tan ricamente en el momento de la batalla final? ¡Tonto! Mírale cómo sujeta y ahoga a esta pobre ancianita y aprende otra lección, la del valor de un alma.

Mientras rezábamos con la sra. Carmen y sentíamos tan clara la presencia del maligno, interiormente nos salía decirle ¡vete de aquí! ¡suéltala! ¿Qué te importa esta viejecita? Y haciendo la pregunta nos venía la respuesta en una especie de sensación de vértigo al intuir el valor de cada alma, cada alma. A veces podemos olvidar que también por una viejita de ochenta y seis años Jesucristo derramó hasta la última gota de su sangre. Pero Satanás no se olvida, no. Él conoce bien el verdadero valor de todo y está absolutamente pendiente de cada alma por pequeñita que parezca. Y no ceja en su empeño hasta después de la muerte. “Pero si no es el alma de un sacerdote, de la que dependen tantos. Ni la de una valiente misionera. Ni la de un comprometido médico cristiano que combate con sus conocimientos contra el aborto...”. Pero es un alma.

Como el Santo Cura de Ars podemos en muchas ocasiones llamar al demonio “nuestro colega” porque nos avisa y nos enseña muchas cosas. Nosotros le estamos muy agradecidos (entiéndase bien) porque después de esta experiencia hemos sentido un sensible aumento de celo apostólico, ¡cada alma, cada alma! Viendo su interés hemos comprendido hasta qué punto no podemos despreciar ningún alma que el Señor ponga en nuestro camino, por pobre que parezca. Y también nos hemos encendido en deseos de entregarnos, de darlo todo, luchando por la salvación de cada alma, sin rendirnos hasta que acabe la última batalla.

 

©Revista HM º118 - Mayo/Junio 2004

Hermana Clare

Hermana Clare

Presentación de «O todo o nada» en Treviglio

Las Siervas del Hogar de la Madre presentaron el DVD «O todo o nada: Hna. Clare Crockett», la vida de la Hna. Clare en la Librería «Fonte...

Buscar

Redes sociales

Elegir idioma

Las cookies facilitan la prestación de nuestros servicios. Al utilizar nuestros servicios, usted acepta que utilizamos cookies.
De acuerdo